Reencuentro

Quizás las mejores películas de animación del cine americano reciente han sido las de Charlie Kaufman y Wes Anderson. Y si han acudido a esta técnica -Kaufman en Anomalisa y Anderson en Fantastic Mr. Fox y la que hoy nos ocupa, Isle of Dogs– es seguramente para hallar esa distancia, esa posición tan propia de la modernidad en el cine desde la que se observa la realidad, el ser humano y el propio cinematógrafo bajo un prisma intencionadamente diferente, enrarecido.

Anderson nos relata una historia de aventuras ambientada en el Japón del futuro inmediato y protagonizada por perros humanizados que han sido deportados a una isla vertedero por humanos fascistizados. Coherentemente con el estilo andersoniano, todo en el film nos remite a texturas y ritmos del cine clásico: reminiscencias del cine de aventuras, de las pandas encantadoras de antihéroes fordianos y hawksianos, del cine japonés de los cincuenta y sesenta, de las películas de Kurosawa en particular, de Moonfleet y de Kakushi-toride no san-akunin (digo, La fortaleza escondida), e incluso de referentes más cercanos como Francis F. Coppola. Y todo es filmado y montado con esa distancia socarrona, esa personal manera de Anderson de parodiar y a la vez rendir tributo al cine sedimentado en nuestra experiencia como espectadores. Nótese, además, que los personajes miran a menudo a cámara, interpelando al espectador, rompiendo la cuarta pared.

La, decíamos, distancia socarrona, la animación y la ironía son los ingredientes con los que Anderson transita el cine para hallar su propia voz y construir su discurso sobre el cinematógrafo. Es la manera andersoniana de acceder al inefable territorio de la modernidad. Y en Isle of Dogs, nos ha enseñado por fin cuál es el verdadero destino de ese viaje, que no es otro que el cine mismo. Como navegantes camino de Ítaca, los cineastas de las diferentes oleadas de la modernidad no hacen más que llevarnos a un eterno reencuentro con la experiencia del cine, a un redescubrimiento de su naturaleza y su revolucionaria mirada sobre las cosas. Al contrario de lo que pretende cierta cinefilia embalsamadora, el cine no es una lengua muerta sino un cuerpo vivísimo, inquieto, que necesita de esas constantes transfiguraciones para volver a descubrir el mundo.

Anderson nos devuelve así a Ítaca y lo hace además con un largometraje rabiosamente inteligente que arroja un comentario entre líneas sobre la deriva general de la sociedad actual, en la que se ha revelado muy real el peligro del retroceso de la democracia y de las mutaciones del fascismo. Porque el cinematógrafo, al reencontrarse con su belleza primigenia, no puede más que decirnos forzosamente algo de nosotros, del aquí y ahora en el que ha sido creado. Anderson, con su troupe de amigos y colaboradores habituales -Roman Coppola y Jason Schwartzman firman el guion junto a él, y vuelven a actuar con gran provecho Bill Murray, Tilda Swinton, Edward Norton, Harvey Keitel… a los que se suman Bryan Cranston, Greta Gerwig, Liev Schreiber o Scarlett Johansson-, ha dado otra vuelta de tuerca a su cine y nos ha mostrado el recorrido completo hasta las esencias de lo cinematográfico en un film en el que no vemos una sola imagen real. Isle of Dogs tiene la rara virtud de arrojar claridad, con aparente sencillez, sobre el sentido de hacer y ver cine, ese reencuentro permanentemente renovado con las imágenes y con nosotros mismos; ante un film que es y transmite pura felicidad, sólo nos queda darle simplemente las gracias a Anderson.

 

 

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Sentido y sensibilidad

Qué filmografía más rica, qué cine más maleable y abierto, el de Richard Linklater. En Last Flag Flying, vuelve a cambiar de tono, al menos aparentemente, y nos explica la historia de tres veteranos de la guerra de Vietnam que se reúnen para atender las exequias fúnebres del hijo de uno de ellos, fallecido en acto de servicio en Bagdad. Durante el trayecto, hablan del cruel absurdo al que fueron sometidos ellos en un conflicto genocida y sin sentido, y constatan que el gobierno sigue mintiendo con la misma desvergüenza durante la ocupación de Irak.

Vuelven los setenta al cine americano: nos reencontramos con la sombra de un presidente tenebroso y embustero (Nixon, figura análoga a las de Bush Jr. y Trump), una Casa Blanca que miente con desparpajo y envía a los jóvenes a morir sin miramientos, una democracia en entredicho y una nula observancia de los derechos humanos… Y vuelve el recuerdo de la derrota y la humillación en Vietnam, el gran trauma norteamericano del siglo XX, haciendo que la nación se interrogue de nuevo sobre su belicosidad y sobre la infinita capacidad de sus gobernantes para distorsionar la realidad y justificar lo injustificable.

Imposible no tener presente The Last Detail (1973), de Hal Ashby, con un paisaje físico y humano casi idéntico al del film de Linklater; de hecho, ambas películas se basan en textos de Darryl Ponicsan, quien además ha escrito, junto al cineasta de Austin, el guion de Last Flag Flying. Inevitable también recordar a los obreros destrozados por la guerra en The Deer Hunter (1978), film que, como el que nos ocupa, incide en la dignidad de los vínculos de amistad en medio de la desolación, en lo que de honroso queda debajo de las patéticas capas visibles de la camaradería viril.

Puede parecer que Last Flag Flying, cuyo proyecto acariciaba Linklater desde 2006, llega algo tarde. No obstante, ese antibelicismo tan años setenta permite arrojar una visión crítica contra la sempiterna patraña nacionalista estadounidense y hablarnos llanamente de cuánta falsedad y puesta en escena hay detrás de la democracia americana. Contradicciones que, en los Estados Unidos de hoy, no han hecho más que agudizarse. Parece obvio que Linklater, proclive a reflejar en su cine la cochambre moral de la sociedad ultraconservadora de su Texas natal, no puede sino observar el estado actual de la nación con verdadero desconsuelo.

Pero lo que más llama la atención es la humildad del film, su tono contenido y cercano (pienso también en la semejanza con otro sobrio film de retaguardia: Gardens of Stone, una de esas películas injustamente desprestigiadas de Coppola). Linklater nos ofrece expresamente un film honesto, sencillo y emotivo, a la manera de Clint Eastwood, porque no necesita un mayor aparato simbólico ni estético. Mientras otros cineastas estadounidenses vuelven también a los setenta para ejecutar filmes aparatosos que hablan con voz engolada e interpelan con altivez al espectador dando groseras lecciones de moral y de historia, Linklater da una lección de humildad y de buen gusto, transmite inteligencia y sensibilidad, y establece una verdadera conexión sentimental con el espíritu de la década del Watergate.

Y, por cierto: Linklater, además, nos habla con gran sinceridad de la extrañeza que implica la pertenencia a una nación de la que nadie en su sano juicio puede sentirse orgulloso, un país que miente para izar ufano su bandera, tapa los problemas reales con un manto de patriotismo y se llena la boca pronunciando la palabra democracia mientras la socava sin remilgos. Una extrañeza que algunos compartimos también aquí, a 10.000 kilómetros de Hollywood.

 

 

 

Algo perdido y esperándonos

Una escena se repite en todas las películas de James Gray: una persona acostada recibe el cariño de alguien cercano -el hijo, la pareja, el hermano- situado al borde de la cama, en un reencuentro de honda emotividad. Ambos hablan en susurros y dejan de lado conflictos y consideraciones accesorias ante la magnanimidad de su vínculo sentimental. En The Lost City of Z, Percy Fawcett recibe a su esposa y sus hijos mientras yace herido en un hospital militar, recuperándose de sus heridas de guerra; es otro de esos momentos del cine de Gray en los que el dolor es representado en toda su densidad, una inmensa piedad llena la pantalla y acontece ante nuestros ojos una belleza rara, intensa, sobrecogedora.

Rudyard Kipling es citado explícitamente en la película y de su obra poética parece beber The Lost City of Z: una mirada sobre los sentimientos de la épica, sobre la emoción que conmueve el corazón de una alma aventurera. Y sobre cómo esa emoción alcanza al espectador. Gray nos devuelve al cine clásico de aventuras, al espíritu exaltante que recorre el cine de Le Voyage dans la Lune de Méliès a The Man Who Would Be a King. Aunque no es precisamente ese texto de Kipling, que inspiró la película de John Huston, el que es citado en The Lost City of Z, sino el poema The Explorer, en el que una voz insistente como la conciencia repite en un susurro interminable: “Something hidden. Go and find it. Go and look behind the Ranges- / Something lost behind the Ranges. Lost and waiting for you. Go!”

Si la recreación del espíritu aventurero tiene en parte un deje socarrón en las películas de Werner Herzog o en las aventuras gráficas de Hugo Pratt, en el cine de Gray adquiere una dimensión monumental y solemne. Toda su obra nos hace pensar en algo efectivamente monumental, en una apelación a nuestra memoria cinéfila en la que las imágenes adquieren la belleza melancólica de una escultura, un templo, una ruina. Una sensación parecida a la que transmiten las mejores secuencias de Heaven’s Gate; en los filmes de Gray, la herencia de Michael Cimino y de Francis F. Coppola siempre se hace notar entre líneas.

Fawcett, sus leales compañeros de expedición y, finalmente, su hijo primogénito comparten una obsesión romántica por el arcano, el misterio, la ciudad hipotética cuyas ruinas aguardan tal vez en el corazón de la selva. En sus acercamientos, siempre dan con vagos vestigios, pistas estimulantes que invitan a seguir sumergiéndose en la maleza, extraviándose en la fantasía. Como la cabeza que emerge furtivamente de las aguas de Venecia en el prólogo de Il Casanova di Federico Fellini, otro realizador que plasmó en su cine la atracción por lo inefable. Recordemos también la secuencia de las pinturas que se desvanecen al contacto con el aire exterior en Roma.

Pero más de la mitad del metraje se detiene en otras cuitas del protagonista, esto es, en su lucha contra prejuicios y resistencias. Fawcett, ecologista y antropólogo avant la lettre, se enfrenta a la sociedad tradicional británica para adentrarse en la Amazonia en busca de los vestigios de una Roma perdida entre la maleza, de un pasado olvidado que a todos nos atañe. Viajar hacia nuestras raíces y, a la vez, hacia la modernidad: The Lost City of Z contiene en su seno las pulsiones que mueven el propio cine de Gray, la fórmula de su hipnotizador sentido de la épica. Y, en ese doble movimiento hacia el pasado y el futuro, así como Fawcett busca una ciudad y acaba encontrando una frágil civilización en la selva, nosotros hacemos con él un viaje hacia la profundidad del ser humano, hacia nosotros mismos, pues no es otra al fin y al cabo la odisea en la que nos embarca el cinematógrafo. “Then my Whisper waked to hound me:- / ‘Something lost behind the Ranges. Over yonder! Go you there!’”