Los descendientes

En 2006, Clint Eastwood compuso expresamente un díptico de películas que representaban cada una de ellas el contraplano de la otra: Flags of Our Fathers y Letters from Iwo Jima, visiones estadounidense y japonesa, respectivamente, de varios episodios de la batalla, sus prolegómenos y sus secuelas. Otras veces, dos películas que no tienen nada que ver devienen sus mutuos contraplanos, como es el caso de Brad’s Status (Mike White) y Lady Bird (Greta Gerwig).

Ben Stiller es, en Brad’s Status, un padre de cincuenta años que acompaña a su hijo de diecisiete a realizar entrevistas y conocer universidades en Boston de cara a emprender próximamente sus estudios superiores. Durante todo el film oímos la voz en off de su conciencia, que reflexiona sobre su situación vital y poco a poco va incidiendo en lo que le distancia de su vástago, cayendo en una instintiva desconfianza intergeneracional. Sospecha que lo despreciará, que se avergonzará o se burlará de él. Y envidia ridículamente el futuro éxito del hijo que, según su venenosa imaginación, superará con creces su propio recorrido vital, muy mediocre a su parecer, pues a la vez se compara con sus viejos camaradas y todos se le antojan unos triunfadores comparados con él.

En Lady Bird, en cambio, la protagonista es una joven (Saoirse Ronan) en la misma situación que el hijo de Brad, esto es, acabando la high school y preparándose para la universidad. Y, de fondo, vemos la figura de su madre, que incurre en un mismo rencor absurdo hacia su hija, con la diferencia de que, en su caso, se desata un agrio conflicto que hiere dolorosamente a ambas. En paralelo, seguimos las evoluciones de la educación sentimental de Lady Bird y sus dudas entre abrazar la sociabilidad o resistir como outsider, contradicciones propias de su edad que reconocemos fácilmente tanto en nuestra propia experiencia como en el paisaje humano de todas esas películas americanas que nos hablan de ese periodo vital.

Adolescentes que se convierten en adultos entre dudas y conflictos, seres maduros que tratan de encajar el paso del tiempo y la ineluctable melancolía: las edades de la vida se han convertido en un tema recurrente del cine americano actual, sobre todo de un cine que navega entre el terreno de la comedia moderna y el de un cierto acento “de autor” y personal. Son, de hecho, cuestiones centrales en la obra de realizadores fundamentales como Richard Linklater, Noah Baumbach o Wes Anderson. Y tanto Brad’s Status como Lady Bird son muestras de la vitalidad y la fertilidad de esa región del cine americano, más estimulante que otras en las que tantas películas acaban resultando repetitivas y rutinarias (reconozcamos, por poner un ejemplo al azar, que el balance de ese renacer de las películas de superhéroes de los últimos años es paupérrimo…).

Muestras, decíamos: no son Brad’s Status ni Lady Bird películas exploradoras que se aventuren por lo desconocido sino más bien nobles productos de esa deriva de la comedia americana. Son más una consecuencia que una causa. Lo cual no significa que carezcan de valor, todo lo contrario. Y ambas nos invitan a ponderar la importancia que han tenido los cómicos en el asentamiento de esa, digamos, tendencia. Ben Stiller es una presencia muy relevante en ese tipo de cine y hay una positiva sinergia entre su trabajo y la evolución del género. Significativamente, ha sido protagonista de varios filmes de Baumbach (Greenberg, While We’re Young y The Meyerowitz Stories (New and Selected), todas adscritas a la tendencia que comentamos), igual que Greta Gerwig (que, de hecho, es la pareja de Baumbach): protagoniza Greenberg junto a Stiller y es la figura central de Frances Ha y Mistress America. Y, volviendo a Lady Bird, no sólo es un film notoriamente autobiográfico sino que Gerwig, además, vierte en el film mucho de ese arte que ha cultivado frente a la cámara. Por eso, es necesario observar el conjunto de su trabajo para calibrar el valor de Lady Bird y el lugar que ocupa Gerwig en el cine de nuestro tiempo.

 

 

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Esperar a que la vida comience

Tres hermanos se desplazan para visitar a uno de sus progenitores, personaje de fuerte carácter y ego desmesurado que se ha desentendido parcialmente de su papel familiar para entregarse a sus inquietudes. Ésta podría ser una breve sinopsis tanto de The Darjeeling Limited, la película de Wes Anderson de hace diez años, como de The Meyerowitz Stories (New and Selected), el último largometraje de Noah Baumbach. En la de Anderson, se trata de una madre retirada místicamente en la India; en la de Baumbach, se trata de un padre escultor que, en el ocaso de su carrera, lleva francamente mal el ostracismo y el olvido.

Anderson y Baumbach tienen notables similitudes. De entrada, son quizás los dos cineastas más cálidos del cine americano actual. Los grandes temas de sus películas son, en ambos casos, las relaciones filiales y las edades de la vida. Reflejan con encomiable justeza y emotividad las sensaciones asociadas a las sucesivas etapas de tránsito por las que pasamos todos, así como los dimes y diretes con nuestros familiares y amigos íntimos. Y, a pesar de la ligereza de su tono y su luminoso sentido del humor, arrojan una visión en el fondo amarga y melancólica sobre la cuestión humana que no edulcora la realidad sino que la realza; en toda su crudeza y en toda su belleza.

De hecho, al ver The Meyerowitz Stories (New and Selected), uno tiene la sensación de que Baumbach ya había hecho esa película. ¿No había aún en su filmografía alguna historia sobre reencuentro familiar en una casa? No, no la había, pues Margot at the Wedding no es exactamente eso y el resto de filmes no se parecen demasiado a Meyerowitz en lo que a la trama se refiere. Esto podría ser una agria crítica pero no lo es, todo lo contrario. Significa que Baumbach ha dotado a su cine de una fisonomía propia, fácilmente reconocible y sumamente grata. Igual que un instante al azar de cualquier film de Yasujiro Ozu puede ser asociado al instante con su realizador, bastaría ver unos minutos de la última película de Baumbach para identificar su estilo.

Un estilo, por cierto, más que reivindicable. Si el cine de Anderson está dotado de unos rasgos visuales muy acusados -una determinada manera de encuadrar, un cierto ritmo interno de los planos, un montaje muy característico-, el de Baumbach parece, a primera vista, más sencillo. Viendo The Meyerowitz Stories se puede pensar que es un film compuesto básicamente por un guion y unos intérpretes, sin prestar mucha atención a la puesta en escena. No es así. Primeramente, Baumbach nos ha acostumbrado a una manera muy especial de filmar Nueva York tanto en lo que respecta a las localizaciones como a la iluminación y el uso de los espacios (y lo hace, por cierto, con una delectación análoga a la del cine de Ira Sachs); segundamente, la apertura y los movimientos de los planos están escogidos con exquisita intención para acompañar la expresión y la emoción de los personajes en cada instante. El film que nos ocupa es modélico al respecto.

Al final de The Meyerowitz Stories, Adam Sandler comenta el estado de su padre y el de otro coetáneo suyo con una frase lapidaria: “continúan esperando que sus vidas comiencen”. ¿A quién no le ha pasado eso en cierta medida? ¿No es cierto que, como canta John Lennon, “Life is just what happens to you / While you are busy making other plans”? Baumbach nos habla siempre de esa sensación tan humana, ese no saber muy bien qué diantre hacer en esta vida, y de la necesidad de aceptar el lugar de uno en el mundo, algo para lo que nunca es tarde porque la vida no es un punto de llegada sino un tránsito constante. Y más vale hacer las paces y buscar un equilibrio con los seres queridos, pues es inútil enfurruñarse o intentar que respondan con exactitud a lo que esperamos de ellos. Que cada uno siga su camino. Recordemos de nuevo la secuencia final, incluidos los títulos de crédito, de The Darjeeling Limited, una de las conclusiones más conmovedoras del cine americano de este siglo.

 

 

Sueño de una noche de verano

No dejamos de constatar cuántos cineastas de hoy realizan, en el seno de sus películas, un tránsito constante hacia el humus cultural que hay detrás de su cine (o del cine, si se prefiere). Porque el cinematógrafo supone un doble movimiento hacia el futuro y hacia el pasado que refleja el trajín que todos llevamos en la vida: de un amor a otro, de un proyecto a otro, huérfanos de certezas y expectantes ante lo que nos depara el camino.

Camila, la protagonista de Hermia & Helena (Matías Piñeiro), viaja hacia su padre, es decir, hacia su origen, sin que lo sospechemos hasta bien avanzado el metraje. Lo que parece no tener rumbo, de alguna manera sí lo tiene. Cuánto se parece Hermia & Helena a Frances Ha: como Greta Gerwig en la película de Noah Baumbach, Camila no hace más que idas y venidas a Nueva York en un estado de mudanza permanente, sin anclaje ni proyecto en la vida profesional ni en el amor.

Pero, además, Hermia & Helena incide especialmente en la dualidad, otro de los rasgos característicos del cine de nuestro tiempo: Buenos Aires y Nueva York, la Carmen que vuelve y la Camila que parte, la madre que ya no está y la sobrina que llega, la relación ya gastada y la que emerge, el texto literario de fondo y la película a la que asistimos… Precisamente, texto y film sólo conviven en los apartes oníricos de la película, esos sueños de Camila en los que sigue traduciendo A Midsummer Night Dream (las protagonista de la obra de Shakespeare, por cierto, dan título al film, que guarda ciertas concomitancias con la trama urdida por el bardo) o vive la carta de su amado Gregg transmutada en un cortometraje dentro de la película.

De esa bendita inestabilidad surge la hechura cinematográfica del film, que no pretende ser concluyente, brindar un relato cerrado o llegar a algún tipo de catarsis, moraleja o cierre del tipo que sea. Ese flujo natural del relato es, de nuevo, una estimulante tendencia presente en la obra de algunos de los cineastas más interesantes de hoy (un par de ejemplos evidentes: Olivier Assayas y su discípula aventajada Mia Hansen-Løve, puro cine energía). Si añadimos que películas anteriores de Piñeiro como Viola o La princesa de Francia comparten en buena medida las características que hemos comentado de Hermia & Helena, no podemos sino concluir que estamos ante un cineasta señero y representativo de nuestro tiempo. Y si sumamos el nombre de Piñeiro al de otros como Lisandro Alonso, Lucrecia Martel, Juan Schnitman o Milagros Mumenthaler, cineastas todos ellos adictos a la desestabilización de la narración, las rutinas y las significaciones facilonas, podemos también celebrar que, desde la República Argentina, nos estén llegando algunas de las vibraciones más harmoniosas del cine actual.