La cara B fantástica del cine francés (Mandico, Gonzalez y Ossang) – Las otras olas del mar

De todo ese torrente de información que aportan los títulos de crédito finales de las películas modernas, algunas de las pistas más interesantes que puede encontrar el esmerado cinéfilo que aguanta hasta el final se encuentran en el capítulo de agradecimientos. Así pues, en los créditos con los que concluye Les Garçons sauvages, de Bertrand Mandico, aparece entre los agradecimientos el nombre de Yann Gonzalez, el director de Un couteau dans le coeurSIGUE LEYENDO EN http://cinentransit.com/la-cara-b-fantastica-del-cine-frances-mandico-gonzalez-y-ossang/

 

 

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Sitges 2018 – Nunca morirá

No solo hay un género fantástico: el cine es fantástico. Lo es porque lo fantástico parte del extrañamiento del mundo real o cotidiano y eso es algo íntimamente ligado a la naturaleza del cinematógrafo, un dispositivo que encapsula el tiempo, lo repite y lo desordena; que encuadra el espacio convirtiéndolo en un lienzo con ritmo y con vida interior; y también que resucita a los muertos, anticipa el futuro, dialoga con el pasado, hace emerger los espectros de nuestra sociedad… SIGUE LEYENDO EN http://cinentransit.com/sitges-2018/

No hay nada como el tiempo para pasar

El cine Zumzeig nos da la oportunidad de ver estos días en Barcelona Abrir puertas y ventanas, película de Milagros Mumenthaler fechada en 2011. Nos familiarizamos con la realizadora argentina hace sólo unos meses, cuando vimos La idea de un lago, que es su segundo y, hasta ahora, último largometraje. En él, nos encontramos con el pasado familiar, la presencia de los ausentes y el enrarecimiento de las relaciones filiales, ingredientes que también están presentes en Abrir puertas y ventanas.

No obstante, la topografía del film que nos ocupa es sustancialmente diferente. No salimos en todo el metraje de la casa familiar en la que habitan Marina, Sofía y Violeta, tres hermanas en edad universitaria que conviven alternando complicidades y fricciones. Mumenthaler retrata algo que muchos reconocemos con facilidad: el ambiente vicioso propio de un entorno cerrado, las rencillas que acontecen cuando una familia deviene un espacio claustrofóbico. Uno piensa en ciertas películas de Polanski –Cul-de-sac, Le Locataire, Repulsion o incluso What?– no porque Abrir puertas y ventanas se parezca mucho a ellas sino porque retrata ese mismo tipo de envilecimiento del alma humana en situaciones de aislamiento o enclaustramiento.

La figura de la abuela fallecida sobrevuela el ambiente, las chicas sienten envidias y recelos entre ellas, una se larga dejando una nota, otra se enamora del vecino, la tercera duda de la consanguineidad del trío… La trama de Abrir puertas y ventanas es perfectamente “completa”, por así decirlo, pero el film consigue no obstante dar la sensación de ver algo más elemental, una película más esquemática que, al mostrar su propia armazón, nos invita a reflexionar sobre los mecanismos de la ficción cinematográfica. Nos sitúa, pues, en ese privilegiado distanciamiento propio de todas las oleadas de la modernidad en el cine, y lo hace con particular finura y sutileza. Tal vez sea porque el tema del enclaustramiento ha sido un motivo recurrente del cinematógrafo (pienso en algunas películas de Bergman, por ejemplo, o en relatos de autodestrucción como Der siebente Kontinent o The Duke of Burgundy), algo que siempre ha estado allí para facilitar ese distanciamiento, ese gesto autoconsciente. Toda una región del cinematógrafo emparentada con El ángel exterminador de Buñuel.

En ese enclaustramiento -que no es tal en realidad, pues las protagonistas salen cotidianamente de la casa: somos los espectadores los que nos quedamos entre las cuatro paredes-, nuestras chicas caen de forma natural en la abulia y la molicie. “Não há nada como o tempo para passar”, dice un verso de Vinicius de Moraes que muchos conocemos en castellano por el famoso disco sobre su show en el café “La Fusa” de, precisamente, Buenos Aires. No hay nada como el tiempo para pasar, y experimentamos con Marina, Sofía y Violeta una especial cualidad del tiempo: el tiempo fermato de Ermanno Olmi, el tiempo adormecido, ralentizado, estancado, el tiempo que llamamos muerto y que resulta estar más vivo que nunca. Si una de las grandes conquistas del cine ha sido la observación del tiempo, Abrir puertas y ventanas puede considerarse un film sobre la experiencia de la imagen cinematográfica. Su tiempo es el tiempo de nosotros los observadores, los espectadores que nos sentamos a descubrir el mundo en el marco privilegiado de la pantalla.

Pero volvamos a la anécdota. Nuestras chicas viven rodeadas de recuerdos: objetos y prendas de su abuela, viejos discos de Serrat, aparatos analógicos… La casa es una máquina del tiempo que conecta constantemente el presente con el pasado (algo que experimentamos también, de otra manera, en La idea de un lago). ¿Quién no ha pasado una tarde ociosa en casa y ha acabado reordenando los libros, moviendo muebles, tirando antiguallas, redistribuyendo cosas…? Así pasan los días de las protagonistas de Abrir puertas y ventanas, en un mercadeo constante con el pasado en el que no se acaba de concretar qué es lo que quieren preservar y qué es lo que quieren olvidar. Ésa relación ambigua con lo pretérito es también una parte fundamental de la naturaleza de la imagen cinematográfica. El pequeño relato de los afectos y desavenencias de las tres hermanas de Abrir puertas y ventanas, en suma, nos brinda como si nada una provechosa mirada sobre las diferentes facetas del tiempo en la pantalla de cine. Ahí es nada.