El impulso esencial

Barbara y Phoenix, los dos largometrajes anteriores de Christian Petzold que hemos visto estos últimos años, nos dejaban la impresión de estar ante un cine robusto de estirpe clásica. Son filmes bellos y equilibrados, narraciones elegantes sin salidas de tono, el tipo de películas que “se ven bien”, como decimos coloquialmente cuando queremos conceder una aprobación algo tibia. Por eso, por comparación, Transit supone un paso adelante y, de hecho, un logro notable que eleva de categoría su cine.

De entrada, Transit incide en temas y situaciones concomitantes con sus dos predecesoras y añade nuevas complejidades. La trama: en una Francia en guerra y tomada por las fuerzas del orden donde los refugiados porfían por abandonar el país ante el avance de las fuerzas de ocupación, uno de esos fugitivos suplanta la personalidad de un escritor muerto para lograr la documentación que le permitirá embarcarse hacia México. Mientras pasa unos días calurosos en Marsella para gestionar los papeles de su exilio, asume el rol de padre del hijo de un compañero de clandestinidad también fallecido y entabla una relación amorosa con la viuda del escritor.

La suplantación, el equívoco, el engaño, la sospecha, la huida, la desaparición, la pérdida del hombre amado: todos ellos son los mismos ingredientes que componen Barbara y Phoenix. Las tres películas, así, constituyen un tríptico informal de sólida coherencia. Pero Transit es la más valiosa porque, en ella, Petzold crea un relato ambiguo y abierto. No hemos mencionado el detalle más importante del film: la historia parece sugerir que se trata de la Francia de 1940, invadida por el ejército alemán (así es en la novela de Anna Seghers que adapta Petzold), pero la acción transcurre en las calles de la Marsella de hoy, sin ningún tipo de ambientación. Transit se desarrolla en un tiempo indefinido: los fugitivos huyen del país en barco y no hay teléfonos móviles ni gadgets electrónicos pero los modelos de los coches y las formas de vestir son actuales, y así una infinitud de detalles.

Huelga decir que esa indefinición hace evidente que Transit nos habla tanto del pasado como del presente y establece un pertinente paralelismo entre la Europa de la guerra contra los fascismos y la Europa actual, igualmente deshumanizada y recorrida por refugiados a la fuga. Lo interesante es el tránsito de Petzold hacia esa forma, digamos, extrañada. Al situar la historia de Seghers en ese tiempo indeterminado, se sirve de un recurso muy propio de lo teatral -como me recuerda mi amiga Silvia hablando sobre la película-. Uno recuerda el caso de Volker Schlöndorff, otro cineasta alemán de raigambre fuertemente literaria. Petzold y Schlöndorff parten de textos y de formas literarias e indagan qué acontece en su transición hacia las imágenes cinematográficas. Transit, en particular, pone en primer término la necesidad de rarificar, el impulso de huir de las formas lineales e indagar lo desconocido; y se adentra en ese territorio inestable, propio del cine, que nos describe un tiempo pasado y presente a la vez. Petzold acaba pareciéndose a uno de sus intrigantes personajes, pone en crisis el estatus de lo real en su película y nos recuerda que la modernidad no es algo delimitable ni estilística ni temporalmente sino una pulsión esencial que todo lo recorre desde los orígenes del cinematógrafo. Por eso Transit respira una libertad que, se echara o no en falta en Barbara y Phoenix, da sin duda una nueva dimensión al cine de su director.

 

 

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Los días que nos quedan

Un tipo curioso, Volker Schlöndorff. Sus películas nos llegan con irregularidad y como una completa incógnita. Diplomatie me pareció un desastre; Return to Montauk, en cambio, nos recibe con una calidez desacostumbrada, como un cine que siempre ha estado ahí y resulta acogedor volver a él. Schlöndorff nunca ha pretendido ser un rupturista sino más bien un atento observador y, si acaso, renovador de formas clásicas con las que estamos familiarizados. Lo suyo son las adaptaciones literarias, y de gran empaque si es menester: ha llevado a la pantalla Un amour de Swann y su film tal vez más conocido sea Die Blechtrommel, según la novela de Grass. La historia europea contemporánea es también una parte de su terreno de cultivo, y su filmografía ofrece en conjunto un relato más atractivo y honesto de los antecedentes, el desarrollo y las consecuencias de la II Guerra Mundial que lo que nos ofrece algún profeta autoerigido de Cincinnati tan rico en dólares como pobre en prudencia. Schlöndorff, en suma, como un Zweig de finales del XX y principios del XXI, nos habla siempre del mundo de ayer, y lo hace con una curiosidad contagiosa.

Return to Montauk, sin ser uno de esos filmes que nos habla en grandes términos (grandes temas, grandes historias, grandes escenografías), nos acerca a grandes cuestiones. Pero, primero, nos sitúa desde su primer plano en el territorio schlöndorffiano: un novelista presenta su último libro en Nueva York y habla de su padre y del bagaje intelectual con el que creció. Lo que sigue es sencillo, conocido, casi tópico: se reencuentra con personajes de su pasado, revive un amor de juventud, se cuestiona su recorrido vital…

La trama guarda una remota similitud con la de Before Sunset, segundo episodio de los amores de Céline y Jesse que nos ha relatado Richard Linklater. El cineasta de Austin comparte algunas características con Schlöndorff: no son unos exquisitos de la puesta en escena sino unos extraordinarios contadores de historias que comparten con nosotros sus gustos literarios y cinematográficos, amén de las huellas dejadas por sus propias biografías. Por eso su cine alcanza una cálida verdad que nos llega fácilmente a los espectadores. No hace falta más, parecen decirnos.

Return to Montauk es un bello film sobre lo que perdimos y lo que somos, sobre lo que nos llega a todos de nuestro pasado como las olas que insisten e insisten en lamer la orilla sin adentrarse en la tierra, sobre esa melancolía que sentiremos siempre por los caminos que no tomamos en su momento y permanecerán como incógnitas todos los días que nos quedan. Hay en esta película muchas cosas que reconocemos de cuanto hemos leído, visto y vivido, y ningún subrayado o nota fuera de lugar las estropea; el cinematógrafo es también una conquista constante de esas reverberaciones, que nadie piense que estamos ante un largometraje simplemente “clásico”, porque no es del todo así. Return to Montauk no será un film glorioso que marque una época o encabece rankings de ningún tipo; pero, ¿para qué más?