La balada del mar salado

Una ballata del mare salato, la novela gráfica de Hugo Pratt, transcurre durante los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial. La protagonizan piratas y contrabandistas de oscuro pasado que, al sur del Pacífico, mercadean con soldados alemanes, viven aventuras y tejen una compleja maraña de lealtades y traiciones. La vida lliure, el nuevo largometraje de Marc Recha, transcurre en la isla de Menorca durante las postrimerías de la misma contienda. Como Pratt, Recha nos habla de estraperlistas en tratos con el ejército alemán, sus personajes viven también marcados por un pasado de alguna manera traumático y de nuevo hay dos jovenzuelos que se sienten atraídos por los misterios que rodean a los adultos de la historia.

La orilla de una isla en el Mediterráneo o en Melanesia es el territorio esencial de la aventura, desde los referentes literarios del género hasta el cine de nuestro tiempo, pasando por los álbumes de Corto Maltés. Pero no es La vida lliure un relato de aventuras sino una historia en los márgenes de la aventura; y no lo es tanto por lo que acontece en la trama sino más bien por la manera como nos llega ese aliento aventurero, que es a través de la oralidad. Tina, la joven protagonista, nos pone en situación narrando en voz en off, y ella es también la que lee a su hermano Biel por la noche en la cama. A la vez, ambos escuchan las historias de Rom, el desconocido que encuentran habitando en una casucha incrustada en las rocas, frente al mar. Rom está más cerca del esquinado Rasputín que del noble Corto Maltés, y se acaba confirmando como un pícaro deshonesto pero no como un ser vil por completo. Tina y Biel acceden a la vida libre aprendiendo a ponderar la mezquindad de Rom y la fragilidad de la figura de su tío, un payés desconfiado a cargo de ellos y de un exiguo terreno con pobres cultivos y ganado famélico.

Rom, decíamos, se asemeja más bien a personajes a la par ruines y entrañables como el Rasputín hugoprattiano o como Jeremy Fox, el protagonista de Moonfleet. Es inevitable pensar en la película de Fritz Lang (y en A High Wind in Jamaica) viendo La vida lliure, que se inscribe en una tradición común a las letras, las artes gráficas y el cine: la aventura melancólica, el relato que pone énfasis en el aprendizaje al que acceden los jóvenes implicados en las peripecias de los veteranos bucaneros y que no es otra cosa que el aprendizaje de la propia vida, sus frustraciones y asperezas, el descubrimiento de esos límites en los que perece la fantasía y acontece la bajeza humana.

Recha, un cineasta que, en más de un sentido, siempre filma en los márgenes (la frontera pirenaica de Les Mains vides, el espacio entre lo urbano y lo salvaje de Petit indi, los límites de la narración cinematográfica y los días perdidos de verano de Dies d’agost…), ha encontrado así un terreno propicio para su cine en esa orilla entre la aventura y lo prosaico, esa frontera entre la inocencia y la madurez que es a fin de cuentas el lugar en el que se dirime la modernidad del cinematógrafo. La conquista de la modernidad es también la conquista de esa melancolía que acontece tras haberse asomado a lo ignoto; es la melancolía de la joven y bella adolescente del film de François Ozon bailando en esa fiesta con chicos de su edad a la que acude cuando ya ha pasado su demencial correría como meretriz. De hecho, sin haber vivido tamañas aventuras, todos los que hemos pasado una adolescencia hemos conocido de alguna manera esa melancolía que nos aguarda al final de la noche; el cine moderno, que no enmienda la tradición sino que nos la transmite con la misma voz cercana con la que explican historias los personajes de La vida lliure, apela a los sentimientos íntimos que nos quedan como reminiscencia de nuestra inmarcesible juventud interior.

 

 

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Algo perdido y esperándonos

Una escena se repite en todas las películas de James Gray: una persona acostada recibe el cariño de alguien cercano -el hijo, la pareja, el hermano- situado al borde de la cama, en un reencuentro de honda emotividad. Ambos hablan en susurros y dejan de lado conflictos y consideraciones accesorias ante la magnanimidad de su vínculo sentimental. En The Lost City of Z, Percy Fawcett recibe a su esposa y sus hijos mientras yace herido en un hospital militar, recuperándose de sus heridas de guerra; es otro de esos momentos del cine de Gray en los que el dolor es representado en toda su densidad, una inmensa piedad llena la pantalla y acontece ante nuestros ojos una belleza rara, intensa, sobrecogedora.

Rudyard Kipling es citado explícitamente en la película y de su obra poética parece beber The Lost City of Z: una mirada sobre los sentimientos de la épica, sobre la emoción que conmueve el corazón de una alma aventurera. Y sobre cómo esa emoción alcanza al espectador. Gray nos devuelve al cine clásico de aventuras, al espíritu exaltante que recorre el cine de Le Voyage dans la Lune de Méliès a The Man Who Would Be a King. Aunque no es precisamente ese texto de Kipling, que inspiró la película de John Huston, el que es citado en The Lost City of Z, sino el poema The Explorer, en el que una voz insistente como la conciencia repite en un susurro interminable: “Something hidden. Go and find it. Go and look behind the Ranges- / Something lost behind the Ranges. Lost and waiting for you. Go!”

Si la recreación del espíritu aventurero tiene en parte un deje socarrón en las películas de Werner Herzog o en las aventuras gráficas de Hugo Pratt, en el cine de Gray adquiere una dimensión monumental y solemne. Toda su obra nos hace pensar en algo efectivamente monumental, en una apelación a nuestra memoria cinéfila en la que las imágenes adquieren la belleza melancólica de una escultura, un templo, una ruina. Una sensación parecida a la que transmiten las mejores secuencias de Heaven’s Gate; en los filmes de Gray, la herencia de Michael Cimino y de Francis F. Coppola siempre se hace notar entre líneas.

Fawcett, sus leales compañeros de expedición y, finalmente, su hijo primogénito comparten una obsesión romántica por el arcano, el misterio, la ciudad hipotética cuyas ruinas aguardan tal vez en el corazón de la selva. En sus acercamientos, siempre dan con vagos vestigios, pistas estimulantes que invitan a seguir sumergiéndose en la maleza, extraviándose en la fantasía. Como la cabeza que emerge furtivamente de las aguas de Venecia en el prólogo de Il Casanova di Federico Fellini, otro realizador que plasmó en su cine la atracción por lo inefable. Recordemos también la secuencia de las pinturas que se desvanecen al contacto con el aire exterior en Roma.

Pero más de la mitad del metraje se detiene en otras cuitas del protagonista, esto es, en su lucha contra prejuicios y resistencias. Fawcett, ecologista y antropólogo avant la lettre, se enfrenta a la sociedad tradicional británica para adentrarse en la Amazonia en busca de los vestigios de una Roma perdida entre la maleza, de un pasado olvidado que a todos nos atañe. Viajar hacia nuestras raíces y, a la vez, hacia la modernidad: The Lost City of Z contiene en su seno las pulsiones que mueven el propio cine de Gray, la fórmula de su hipnotizador sentido de la épica. Y, en ese doble movimiento hacia el pasado y el futuro, así como Fawcett busca una ciudad y acaba encontrando una frágil civilización en la selva, nosotros hacemos con él un viaje hacia la profundidad del ser humano, hacia nosotros mismos, pues no es otra al fin y al cabo la odisea en la que nos embarca el cinematógrafo. “Then my Whisper waked to hound me:- / ‘Something lost behind the Ranges. Over yonder! Go you there!’”