El futuro ya está aquí

Carlo Padial es el puto amo. Cuando la proyección de Vosotros sois mi película volvió a empezar sin solución de continuidad, entrando en bucle, en su primer visionado comercial en Barcelona (cines Yelmo Icaria, sesión única de las ocho de la tarde, viernes 22 del corriente), me imaginé a Padial en la cabina de proyección, riendo como un loco y satisfecho por estar tomando el pelo una vez más al público, en plan Orson Welles en F for Fake pero en modo millennial. Quizás fuera sólo un error pero quiero aferrarme a la posibilidad de que ese bucle forme parte del proyecto, que desborda todas las dimensiones, todos los conceptos de lo cinematográfico, de lo documental, incluso del mundillo youtuber, y también del acontecimiento en sí. Era el estreno de un gran troleo y sólo podía ser así, una proyección que se estropea al principio y que deviene en bucle al final (los fans de Wismichu se quedaron en la sala, yo salí al poco de empezar la película por segunda vez; ignoro cómo acabó la situación, o si todavía están metidos en el Yelmo Icaria, viendo una y otra vez la película).

Es una genial coincidencia que Vosotros sois mi película, crónica documental del dolor y gloria de Wismichu a través de la gestación, presentación y repercusión de Bocadillo, se estrene en cines el mismo viernes que la película española con más expectación del año, el último largometraje de Almodóvar, un acontecimiento por completo distinto. Y fue una genialidad presentar Bocadillo en el festival de Sitges, el hogar por excelencia de las proyecciones juerga donde, en lugar del respeto reverencial por la pantalla que caracteriza al clásico cinéfilo, se estila un gamberrismo soft en el patio de butacas y los aplausos, gritos y chanzas en voz alta son casi preceptivos. Vosotros sois mi película rebasa incluso eso y va con su guasa más allá, desconcertando también a ese público que quiere formar parte del acontecimiento.

Pero si hay algo que es ampliamente desbordado en este film es el concepto de cine de autor. Padial enmienda a la totalidad toda intención en ese sentido y se sumerge en lo que viene predicando desde siempre, esto es, un franciscanismo de la imagen en el que se renuncia a los oropeles de lo cinematográfico -al encuadre embellecedor, a la puesta en escena, a todo- para asumir la estética pobre de la pantalla pequeña; y para recoger, a la manera de la espigadora Agnès Varda, las imágenes descastadas, las tomas feas y contrahechas de internet, la hojarasca de las redes sociales y de todo ese océano insondable que es ya el abismo audiovisual en el que vivimos. Y, como el San Francisco de Rossellini, se rodea de voluntarios que responden sin duda a su filosofía, una troupe de youtubers a los que la cultura cinematográfica les trae sin cuidado, o les queda muy lejos en cualquier caso. Jóvenes que manejan otros códigos que nada tienen que ver con la narración ni con la poetización propias de la estética cinematográfica. Padial, enamorado de la moda juvenil, va a buscar su cine allí donde las imágenes han perdido el aura. Precisamente, al concepto del aura de Walter Benjamin aludió Mariano Llinás al presentar La flor hace unos meses en Barcelona: una película de catorce horas que también revienta el concepto común de proyección. Llinás hablaba de recuperar el aura mediante la rara experiencia que supone ver su film; Padial parece desentenderse de ella o quizás también la recupera a su manera. Ambos recorren caminos muy distintos pero comparten una declaración de rebeldía, un gesto consistente en romper el cuadro del cine: el formato, las dimensiones, incluso la duración de la película.

¿Y Bocadillo? La filmación disparatada de una única escena que se repite con mil variantes siempre distintas, que Wismichu se esmera en dejarnos claro en Vosotros sois mi película que desprecia sin ambages, era una broma descomunal pero, paradójicamente (y estoy seguro de que a Padial y Wismichu les provocaría hilaridad oír esto), acababa siendo una experiencia radical casi cercana a las películas más extremas de Andy Warhol o James Benning, como los 485 minutos de Empire o los diez planos de nubes de Ten Skies. No me malinterpreten, no digo que el youtuber haya ingresado en la nómina de los más insobornables y fronterizos entre los cineastas; es más bien que Bocadillo, horrible pero genial a su manera, nos recuerda indirectamente, con su propia radicalidad, que hacer y ver cine implica verdaderos riesgos, verdadero compromiso; y que, frente a Warhol o Benning, está el esnobismo y la petulancia de ese cine de autor etiquetable, un cine encopetado que deviene en postureo acomodaticio (y que se acaba dando la mano con la más estricta oficialidad del sistema, como demuestran los premios para la Roma de Alfonso Cuarón, por ejemplo). En Vosotros sois mi película, aparece Isaki Lacuesta para decir, con su providencial ironía, que no sería la primera vez que una extravagancia infumable recibe el apoyo de la crítica o premios en festivales. Precisamente Lacuesta, un cineasta que se niega a cerrar el concepto de su cine, que se enmienda a sí mismo y busca la ruptura con la ruptura en cada nueva película. Padial, igual que Lacuesta de otra manera, nos recuerda que aún podemos ir al encuentro con ese sentido de la ruptura saliéndonos por completo de la carretera y desviándonos adonde las imágenes ya han perdido todo su estatus y ha emergido una cultura nueva que tal vez no sea exactamente una cultura.

Hay un precedente claro de Vosotros sois mi película: en I’m Still Here, Casey Affleck y Joaquin Phoenix revelaban el engaño con el que hicieron creer a todo el mundo que el segundo de ellos abandonaba su carrera y se hundía en un abismo de abulia. La película acababa con una rara melancolía, con la sensación de que el experimento había producido efectos ambiguos, inesperados, que tal vez no había sido una experiencia feliz sino autodestructiva. También Wismichu muestra su desaliento en varios momentos del film de Padial. Y algo parecido se expresaba en Algo muy gordo, en el semblante apesadumbrado del cómico que dudaba de la eficacia y del sentido de lo que estaba haciendo. Ahí, justamente ahí, es donde asoma el rostro familiar de la modernidad cinematográfica, porque filmar en la frontera es también dar cuenta del compromiso que supone y de la melancolía que acontece. Y ahí es donde estamos todos, como el Guido de , deambulando por el balneario, entre el bloqueo creativo y las más luminosas de las visiones.

 

 

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La idea de un canon – Las mil y una noches del cine

Tal vez sea una tara que me descalifica como cinéfilo, pero lo cierto es que los premios y los rankings me traen sin cuidado. Más allá de la curiosidad pasajera, no creo que aporte gran cosa saber que un largometraje o un cineasta han ganado tal o cual galardón, o la composición de esas listas de las mejores películas… SIGUE LEYENDO EN http://cinentransit.com/la-idea-de-un-canon/

Toda la memoria del mundo

Servicios comunitarios, actividades para niños, grandes conferencias de figurones del mundillo cultural, charlas de intelectuales que indagan en los fundamentos históricos de la sociedad estadounidense, conciertos, clases de baile, visitas guiadas, viejas fotografías, nuevas tecnologías, brainstorming en reuniones de juntas y consejos… Y miles, miles de libros. Ex Libris: The New York Public Library, la última película de Frederick Wiseman, que vimos en el festival Americana, no es un film prolijo como la biblioteca que describe sino insondable como internet. Y, como acostumbra a ocurrir en los de Wiseman y en muchos otros de los mejores documentales, el asunto del film, la biblioteca pública neoyorquina, acaba resultando una puerta de acceso a cuestiones más amplias. Ex libris deviene una suerte de reflexión sobre el acceso al conocimiento en todas sus dimensiones: sobre cómo accedemos todos al saber hoy en día, en qué condiciones, bajo qué mudas restricciones o dificultades.

Wiseman insiste en relacionar la biblioteca con la ciudad que acoge sus múltiples sedes. La naturaleza urbana de la institución no es algo baladí: la biblioteca es Nueva York, es la ciudad; y la ciudad establece un tipo de relación social característica de nuestro tiempo. La forma del acceso al conocimiento está marcada de alguna manera por la forma de nuestra convivencia cívica en un medio urbano y permanentemente conectado (curioso es que se hable hoy en día de smart cities, como también de smart phones; quizás, entre la urbe gigante y el pequeño dispositivo electrónico, ya no cabe más que un silly guy…).

Ex libris nos habla de cómo se conforma la cultura colectiva en nuestro mundo-ciudad y de las contradicciones que se producen en la democratización del conocimiento: indirectamente, pues, es también un film sobre los renglones torcidos de la democracia americana, sobre la manera como el sistema reproduce la lucha de clases y sobre cómo los oprimidos tratan de elevar su voz entre el ruido. Fijémonos en que Wiseman no enfatiza tanto la vastedad fantástica, borgiana, de lo atesorado por la biblioteca -como su bello precedente Toute la mémoire du monde, el film de Alain Resnais sobre la Biblioteca Nacional de París-, sino más bien la complejidad de las fuentes y de la transmisión del conocimiento en la era de la sobreabundancia de información.

El relato de la conquista del conocimiento es el relato de la conquista de la libertad. Y Wiseman ensaya una forma cinematográfica de reproducir esa conquista. Si el cine “de tesis” es insidioso, el cine documental de tesis lo es doblemente; nuestro hombre sabio –wise man– se aleja de ese modelo para acercarse a un tipo de construcción cinematográfica en la que prima la indagación, el placer de ir encontrando imágenes por el camino, la exposición de elementos sin adulterar ante el espectador. No hablo de objetividad ni de ausencia de puesta en escena o de relato, no se trata de eso: hablo de una cierta actitud ante lo filmado y ante lo mostrado a nuestros ojos.

Por eso, Ex libris, sin ser una película redonda, es tal vez la que mejor nos explica la filosofía de su cine, pues se contagia de esa forma de conocimiento complejo y libre, como la divagación de un flâneur por las calles y pasajes de las imágenes; intuyo que el film de Wiseman habría agradado a Benjamin si lo hubiera podido ver. Y se me antoja, además, una herramienta valiosa para cuestionarnos cómo pervivir humanamente en una sociedad asomada para siempre a las fauces sin fondo de internet, sobre cómo mantener nuestro estatus de ciudadanos y conquistar nuevas libertades a través de la cultura. Al fin y al cabo, si el cine ha de tener alguna “utilidad” -horrible palabra-, debería ser ésa, ¿no?