Justine o los infortunios de la virtud

La modernidad en el cine nos ha mostrado a menudo cómo la vida se cuela de manera salvaje en el cine de ficción. La voz del cineasta, en primera persona del singular, se hace oír a través de las imágenes, hasta acabar devorándolas en filmes como Otto e mezzo. Y la Nouvelle Vague no sólo incidió en esa voz sino que potenció la figura del flâneur meditabundo. El Marcello de La dolce vita o el Antoine Doinel de la saga de Truffaut son formas cinematográficas de una intimidad necesaria y, fijémonos ahora, característicamente masculina. Pero las ondas de la modernidad no paran de expandirse y una figura cobra fuerza en el cine de hoy, particularmente en el cine de Justine Triet: la figura de la mujer en crisis, la fémina zarandeada por los embates absurdos de la vida adulta y por las manipulaciones y mediocridades de los hombres. Es ya un personaje imprescindible en la sempiterna descripción del malestar y de la inestabilidad emocional que habita en el cine moderno, esa provechosa depresión permanente de la que surge siempre una nueva verdad. Junto al pintor lacónico de Belmonte (Federico Veiroj), es necesaria la psicóloga psicoanalizada y escritora en ciernes de Sibyl, el tercer largometraje de Triet.

Como en un film de Truffaut, vida, creación literaria y gestación del cine se mezclan permanentemente en Sibyl. El film, en su primer tramo, transita entre diferentes planos temporales y mentales, como L’Homme qui aimait les femmes; y lo hace con ese flujo caprichoso de resonancias proustianas que forma parte también de la tradición de la modernidad, si se me permite el oxímoron. Pero luego, en mitad del metraje, la película nos lleva de viaje en un giro exquisito: nos acerca nada menos que a Stromboli, a la isla mágica del cine italiano. Y, de las laderas volcánicas donde Ingrid Bergman colmaba su desespero, nos invita luego a pasearnos por las rocas negras de L’avventura para después, por fin, conducirnos al set de rodaje de Le Mépris, ese espacio esencial creado por Godard en el que se encontraban el cine italiano y la Nouvelle Vague. Triet asume esa herencia y, al relatarnos los infortunios de la heroína epónima (Virginie Efira), de su paciente desquiciada por el despecho (Adèle Exarchopoulos) y de la cineasta de engañosa agresividad que dirige la película dentro de la película (Sandra Hüller), le da una nueva voz. Femenina, por supuesto.

Precisamente, cada vez hay más y suenan más los nombres de mujeres cineastas, y se deja notar con progresiva intensidad esa voz. Desde hace unos años, realizadoras tan diferentes como Mia Hansen-Løve, Kelly Reichardt, Claire Denis, Milagros Mumenthaler, Rita Azevedo Gomes, Jessica Hausner, Valérie Donzelli, Alice Rohrwacher o la propia Triet (por citar algunos ejemplos del todo dispares en cuanto a generación, nacionalidad y estilo) nos están hablando por fin de cosas que tenían hasta ahora muy poco espacio en el cine o se veían de manera más bien indirecta. Concretamente, La Bataille de Solférino, Victoria y Sibyl, los tres largometrajes hasta ahora de Triet, dan un brillante contraplano, como decíamos, al cine de autor de inercia viril que hemos visto durante décadas. Conforman una propuesta brillante y enriquecedora que orilla el prurito del cine “de tema”; una propuesta que no enmienda sino que agranda el cine que conocemos.

Las revoluciones se cuecen a fuego lento. El 15-M o el boom identificado bajo el lema mee too tienen cierto valor simbólico pero no son en realidad un desencadenante sino más bien una reverberación de movimientos más profundos. Por eso, la revolución femenina en el cine no empezó anteayer ni quedará como una tendencia o una parcela del cine actual: es una más de las metamorfosis del cinematógrafo que lo recorre todo, un bello sol interior que está relacionado con otros aspectos de la transformación que vive hoy el arte de Grifftih y Murnau, y que nos obligará poco a poco -o deprisa deprisa, quién sabe- a cambiarlo todo, incluida nuestra manera de ver las películas y comentarlas. Porque no sólo están cambiando los tipos característicos y los temas del cine sino también la manera de, digamos, buscar la modernidad, explorar nuevos territorios y sensibilidades. Hay algo más asilvestrado, más osado, más imprevisible en la manera de hacer de las cineastas antes citadas: las huidas hacia lo inexplicable de Denis, los quiebros de las historias de Hansen-Løve, la manera de comunicar el cinematógrafo con el humus cultural subyacente de Azevedo Gomes… Algo que por fin deja de ser una cuestión de género para convertirse en una conquista de todo el cinematógrafo que se va haciendo notar en el último cine de autor. Sibyl, sin ser una película perfecta ni definitiva, es casi una propuesta programática para esa revolución y deberíamos aprender algunas cosas de ella para tratar de captar esta nueva nueva ola.

 

 

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La cara B fantástica del cine francés (Mandico, Gonzalez y Ossang) – Las otras olas del mar

De todo ese torrente de información que aportan los títulos de crédito finales de las películas modernas, algunas de las pistas más interesantes que puede encontrar el esmerado cinéfilo que aguanta hasta el final se encuentran en el capítulo de agradecimientos. Así pues, en los créditos con los que concluye Les Garçons sauvages, de Bertrand Mandico, aparece entre los agradecimientos el nombre de Yann Gonzalez, el director de Un couteau dans le coeurSIGUE LEYENDO EN http://cinentransit.com/la-cara-b-fantastica-del-cine-frances-mandico-gonzalez-y-ossang/

 

 

Recuerdos de la casa del cine

El azar ha querido que, mientras la actualidad de los medios de comunicación venía marcada por las elecciones presidenciales francesas, el Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona (D’A 2012) haya servido para constatar que también en el cine Francia es actualmente una referencia insubstituible. El D’A 2012, celebrado entre el 27 de abril y el 6 de mayo, más una retrospectiva que concluirá el 17 de mayo, ha resultado una virtual muestra de cine europeo, enfoque en absoluto reprochable pues ha quedado patente que hay hoy en día cineastas fundamentales que están explorando nuevos caminos partiendo de la rica tradición de las cinematografías europeas y sus múltiples “modernidades”. Y, como decíamos, es muy notable la centralidad que ocupa en este sentido el cine francés y el legado de la Nouvelle Vague.

Un amour de jeunesse, de Mia Hansen-Love, historia de un primer amor que parece sustentarse en un poso cinéfilo formado por reminiscencias del cine de Eric Rohmer o de Un verano con Mónica (I. Bergman), o Les Bien-aimés, de Christophe Honoré, que rinde tributo y de alguna manera actualiza los presupuestos cinematográficos de la obra de Jacques Demy, son sin duda películas herederas de la Nouvelle Vague[i]. Pero también lo son, aunque parezca menos evidente, otras dos grandes obras exhibidas en la muestra: L’Apollonide. Souvenirs de la maison close (un título que bien aplicarse al festival en su conjunto), de Bertrand Bonello, lejana descendiente de Le Plaisir, de Max Ophüls, que nos devuelve al decadentismo del cine de Visconti y que quiebra la separación entre tradición y modernidad, entre pasado y presente; y Hors Satan, de Bruno Dumont, una especie de evangelio apócrifo moderno que parece beber de fuentes como el cine de Pasollini o el de Dreyer.

A esas películas hay que sumar, por supuesto, la obra completa de Claire Denis, revisada en la retrospectiva del D’A 2012. Denis es también francesa y una cineasta-cinéfila cuyas películas se cimentan sobre una rica base de tradición cinematográfica acumulada. Sus films, nunca estrenados en España salvo White Material (Una mujer en África), representan en conjunto una fascinante exploración del ser humano, de nuestras debilidades, pulsiones, temores, imperfecciones, casi un cine antropológico que se expande hacia territorios diversos e inesperados: hay alguna rémora de cine de terror en Trouble Every Day, algo de thriller en S’en fout la mort, algo de historia de amor en Vendredi soir, algo de cine bélico en Beau Travail, algo de melodrama en Chocolat… Pero no estamos hablando de películas de género, ni mucho menos, sino de obras inestables, indefinidas, vivísimas, en las que lo más importante es una determinada cualidad del tiempo, una cierta captación de los gestos, de las acciones y reacciones de los humanos.

Recorre también el cine de Denis una melancolía (véase, por ejemplo, la bella languidez de 35 rhums) que puede considerarse otro de los rasgos recurrentes en las películas del D’A 2012, pues algunas de las más significativas han abundado en cuestiones como la futilidad de la felicidad, la imposibilidad del amor, las separaciones traumáticas, la decadencia de la pasión… Como si los cineastas de ahora estuvieran reflejando un sentimiento de desesperanza muy de nuestro tiempo. Es el caso de la brasileña O abismo prateado (Karim Aïnouz) o de la arrebatadora The Deep Blue Sea (Terence Davies), un film que, como L’Apollonide, encuentra el tono de una honda melancolía, de una profunda decadencia, mediante una oblicua evocación del tiempo pasado.

El cine de Terence Davies está hecho de recuerdos personales, de experiencias históricas y, de nuevo, de ricos sustratos cinematográficos, rasgo definitivamente recurrente en el cine que hemos visto en el D’A 2012. También de recuerdos personales y otros materiales cinéfilos se compone Ensayo final para utopía, del español Andrés Duque, una bendita rareza en la que imágenes documentales, filmaciones familiares y otras imágenes azarosas forman un collage inarmónicamente armónico. Una hechura más o menos parecida tiene Buenas noches España, última ida de olla del filipino Raya Martin, que sigue explorando extravíos deliciosamente radicales de todas las estructuras de lo cinematográfico. Y es también una cierta idea de extravío la que parece inspirar otro de los films más raros y más remarcables de la muestra, El senyor ha fet en mi meravelles, de Albert Serra. En respuesta a una carta cinematográfica de Lisandro Alonso para el proyecto de correspondencia filmada del CCCB, Serra ha filmado un fake sobre el rodaje de una hipotética película suya a base de tiempos muertos, de descartes, de anécdotas inanes, componiendo así una especie de film fuera del cine.

Y, si la espléndida Sangue do meu sangue (João Canijo) parece nutrirse del legado del neorrealismo y de Rocco y sus hermanos, otras películas exhibidas nos hacen pensar en reminiscencias mucho más cercanas, en inspiraciones procedentes del cine europeo de los últimos años. Parece evidente la influencia, por ejemplo, del cine de los hermanos Dardenne en Sette opere di misericordia (Massimiliano y Gianluca De Serio, también hermanos) film italiano de ambiente marginal a lo Rosetta desigual pero apreciable, o la huella de Apichatpong Weerasethakul en la estimulante Los viejos (Martín Boulocq), película sustentada sobre una manera de abordar la captación cinematográfica del tiempo que nos puede hacer pensar, por ejemplo, en Blissfully Yours. Y otro film sobre un quebradizo enamoramiento de juventud, Loverboy (Catalin Mitulescu), comparte algunos de los rasgos del cine de otros realizadores rumanos contemporáneos muy notables como Cristi Puiu, Corneliu Porumboiu o Radu Muntean.

Por último, digamos que incluso las dos pinceladas de cine americano que nos ha dejado la muestra son, cada una a su manera, muy europeas. Into the Abyss es el último documental del alemán Werner Herzog, cada vez más interesado por el cine y la sociedad estadounidenses. Herzog, cineasta fascinado por la ambición y la locura, por los extremos de la naturaleza humana, ha realizado algo así como su particular versión de A sangre fría. Y Walk Away Renee, de Jonathan Caouette, es una muestra de cine documental en primera persona en la línea de Alan Berliner o Nanni Moretti[ii].

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[i] Ambas películas podrían formar un caprichoso tríptico con Declaración de guerra (Valérie Donzelli), que comentamos aquí recientemente y que también es la obra de una joven cineasta francesa en la que se hace patente la herencia de la Nouvelle Vague en general y de Jacques Demy en particular.

[ii] Por citar dos excepciones, dos films destacables del festival en los que puede notarse una fructífera influencia del cine americano, podemos destacar la belga Rundskop (Bullhead), de Michaël R. Roskam, una suerte de Taxi Driver de ambiente rural y flamenco, o la hongkonesa Dyut meng gam (Life Without Principle), un trabajo relativamente menor pero no desdeñable de Johnnie To.