Esperar a que la vida comience

Tres hermanos se desplazan para visitar a uno de sus progenitores, personaje de fuerte carácter y ego desmesurado que se ha desentendido parcialmente de su papel familiar para entregarse a sus inquietudes. Ésta podría ser una breve sinopsis tanto de The Darjeeling Limited, la película de Wes Anderson de hace diez años, como de The Meyerowitz Stories (New and Selected), el último largometraje de Noah Baumbach. En la de Anderson, se trata de una madre retirada místicamente en la India; en la de Baumbach, se trata de un padre escultor que, en el ocaso de su carrera, lleva francamente mal el ostracismo y el olvido.

Anderson y Baumbach tienen notables similitudes. De entrada, son quizás los dos cineastas más cálidos del cine americano actual. Los grandes temas de sus películas son, en ambos casos, las relaciones filiales y las edades de la vida. Reflejan con encomiable justeza y emotividad las sensaciones asociadas a las sucesivas etapas de tránsito por las que pasamos todos, así como los dimes y diretes con nuestros familiares y amigos íntimos. Y, a pesar de la ligereza de su tono y su luminoso sentido del humor, arrojan una visión en el fondo amarga y melancólica sobre la cuestión humana que no edulcora la realidad sino que la realza; en toda su crudeza y en toda su belleza.

De hecho, al ver The Meyerowitz Stories (New and Selected), uno tiene la sensación de que Baumbach ya había hecho esa película. ¿No había aún en su filmografía alguna historia sobre reencuentro familiar en una casa? No, no la había, pues Margot at the Wedding no es exactamente eso y el resto de filmes no se parecen demasiado a Meyerowitz en lo que a la trama se refiere. Esto podría ser una agria crítica pero no lo es, todo lo contrario. Significa que Baumbach ha dotado a su cine de una fisonomía propia, fácilmente reconocible y sumamente grata. Igual que un instante al azar de cualquier film de Yasujiro Ozu puede ser asociado al instante con su realizador, bastaría ver unos minutos de la última película de Baumbach para identificar su estilo.

Un estilo, por cierto, más que reivindicable. Si el cine de Anderson está dotado de unos rasgos visuales muy acusados -una determinada manera de encuadrar, un cierto ritmo interno de los planos, un montaje muy característico-, el de Baumbach parece, a primera vista, más sencillo. Viendo The Meyerowitz Stories se puede pensar que es un film compuesto básicamente por un guion y unos intérpretes, sin prestar mucha atención a la puesta en escena. No es así. Primeramente, Baumbach nos ha acostumbrado a una manera muy especial de filmar Nueva York tanto en lo que respecta a las localizaciones como a la iluminación y el uso de los espacios (y lo hace, por cierto, con una delectación análoga a la del cine de Ira Sachs); segundamente, la apertura y los movimientos de los planos están escogidos con exquisita intención para acompañar la expresión y la emoción de los personajes en cada instante. El film que nos ocupa es modélico al respecto.

Al final de The Meyerowitz Stories, Adam Sandler comenta el estado de su padre y el de otro coetáneo suyo con una frase lapidaria: “continúan esperando que sus vidas comiencen”. ¿A quién no le ha pasado eso en cierta medida? ¿No es cierto que, como canta John Lennon, “Life is just what happens to you / While you are busy making other plans”? Baumbach nos habla siempre de esa sensación tan humana, ese no saber muy bien qué diantre hacer en esta vida, y de la necesidad de aceptar el lugar de uno en el mundo, algo para lo que nunca es tarde porque la vida no es un punto de llegada sino un tránsito constante. Y más vale hacer las paces y buscar un equilibrio con los seres queridos, pues es inútil enfurruñarse o intentar que respondan con exactitud a lo que esperamos de ellos. Que cada uno siga su camino. Recordemos de nuevo la secuencia final, incluidos los títulos de crédito, de The Darjeeling Limited, una de las conclusiones más conmovedoras del cine americano de este siglo.

 

 

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Sueño de una noche de verano

No dejamos de constatar cuántos cineastas de hoy realizan, en el seno de sus películas, un tránsito constante hacia el humus cultural que hay detrás de su cine (o del cine, si se prefiere). Porque el cinematógrafo supone un doble movimiento hacia el futuro y hacia el pasado que refleja el trajín que todos llevamos en la vida: de un amor a otro, de un proyecto a otro, huérfanos de certezas y expectantes ante lo que nos depara el camino.

Camila, la protagonista de Hermia & Helena (Matías Piñeiro), viaja hacia su padre, es decir, hacia su origen, sin que lo sospechemos hasta bien avanzado el metraje. Lo que parece no tener rumbo, de alguna manera sí lo tiene. Cuánto se parece Hermia & Helena a Frances Ha: como Greta Gerwig en la película de Noah Baumbach, Camila no hace más que idas y venidas a Nueva York en un estado de mudanza permanente, sin anclaje ni proyecto en la vida profesional ni en el amor.

Pero, además, Hermia & Helena incide especialmente en la dualidad, otro de los rasgos característicos del cine de nuestro tiempo: Buenos Aires y Nueva York, la Carmen que vuelve y la Camila que parte, la madre que ya no está y la sobrina que llega, la relación ya gastada y la que emerge, el texto literario de fondo y la película a la que asistimos… Precisamente, texto y film sólo conviven en los apartes oníricos de la película, esos sueños de Camila en los que sigue traduciendo A Midsummer Night Dream (las protagonista de la obra de Shakespeare, por cierto, dan título al film, que guarda ciertas concomitancias con la trama urdida por el bardo) o vive la carta de su amado Gregg transmutada en un cortometraje dentro de la película.

De esa bendita inestabilidad surge la hechura cinematográfica del film, que no pretende ser concluyente, brindar un relato cerrado o llegar a algún tipo de catarsis, moraleja o cierre del tipo que sea. Ese flujo natural del relato es, de nuevo, una estimulante tendencia presente en la obra de algunos de los cineastas más interesantes de hoy (un par de ejemplos evidentes: Olivier Assayas y su discípula aventajada Mia Hansen-Løve, puro cine energía). Si añadimos que películas anteriores de Piñeiro como Viola o La princesa de Francia comparten en buena medida las características que hemos comentado de Hermia & Helena, no podemos sino concluir que estamos ante un cineasta señero y representativo de nuestro tiempo. Y si sumamos el nombre de Piñeiro al de otros como Lisandro Alonso, Lucrecia Martel, Juan Schnitman o Milagros Mumenthaler, cineastas todos ellos adictos a la desestabilización de la narración, las rutinas y las significaciones facilonas, podemos también celebrar que, desde la República Argentina, nos estén llegando algunas de las vibraciones más harmoniosas del cine actual.

 

 

Hermosas juventudes

Lamentábamos el otro día que, en los circuitos comerciales de Barcelona, tardamos a veces un año o más tiempo en ver films que despuntan internacionalmente, por no hablar de los que no llegan a ser exhibidos ni editados en absoluto. Pero no crean que el problema se circunscribe a las películas extranjeras. Verbigracia: se me ocurren pocas películas más barcelonesas que Les amigues de l’Àgata, que han escrito y dirigido Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen, y que acaba de ser estrenada hace unos días en nuestras salas de cine cuando hace más de un año que viene siendo vista, celebrada y laureada por festivales de acá y acullá.

Es una oportunidad que se les debía a las cuatro jóvenes cineastas, tituladas en comunicación audiovisual que realizaron el largometraje a modo de ejercicio de fin de carrera. Y, sea cual sea el resultado comercial de una película tan modesta en recursos económicos, Les amigues de l’Àgata es ya un éxito y un más que notable logro cinematográfico. De entrada, porque no se le escapará a ningún espectador su vívido naturalismo, que fluye como si nada. Recuerdo, por seguir circunscritos al ámbito del cine español reciente, lo acartonados que resultaban los diálogos de A cambio de nada, de Daniel Guzmán, a pesar de intentar ser muy cotidianos. En cambio, la palabra tenía un tono mucho más real en Hermosa juventud o Los exiliados románticos. Pero Alabart, Cros, Rius y Verheyen llegan incluso a superar a Jaime Rosales y Jonás Trueba en ese sentido, captando con una finura irreprochable el habla y las maneras de los chicos de veinte años de la Barcelona de hoy. Y, en cine, lo que parece más sencillo, lo que se diría que consiste sólo en salir a la calle y captar las cosas como son, es en realidad lo más complicado, la mayor de las conquistas.

El film, además, incide como si cualquier cosa en un tema mayor de las últimas metamorfosis de la modernidad cinematográfica: el paso a la madurez y todo lo que implica en cuanto a pérdida, dolor, conflicto y melancolía, cuestiones en las que ya hemos abundado en este blog con cierta frecuencia. Àgata, la protagonista, cursa su primer año en la universidad y siente la necesidad de independizarse de sus amigas de la infancia: expandir su círculo de amistades, relacionarse con gente nueva, no tener que gestionar su agenda en connivencia constante con el círculo íntimo de siempre… En los setenta minutos que dura la película, la acompañamos en ese proceso y en la deriva hacia la inevitable riña con sus amigas, que acontece por fin en una poderosa secuencia al estilo de Cassavetes, el director por excelencia de las grandes broncas entre personas que se quieren. Sea o no una referencia voluntaria, la huella del autor de Faces se identifica en muchos de los trabajos más estimulantes del cine de nuestro tiempo.

A la manera del Antoine Doinel de Truffaut, se podría explicar las edades de la vida, los sucesivos desencantos de nuestro paso por el mundo, a través de las  muchas y diversas películas que inciden en ello en el cine actual. Empezaríamos por el paso de la infancia a la adolescencia con films como Juana a los doce (Martín Shanly), Where the Wild Things Are (Spike Jonze), Moonrise Kingdom (Wes Anderson) o Mud (Jeff Nichols). Continuaríamos con los avatares de la vida adolescente en Animals (Marçal Forés) o Adventureland (Greg Mottola), o en las experiencias extremas de las chicas de Jeune et jolie (François Ozon) y Spring Breakers (Harmony Korine). De la hermosa y desestabilizadora juventud, nos habla con sumo provecho Noah Baumbach (Frances Ha, Mistress America), y el advenimiento de la madurez es un capítulo incierto y apabullante en El apóstata (Federico Veiroj), Las altas presiones (Ángel Santos), Inside Llewyn Davis (Joel y Ethan Coen) o Young Adult (Jason Reitman). La vida sigue siendo desconcertante a los cuarenta años en las películas de Judd Apatow (Trainwreck, This is Forty) o, de nuevo, Noah Baumbach (While We’re Young), y la inestabilidad se extiende más allá en las películas de Nanni Moretti (Mia madre) o Ira Sachs (Love is Strange). Además, nos hemos dejado dos obras fundamentales, Boyhood (Richard Linklater) y Eden (Mia Hansen-Løve), que cubren por sí solas todo el recorrido que va de la infancia al desencanto de la vida adulta.

Por supuesto, Les amiges de l’Àgata capta con agudeza la cuestión y se suma a esa línea con todo merecimiento. Pero, además, la película supone un nuevo pequeño gran acontecimiento que demuestra que los barceloneses no vivimos en un erial, a pesar del ritmo geológico que caracteriza la exhibición del cine -sobre todo de cierto cine- en nuestra ciudad. Barcelona es la ciudad del añorado Joaquim Jordà y del influyente José Luis Guerín, es también la ciudad de jóvenes excepcionales como Carlo Padial, Hermes Paralluelo, Andrés Duque (venezolano de nacimiento) o el citado Marçal Forés, y aquí se han gestado maravillosas extravagancias como Searching for Meritxell (Burnin’ Percebes) o Nos parecía importante (Marc Ferrer). El cine catalán, además, suma nombres fundamentales como Albert Serra, Marc Recha o Isaki Lacuesta/Isa Campo, además del productor y director Lluís Miñarro o el productor Paco Poch. No quiero con todo esto, ni mucho menos, ejercer ningún tipo de patrioterismo, algo que me provoca el más virulento de los rechazos, sino insistir en que, en este rinconcito del Mediterráneo, no habitamos un desierto cinematográfico sino todo lo contrario, un lugar de luminosa creatividad a pesar de que la cartelera no acostumbre a reflejarlo.

 

 

TEASER 1 Les Amigues de l’Àgata VOSE from Vier Filles on Vimeo.