El afán

Viendo las poderosas secuencias de batallas aéreas de Hell’s Angels, es fácil entender la fascinación que llevó a Martin Scorsese a realizar The Aviator, donde las cuitas de Howard Hugues durante el rodaje de esa película ocupan un lugar destacado del relato. La pulsión creadora de Scorsese es, sin duda, su pasión cinéfila: sus filmes se nutren de las imágenes y emociones que componen el bagaje del cineasta como espectador. Él mismo abunda, en A Personal Journey through American Movies, en la inspiración que han supuesto, para su propio trabajo, multitud de planos y secuencias de las películas que vio desde su infancia. Scorsese filma con apasionamiento y contagiosa energía, movido por un afán tal vez megalómano que lo emparenta con Hugues. Por eso nos explica en The Aviator cómo Hugues se obsesionó por filmar las mejores secuencias de aviación derrochando medios y aguardando las condiciones óptimas, un bello día que le ofreciera el cielo nublado sobre el que hacer volar sus aviones como pinceladas sobre un lienzo.

El afán, ese punto de locura que está detrás de tantos logros humanos y, por supuesto, cinematográficos: Scorsese se explica a sí mismo a través de la figura de Hugues en The Aviator y a través de Georges Méliès en Hugo, un film menos brillante pero indudablemente personal. No es menos significativo que la mayoría de sus películas traten sobre individuos enajenados por la ambición o la lucha por la supervivencia, seres nerviosos que avanzan siempre en conflicto con su medio. En ese sentido, Scorsese también está emparentado con un cineasta sólo en apariencia muy distinto: nadie como Werner Herzog ha documentado la vida y miserias de tantos hombres dementes o pioneros, quijotescos o geniales: de Fitzcarraldo a Lope de Aguirre, del Timothy Treadwell de Grizzly Man al parricida visionario que encarna Michael Shannon en My Son, My Son, What Have Ye Done, de los alpinistas de Cerro Torre: Schrei aus Stein al paria alcohólico de Stroszek

El cine de Herzog, como el de Scorsese, nos da noticia de la aventura humana en términos exultantes, acercándose a figuras extremas que exploran los límites de la naturaleza, la insoportable majestuosidad del ser. No es casual, tampoco, que tanto el alemán como el estadounidense simultaneen con enorme provecho el cine documental con el de ficción. La cuestión, en el fondo, siempre es la misma, sea ante la embriagadora presencia escénica de Mick Jagger o ante la imagen de Fitzcarraldo empujando un bote a través de la selva junto a cientos de nativos.

Volviendo a Hell’s Angels, llama la atención el mimo con el que Hugues filma los detalles de la aviación de combate: los preparativos técnicos, las maniobras en el aire, el diferente ruido de los motores según cuál sea el modelo de aeronave en escena… Nos encontramos ante un rico campo semántico donde es fácil reflejar en imágenes cinematográficas el afán, la aventura humana. ¿Volar no ha sido, acaso, el mayor sueño de nuestra especie desde la noche de los tiempos?

Precisamente el mundo de la aviación recorre la trama de Kaze tachinu (El viento se levanta), el último largometraje de Hayao Miyazaki y, para este cronista, el mejor y el más bello de todos. Miyazaki incide en todos los temas comentados a propósito de Hugues, Scorsese y Herzog. Pero lo hace, en su caso, con una sutil melancolía que recorre toda la película. A la embriaguez del sueño de volar se suman los avatares de la existencia: la dificultad de las relaciones humanas, lo efímero del amor y de la dicha, como si nos encontráramos inesperadamente en el archipiélago de Estocolmo junto a la Monika de  Bergman. Al final de su carrera (Miyazaki anunció que El viento se levanta sería su último film), el cineasta lanza una mirada retrospectiva que, a la vez, exalta el afán creador y reconoce la futilidad de toda ilusión. Ni épica ni tragedia por completo, la existencia es ante todo un instante de melancolía ineluctable ante el que no se puede más que citar el famoso verso de Valéry que da título al film: “Le vent se lève! Il faut tenter de vivre!”.

 

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Greta Gerwig baila (alternativas al ‘mattdamonato’)

De todas las características de Frances Ha, el último largometraje de Noah Baumbach, la más llamativa es la electrizante presencia de Greta Gerwig, protagonista absoluta del film -y coguionista, junto a Baumbach- que se confirma como un genio cómico de nuestro tiempo. La libertad y creatividad que transmite la presencia de Gerwig en la película, muy parecida a la que ya imprimía en Damsels in Distress (Whit Stillman), nos indican que estamos ante algo superior al trabajo habitual de los intérpretes en el cine de ficción.

¿Qué trabajo habitual? Todos ellos conocen un oficio, el de comediante, pero su contribución va mucho más allá. El cine no es el resultado de añadir el recurso de los primeros planos a lo que veríamos en una representación de teatro. Los actores son un elemento más de la puesta en escena: la presencia de un cuerpo humano en la imagen cinematográfica sobrepasa con creces los valores del arte dramático. En una película, un intérprete técnicamente perfecto puede resultar tedioso, mientras que otro mucho menos  brillante puede encajar a la perfección en el “discurso” del film. Por eso, a veces, puede parecernos imponente un tipo que no mueve ni un solo músculo, u otro que sobreactúa sin control, u otro que no hace más que de sí mismo… En general, en el cine, más que actores “buenos” y “malos”, hay actores dirigidos con mayor o menor acierto.

Me gusta poner el ejemplo de Leonardo di Caprio, alguien que me provoca entre indiferencia y grima en todos sus papeles excepto cuando trabaja a las órdenes de Martin Scorsese, realizador con el que ha establecido una fructífera sinergia. Sus interpretaciones en Gangs of New York, The Aviator, The Departed, Shutter Island y The Wolf of Wall Street son muy superiores a todas los demás que ha realizado.

Pero hay una presencia mucho más recurrente y significativa en el cine estadounidense contemporáneo. Desde hace unos veinte años, son tantas, tantísimas las películas de importancia dispar en las que aparece Matt Damon, que mi amigo Jaume y yo hemos dado en llamar mattdamonato al periodo actual del cine americano. Y Damon es, como di Caprio, un ejemplo palmario de actor-arcilla, es decir, uno más de los muchos que pueden dar resultados muy diferentes en función de las circunstancias.

En mi opinión, Damon está apabullante en Hereafter, de Clint Eastwood, con el que también trabajó muy notablemente en Invictus. Y, como di Caprio, hizo uno de sus mejores interpretaciones dirigido por Scorsese en The Departed. Destacaría también sus papeles en True Grit (de los hermanos Coen), en Gerry (Gus Van Sant) y en Margaret (Kenneth Lonergan).

En cambio, con Steven Soderbergh, quizás el director con el que más ha colaborado, abusa de recursos dramáticos y resulta cargante: Ocean’s Eleven y secuelas, Contagion, The Informant!… No creo tampoco que su aportación vaya más allá de poner su característica cara de aturdimiento en The Monuments Men, The Zero Theorem, Promised Land, The Good Shepherd,  Syriana, The Brothers Grimm, The Legend of Bagger Vance, The Talented Mr. Ripley, Rounders, Saving Private Ryan, Good Will Hunting… Y de los blockbusters de acción con los que se ha ganado los garbanzos (The Bourne Identity, Elysium, etc.), mejor ni hablemos.

He mencionados unas cuantas, pero constan en la IMDB 66 interpretaciones de Damon en largometrajes y series de televisión fechados entre 1988 y 2014. Y, más allá de la cantidad de películas y de la calidad de cada una de ellas, no olvidemos que ha trabajado con los realizadores americanos más populares: Eastwood, Scorsese, Coen, Van Sant, Soderbergh, Clooney, Gilliam, Redford, Minghella, Spielberg, Greengrass…

No quiero menospreciar la labor de Damon y de los innúmeros actores que trabajan de forma parecida. Pero sí quiero hacer notar cuán diferente es la aportación al cinematógrafo de alguien como Greta Gerwig, que me hace pensar, por ejemplo, en Jerry Lewis[1], en cómicos que demuestran un genuino dominio de la imagen cinematográfica.

No sólo de la imagen: la voz de Gerwig otorga a Frances Ha su verdadera cadencia. El tonillo deliciosamente socarrón de sus frases se suma a su inconfundible manera, no menos irónica, de moverse ante la cámara en un film que versa precisamente sobre la vida como movimiento, como inestabilidad constante. Es significativo que Frances Halladay no tenga casa, como el protagonista de Inside Llewyn Davis (otra gran interpretación, por cierto, y de naturaleza muy diferente, por parte de Oscar Isaac). Baumbach y los Coen expresan, en cierta manera, el actual estado de las cosas en el cine, en América, en el mundo.

Fijémonos en que, de nuevo, Gerwig baila constantemente en la película, como hacía en Damsels in Distress. Son momentos que transpiran una inesperada libertad, planos dotados de una rara viveza, como tantos gestos vistos en las películas de Godard, desde al famosísima caricia del pulgar de Belmondo sobre sus propios labios al baile inolvidable de los tres protagonistas de Bande à part. Precisamente, Godard ha sido un gran reivindicador del trabajo de Jerry Lewis y Frank Tashlin.

Gerwig[2], por así decirlo, es una cineasta. Lo que imprime a las imágenes no es sólo un elemento más de la puesta en escena, sino una pieza fundamental. No muchos comediantes me producen esa sensación con asiduidad: Michel Piccoli, Matthieu Amalric… No obstante, nos ayudan a entender mejor el verdadero peso de la figura humana en el cine y a observar el trabajo de todos los actores bajo una nueva luz.

 

 

[1] La Filmoteca de Barcelona está proyectando sus películas estos días.

[2] No quiero dejar de mencionar otro gran trabajo que Greta Gerwig realizó, precisamente, en el largometraje anterior de Baumbach: Greenberg.