Desobediencia civil

Los niños de The Florida Project (Sean Baker) encuentran un placer especial en subvertir el orden, dejar un cierto balance de siniestros tras sus travesuras y, si es menester, sortear con sarcasmo las broncas y los castigos. La madre de la cabecilla del grupo parece ser el modelo que ha inspirado esa pulsión ácrata y arrolladora, pues también vive en declarada rebeldía contra las normas cívicas y contra un orden social que margina a los desheredados. No es la revolución, no se trata de una concienzuda sedición contra el capitalismo americano y su democracia de pitiminí: es la rabia instintiva de quien sabe que el sistema le condena de antemano y sólo le va a poner dificultades si intenta emerger. No hay belleza ni integridad moral en su forma de desobediencia civil sino una bruta espontaneidad, una total desvergüenza.

En Last Flag Flying (Richard Linklater), los veteranos de la guerra de Vietnam que protagonizan el film muestran una actitud parecida ante la disciplina militar y otras rigideces. Hastiados por haber sido empujados a una guerra injusta y absurda, así como por estar enterrando al hijo de uno de ellos que ha sido víctima de mentiras análogas para dar con sus huesos en Irak, sienten el mismo desapego respecto al orden cívico norteamericano que los adultos y menores de The Florida Project. Pero, en su caso, no es un torrente de rabia lo que los mueve sino una amarga melancolía que les hace aferrarse a sus recuerdos de juventud y tratar de recuperar una dignidad arrebatada por el sistema.

Y la protagonista de Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (Martin McDonagh) se siente por completo abandonada por la justicia ordinaria y decide ejercerla por su cuenta. De nuevo es una pseudoheroína que carece de perfección moral y actúa movida por instintos primarios. Pero, en su caso, está menos cerca de Henry David Thoreau que de Doc Holliday: a medida que avanza el metraje, su causa deviene cada vez más inasequible, radicaliza su discurso y sus métodos y, finalmente, se embarca en una venganza ciega, incierta, muy probablemente autolesiva.

Las tres películas, cada una a su manera, ejercen también alguna forma de resistencia, una desobediencia civil contra lo cinematográficamente convencional que se expresa entre líneas. Last Flag Flying desborda los parámetros de esas edificantes road movies al uso para convertirse en una elegante meditación sobre, digamos, la melancolía intrínseca al relato de la experiencia americana; Three Billboards… resulta un thriller sin trama policiaca, un western sin justicia consumada, un film felizmente inconcluso; y The Florida Project no se amolda al tipo de cine social, discursivo y acomodaticio, al que parece que debería conducirle su propia anécdota.

Baker más bien exhibe una vocación por dotar al (lumpen)proletariado americano de un relato y una imagen propios, y encuentra su acento en resonancias más nobles, del neorrealismo italiano a esas películas de Truffaut pobladas de niños a la conquista de su libertad. Los chicos de The Florida Project corren y corren, como el Antoine Doinel truffautiano, pero no alcanzan una meta catártica a la orilla del mar sino que acaban su escapada en los decorados fantasiosos de Disneylandia, el lugar en el que sus sueños de libertad devienen materia sólida, erigida. Aunque, en realidad, no es el empacho kitsch del famoso parque de atracciones sino el propio cinematógrafo el lugar -o “no lugar”, si lo prefieren- donde adquieren una forma material nuestros sueños de libertad, formas que no son sino imágenes vivas, ficciones abiertas.

 

 

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Alma o el ardor

Una escena de The Master (2012) parece anticipar el ambiente y el look de Phantom Thread, la última película de Paul Thomas Anderson: suena un tema de Cole Porter interpretado por Ella Fitzgerald mientras una modelo desfila con un abrigo de piel en un sinuoso movimiento captado con un travelling que la va siguiendo en plano contrapicado. Ahora, Anderson nos lleva a la casa y taller de un reputado sastre en extremo puntilloso, ególatra, hipersensible, despótico y maniático. El film nos explica la abducción de Alma, una joven camarera que es captada como amante, modelo y virtual esclava del protagonista, e incorporada así en su enrarecido tejido personal y profesional, en el que no caben las relaciones afectivas normales.

The Master fue precisamente la película con la que, para el arriba firmante, Anderson encontró su acento como cineasta mayor. Tuve algunos reparos con su filmografía temprana, cuyo virtuosismo me resulta un tanto frívolo; consideré un avance contundente There Will Be Blood, por fin un film genuinamente inquietante y desestabilizador; y cuento sus tres largometrajes posteriores entre los más significativos del cine americano actual, esto es, The Master, Inherent Vice y el que nos ocupa.

Reynolds Woodcock, el sastre de Phantom Thread, es un obsesivo e insensible acaparador, igual que el voraz magnate del petróleo de There Will Be Blood. Ambos filmes componen una visión sumamente agria del espíritu capitalista norteamericano. Pero Phantom Thread, además, arroja una despiadada mirada sobre la figura del creador egoísta y caprichoso, una crítica indirecta a la gilipollez que acompaña a todo delirio de grandeza artístico, sea en el cine o en la moda. Y, en ambas películas, lo mismo que en The Master, Anderson dibuja con especial finura unas relaciones humanas insanas, antinaturales, pautadas por severos códigos de dominación y lealtad, sociedades enfermizas en las que el apasionamiento y el odio acerbo no sólo se alternan sino que se confunden.

Es tal la intensidad de esas relaciones destructivas que Phantom Thread deriva, en su último tramo, en lo que tenía que aparecer tarde o temprano en la filmografía de Anderson: la historia de una pareja situada en ese territorio demencial. Las progresiones de un hombre y una mujer frente a la cámara representan un movimiento esencial del cinematógrafo, un territorio fundamental al que el realizador ha llegado como si su obra le hubiera conducido de forma natural hacia esa forma. En la parte de la película, aproximadamente la segunda mitad, en la que Alma porfía por ganarse a Reynolds Woodcock, el cine de Anderson se viene de nuevo arriba, da otro paso adelante en cuanto a abstracción, intensidad, densidad.

Reynolds se acerca a Alma con la mirada obsesiva del Scottie de Vertigo cuando “reconstruye” a su difunta amada; Alma conquista a Reynolds con envenenamientos reales que nos hacen pensar en el envenenamiento imaginario de Suspicion. ¿Vagas reminiscencias hitchcockianas en Phantom Thread? Sí, pero también algunas huellas sutiles de Cassavetes y Scorsese, de Pialat y Linklater, de todos los cineastas que han cultivado con sumo provecho ese terreno de las parejas tormentosas, las largas e incómodas escenas de bronca conyugal en las que dos cuerpos batallan en la pantalla y componen así formas inesperadamente extremas de la imagen cinematográfica. Es una pura especulación pero quién sabe si Anderson dirigirá en el futuro una desnuda historia de amor y desamor, un film que nos deje a solas con una pareja sin detenerse ya en tramas policiacas o recreaciones de un ambiente particular. Sea como sea, su filmografía crece poderosamente, con esa inquietud de quien no se acomoda sino que explora.

 

 

Sentido y sensibilidad

Qué filmografía más rica, qué cine más maleable y abierto, el de Richard Linklater. En Last Flag Flying, vuelve a cambiar de tono, al menos aparentemente, y nos explica la historia de tres veteranos de la guerra de Vietnam que se reúnen para atender las exequias fúnebres del hijo de uno de ellos, fallecido en acto de servicio en Bagdad. Durante el trayecto, hablan del cruel absurdo al que fueron sometidos ellos en un conflicto genocida y sin sentido, y constatan que el gobierno sigue mintiendo con la misma desvergüenza durante la ocupación de Irak.

Vuelven los setenta al cine americano: nos reencontramos con la sombra de un presidente tenebroso y embustero (Nixon, figura análoga a las de Bush Jr. y Trump), una Casa Blanca que miente con desparpajo y envía a los jóvenes a morir sin miramientos, una democracia en entredicho y una nula observancia de los derechos humanos… Y vuelve el recuerdo de la derrota y la humillación en Vietnam, el gran trauma norteamericano del siglo XX, haciendo que la nación se interrogue de nuevo sobre su belicosidad y sobre la infinita capacidad de sus gobernantes para distorsionar la realidad y justificar lo injustificable.

Imposible no tener presente The Last Detail (1973), de Hal Ashby, con un paisaje físico y humano casi idéntico al del film de Linklater; de hecho, ambas películas se basan en textos de Darryl Ponicsan, quien además ha escrito, junto al cineasta de Austin, el guion de Last Flag Flying. Inevitable también recordar a los obreros destrozados por la guerra en The Deer Hunter (1978), film que, como el que nos ocupa, incide en la dignidad de los vínculos de amistad en medio de la desolación, en lo que de honroso queda debajo de las patéticas capas visibles de la camaradería viril.

Puede parecer que Last Flag Flying, cuyo proyecto acariciaba Linklater desde 2006, llega algo tarde. No obstante, ese antibelicismo tan años setenta permite arrojar una visión crítica contra la sempiterna patraña nacionalista estadounidense y hablarnos llanamente de cuánta falsedad y puesta en escena hay detrás de la democracia americana. Contradicciones que, en los Estados Unidos de hoy, no han hecho más que agudizarse. Parece obvio que Linklater, proclive a reflejar en su cine la cochambre moral de la sociedad ultraconservadora de su Texas natal, no puede sino observar el estado actual de la nación con verdadero desconsuelo.

Pero lo que más llama la atención es la humildad del film, su tono contenido y cercano (pienso también en la semejanza con otro sobrio film de retaguardia: Gardens of Stone, una de esas películas injustamente desprestigiadas de Coppola). Linklater nos ofrece expresamente un film honesto, sencillo y emotivo, a la manera de Clint Eastwood, porque no necesita un mayor aparato simbólico ni estético. Mientras otros cineastas estadounidenses vuelven también a los setenta para ejecutar filmes aparatosos que hablan con voz engolada e interpelan con altivez al espectador dando groseras lecciones de moral y de historia, Linklater da una lección de humildad y de buen gusto, transmite inteligencia y sensibilidad, y establece una verdadera conexión sentimental con el espíritu de la década del Watergate.

Y, por cierto: Linklater, además, nos habla con gran sinceridad de la extrañeza que implica la pertenencia a una nación de la que nadie en su sano juicio puede sentirse orgulloso, un país que miente para izar ufano su bandera, tapa los problemas reales con un manto de patriotismo y se llena la boca pronunciando la palabra democracia mientras la socava sin remilgos. Una extrañeza que algunos compartimos también aquí, a 10.000 kilómetros de Hollywood.