La cara B fantástica del cine francés (Mandico, Gonzalez y Ossang) – Las otras olas del mar

De todo ese torrente de información que aportan los títulos de crédito finales de las películas modernas, algunas de las pistas más interesantes que puede encontrar el esmerado cinéfilo que aguanta hasta el final se encuentran en el capítulo de agradecimientos. Así pues, en los créditos con los que concluye Les Garçons sauvages, de Bertrand Mandico, aparece entre los agradecimientos el nombre de Yann Gonzalez, el director de Un couteau dans le coeurSIGUE LEYENDO EN http://cinentransit.com/la-cara-b-fantastica-del-cine-frances-mandico-gonzalez-y-ossang/

 

 

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Sitges 2018 – Nunca morirá

No solo hay un género fantástico: el cine es fantástico. Lo es porque lo fantástico parte del extrañamiento del mundo real o cotidiano y eso es algo íntimamente ligado a la naturaleza del cinematógrafo, un dispositivo que encapsula el tiempo, lo repite y lo desordena; que encuadra el espacio convirtiéndolo en un lienzo con ritmo y con vida interior; y también que resucita a los muertos, anticipa el futuro, dialoga con el pasado, hace emerger los espectros de nuestra sociedad… SIGUE LEYENDO EN http://cinentransit.com/sitges-2018/

Punto omega

En À jamais, última película de Benoît Jacquot y adaptación de una novela de Don DeLillo (y, aviso, voy a incurrir a continuación en el mayor de los spoilers), la muerte del protagonista a mitad del metraje provoca, entre otros efectos, un tácito cambio del punto de vista. Es inevitable, pues, evocar el más famoso quiebro en ese sentido, esto es, el que se produce en Psycho con el asesinato de Janet Leigh a manos de Anthony Perkins.

La celebérrima escena de la ducha de Psycho supone un simbólico momento de pérdida de la inocencia, un terremoto emocional que cualquiera puede comprender: en ese instante, es imposible que un espectador, sea cual sea su bagaje cinéfilo, no se cuestione algunas cosas sobre la vinculación emotiva con lo que ve en la pantalla, sobre las inercias con las que afronta la narrativa cinematográfica, sobre lo que espera y lo que no espera que acontezca entre el inicio y el final de su historia. Así pues, de la enorme carga simbólica de dicha secuencia surge 78/52, el film de Alexandre O. Philippe en el que cineastas, críticos y cómicos disertan sobre cada detalle de esos tres minutos de cine y sobre el impacto que les provocaron.

El cine es cinefilia. Ya todas las películas que vemos hoy en día implican inevitablemente una cierta reflexión sobre lo que conocemos del medio cinematográfico en contraposición a lo que tenemos frente a los ojos. El distanciamiento propio del gesto de la modernidad lo impregna todo. Por eso, una película como 78/52 es un ensayo paradigmático de lo que supone hacer y ver cine en nuestro tiempo. Psycho data de 1960, es decir, inmediatamente después de la eclosión de la Nouvelle Vague. La ruptura consciente que aportaron Hitchcock, Truffaut y Godard llegó para quedarse siempre en nuestra manera de afrontar la imagen cinematográfica.

Pero volvamos a la película de Jacquot. À jamais, decíamos, parte de un texto de DeLillo, Body Art. No obstante, es otra novela suya, Point Omega, la que arranca con una alusión a 24 Hour Psycho, la instalación de Douglas Gordon que consistía en proyectar la película de Hitchcock a un ritmo de dos fotogramas por segundo, de manera que la duración de Psycho se alargaba hasta las veinticuatro horas. Tal vez sea, pues, un velado vínculo hitchcockiano común lo que ha acercado a Jacquot y DeLillo. À jamais podría verse como una variación o abstracción del cine del insigne londinense, como lo son también los thrillers de Truffaut.

Y, de hecho, À jamais comparte también algo de esa, digamos, “transparencia del cineasta” propia de la Nouvelle Vague y sus descendientes. En el film, el cineasta se materializa en la figura del protagonista; se materializa para luego devenir espectro. Y para comparecer por fin frente a sus propias imágenes, como Léos Carax al inicio de Holy Motors. Siguiendo otra fructífera tendencia del cine de nuestro tiempo, Jacquot se aventura por el desfiladero de lo fantástico no para practicar cine estrictamente “de género” sino para observar el cine desde ese sutil punto de vista que es también el de Weerasethakul o Shyamalan.