Ha nacido una estrella

El protagonista de Midnight in Paris está convencido de que le ha tocado vivir un tiempo de decadencia y de que todo era mucho mejor allá por los años veinte del siglo pasado, en la época de Gertrude Stein y Frances Scott-Fitzgerald. Cuando, por arte de magia, viaja en el tiempo hasta esa época idolatrada, se enamora de una mujer que, a su vez, considera que París se ha venido abajo y ha perdido el esplendor de la Belle Époque. Entonces, los dos viajan juntos en el tiempo a las postrimerías del XIX y comparten mesa con los grandes artistas del impresionismo, los cuales expresan su desazón por estar viviendo un periodo gris y no los maravillosos años de la edad de oro.

Ni todo tiempo pasado fue mejor, ni tiene sentido soñar eternamente con esa vida esplendorosa que no tuvimos. La mitificación y la vocación por huir del tedio y de la mediocridad son temas recurrentes en el cine de Woody Allen; por eso nos hace pensar en el cineasta neoyorquino el argumento de Quién te cantará, el nuevo film de Carlos Vermut, en el que mito y admiradora se confrontan. La protagonista pierde la memoria tras un incidente pero, cuando recupera la conciencia en la habitación de un hospital, reconoce a una cantante famosa al verla en la pantalla de una tableta informática; y, en el momento en que la imagen se desvanece y ve su propio reflejo en la pantalla, descubre que se trata de ella misma. Para recuperar su personalidad y su carrera profesional, contrata los servicios de una fan acérrima tras verla pergeñar una imitación perfecta en internet en la que se reconoce de manera instintiva.

El mito debe dialogar con su imitación para volver a aprender, para cabalgar de nuevo. Vermut parece deslizar en su tercer largometraje una reflexión indirecta sobre cómo el cine se regenera una y otra vez gracias al diálogo entre lo clásico y lo moderno, entre tradición y experimentación. O tal vez Quién te cantará es un reflejo del mecanismo interno de su propio cine, en el que siempre se adivinan formas conocidas tras las alambicadas deformaciones a las que Vermut somete el tiempo, la trama y la personalidad de sus criaturas. Tras las imágenes del cineasta subyace la cultura cinéfila de los españoles de hoy y también su cultura popular en general, incluso la cultura más hortera, que comparece de hecho en la pantalla cuando suena el tema de Mocedades que da título a la película.

Entiendo la decepción que ha provocado Quién te cantará a algunas personas. Tratándose de un cineasta cuya principal virtud era que sus largometrajes anteriores resultaban harto desestabilizadores, se hace extraño encontrarse, en este último, con una hechura mucho más cercana a la de un thriller convencional, uno de esos con una densa subtrama psicológica. Hay visibles irregularidades: en opinión del arriba firmante, por ejemplo, cada vez que comparece la hija de la imitadora, la película parece bajar un par de peldaños. Incluso el preciso y elegante estilo de la puesta en escena de Vermut parece flojear en algunos momentos, algo impersonales. No obstante, también hay que ponderar en su justa medida el valor y la coherencia de un film que nos habla de las pulsiones profundas del cine de su director. Y puede parecernos algo errática una filmografía que arranca con el ampuloso alarde de Diamond Flash, encuentra un tono más fino en Magical Girl y parece extraviarse con Quién te cantará en el sentido opuesto a la primera de las tres; de momento, uno prefiere alabar la valentía de quien opta por explorar, equivocarse, arriesgar. Vermut es alguien que consigue sacar provecho de esa insatisfacción crónica de la que nos habla Woody Allen en Midnight in Paris, desnudándose también ante nosotros como cineasta y como persona.

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Lo curioso es que, si los resultados de Quién te cantará nos provocan una cierta incomodidad, es porque Vermut nos ha generado una gran expectación con su cine anterior. En otro estreno reciente, cuya trama guarda un vago parentesco con la de Quién te cantará, ocurre lo contrario: de un nuevo remake de A Star is Born dirigido y protagonizado por Bradley Cooper, al que acompaña Lady Gaga en el papel que en su día encarnaron Janet Gaynor y Judy Garland, uno no espera a priori un resultado muy interesante. No obstante, Cooper nos sorprende con una revisión del clásico de notable buen gusto, filmada con seriedad, dotada de un encomiable ritmo narrativo y nada afectada ni disonante en ninguna de sus secuencias. Así como Vermut convoca formas y ritmos clásicos en Quién te cantará para hacerlos dialogar con su mundo particular y se aturulla un poco, Cooper observa con relativa humildad los esquemas de las antiguas versiones de A Star is Born y logra un cierto buen tono, un equilibrio ético y estético que no desmerece, pongamos, al noble precedente de George Cukor.

 

 

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La idea de un canon – Las mil y una noches del cine

Tal vez sea una tara que me descalifica como cinéfilo, pero lo cierto es que los premios y los rankings me traen sin cuidado. Más allá de la curiosidad pasajera, no creo que aporte gran cosa saber que un largometraje o un cineasta han ganado tal o cual galardón, o la composición de esas listas de las mejores películas… SIGUE LEYENDO EN http://cinentransit.com/la-idea-de-un-canon/

Las dimensiones del teatro

Magic in the Moonlight, Irrational Man, Café Society y, ahora, Wonder Wheel: los títulos de los últimos largometrajes de Woody Allen nos hablan de un mundo de apariencias, de evasión de la realidad, de bajas pasiones. En este último tramo de su filmografía, el cineasta abunda especialmente en esa visión pesimista de la vida como un encuentro con la realidad en el que se desvanece la ensoñación.

Si lo literario tiene un peso especial en Irrational Man y el mundo del cine es el telón de fondo de Café Society, en Wonder Wheel es el arte dramático lo que plantea un mecanismo de ilusión, de sublimación de la vida real. La parquedad de los escenarios, el tipo de fotografía (de nuevo, obra de Vittorio Storaro) e incluso la manera de interpretar de los comediantes nos hacen pensar en una representación teatral durante el film. De hecho, en la película, hay un vínculo íntimo entre la vida y el teatro, particularmente la tragedia, casi como si el cine fuera apenas un medio instrumental entre la vida real y los dominios de Sófocles. O los de Antón Chéjov, o los de Eugene O’Neill, que son explícitamente citados en el film. En cualquier caso, la materia cinematográfica de Wonder Wheel es como accidental, hasta el punto de que se observan detalles de desaliño en la puesta en escena, concretamente algunos clamorosos fallos de rácord. El perfeccionismo no es una preocupación para el Woody Allen de hoy.

“Envejecer, morir, eran tan sólo / las dimensiones del teatro”, parece decirnos Allen, aunque no se cuente a Gil de Biedma entre los intelectuales aludidos en Wonder Wheel. La película, además de esa profunda melancolía, nos transmite dos sensaciones que guardan también una marcada coherencia con la obra del neoyorquino. Por una parte, está la pulsión de narrar, de seguir contando historias, de continuar preguntándose de qué va la vida a través de esas criaturas infelices escritas por él mismo y que oscilan entre la historia de amor y la tragedia, una y otra vez, pues la existencia se reduce al fin y al cabo al amor y la muerte, que ya formaban el título de uno de sus primeros filmes fundamentales. Historias en las que, a menudo, emerge la fascinación por el crimen y una dostoyevskiana relación con el sentimiento de culpa: como en tantas otras películas de Allen (I’m spoiling!), el crimen de sangre aparece en Wonder Wheel para dar paso al amargo desenlace del film, en el que nadie gana y todos caen en desgracia.

En segundo lugar, es necesario reparar en el personaje de Richie, hijo e hijastro de los protagonistas, un púber dominado por una irrefrenable tendencia pirómana y un cinéfilo empedernido (parece que Allen ponga algo de sí mismo en él, como si volviéramos con el protagonista de Radio Days apenas unos años más tarde). Su fascinación por el fuego representa la fascinación ante lo inefable de la existencia. No hay placer en su acto de encender una hoguera y observar las llamas; Richie se queda mirando cómo el fuego consume los objetos con la pesadumbre de quien se enfrenta a lo evanescente de la vida, a su brutalidad y su injusticia, al inexorable consumo de nuestros días y de nuestras ilusiones. Por eso, suyo es el plano que cierra Wonder Wheel, una brillante y elocuente conclusión. No volveremos a ser jóvenes pero nos queda el cine, el teatro, la literatura: las historias que nos permiten asomarnos a nuestra propia condición desde una altura especial, como esa noria que domina el decadente parque de atracciones de Coney Island.