You’re just too good to be true

Aún era un niño cuando decidí que The Deer Hunter era mi película favorita. Tal fue el impacto que me provocó al verla por primera vez. No era así en realidad ni lo es ahora, pues uno no tiene nunca una sola película favorita, pero sí es cierto que se generan vínculos sentimentales permanentes y especiales con algunos filmes. Con la particular textura de sus imágenes, con la luz de Vilmos Zsigmond y esos bellos encuadres, con la honda amargura que transmite toda la película, con la imagen imborrable de Robert De Niro volviendo del frente destrozado, con la angustiante atmósfera de las secuencias de la ruleta rusa, con tantos otros detalles y, sobre todo, con la escena del bar.

Es curioso que comentáramos Everybody Wants Some!! -que se recochinea, con suma inteligencia y algo de ternura, de lo viril y de lo americano- sólo unos días antes de la muerte del director de The Deer Hunter, uno de los más sinceros y conmovedores filmes sobre la amistad masculina. De toda la película, si hay un detalle que, a lo largo de los años, me sigue poniendo la piel de gallina, es la famosa secuencia que transcurre en el bar, en la que los protagonistas vacían con buen ánimo jarras de cerveza, juegan a billar y cantan Can’t Take my Eyes Off You. Ese momento, por algún motivo difícil de explicar, encierra todo lo que me fascina del cine americano.

Luego vi todo Michael Cimino (1939-2016) y todo me gustó. Como en el caso de Francis F. Coppola, me gusta decir que no le pongo peros, que defiendo incluso lo indefendible, sus películas más modestas y erráticas. Aunque, por supuesto, la raíz de tanta pasión está en los grandes filmes de los años setenta de Coppola y Cimino, que representan la cima de una cierta belleza épica, de un sentido solemne y grandioso de lo cinematográfico. Como si, con el fracaso de Heaven’s Gate (un fracaso portentoso, colosal, una caída paradójicamente a la altura de la belleza del propio film), se hubiera acabado la posibilidad de hablar en graves términos de graves cuestiones: América, el dolor, la identidad y la memoria, la historia, el mito, el sueño y sus contradicciones.

De todo el nuevo Hollywood de los setenta, se impusieron la estética y las maneras de los modelos más reaccionarios e infantiloides, y aún hoy prevalecen los blockbusters herederos del vacío y la fealdad que establecieron los paracientíficos con látigo y los peluches pilotando naves espaciales. Por suerte, el cine americano de hoy demuestra que no se perdió todo y que la “huella coppoliana” (y “ciminiana”) permanece viva en el cine de James Gray, el caso más evidente, y de alguna manera en el de Terrence Malick, David Fincher, Andrew Dominik, Jeremy Saulnier o Jeff Nichols, entre otros.

The Deer Hunter está fechada en el mismo año en que nació el arriba firmante. Tal vez sea una boutade pero, con la noticia de la muerte de Michael y Elizabeth Cimino, hoy es uno de esos días en los que uno piensa que ha empezado a extinguirse su mundo. Sólo un poco, sólo simbólicamente. Pero ya ha empezado.

 

 

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La felicidad

Everybody Wants Some!! comienza donde acaba Boyhood, último y penúltimo largometrajes de Richard Linklater: en el momento de la incorporación a la universidad del joven protagonista. Pero no se trata del mismo personaje, que crecía “en tiempo real” a través de nuestro presente, sino de un mastuerzo que llega al alma mater un día de agosto de 1980 para integrarse en el equipo oficial de béisbol de la institución y, subsidiariamente, seguir estudios superiores. Todo el film está concebido para transportarnos a esa época: a su estilo, su música, su ropa, su ambiente. Nada nuevo, pues los años setenta y ochenta están siendo ampliamente recreados en el cine americano reciente, de Zodiac a American Hustle pasando por Inherent Vice o Bernie, película esta última del propio Linklater.

Pero no se trata de ofrecernos una naturaleza muerta, un simple viaje nostálgico a un pasado pintoresco. Linklater recrea los inicios de los ochenta para adquirir una evidente distancia irónica desde la cual, una vez más, nos habla con sorprendente naturalidad y hondura de las contradicciones del espíritu americano, ingenuo y vicioso a la vez, biliosamente competitivo y hedonista. Y lo hace sobre la base de algo tan genuinamente estadounidense como es el béisbol, del que ya se ocupaba en Bad News Bears, otra de sus grandes realizaciones con falsa apariencia de sencillez.

Más que en una película americana de la época descrita, uno piensa en algo así como Plácido o El verdugo, filmes inclementes en los que el guionista Azcona y el realizador Berlanga retrataban la putrefacción moral de la España franquista desde un tono de recochineo que encerraba, en el fondo, también algo de empatía hacia sus personajes, un cariño melancólico hacia los parias de nuestra tierra. De hecho, Berlanga era citado expresamente por Alexander Payne a propósito de las fuentes de inspiración para su Nebraska, otro retrato mordaz de la América palurda.

Si Nebraska transcurre en las carreteras del Medio Oeste, Everybody Wants Some!! nos vuelve a llevar a Texas, patria chica de Linklater que ya ha ido siendo veladamente caricaturizada a lo largo de su filmografía (las ya citadas Bernie y Boyhood son elocuentes al respecto). Tanto Texas como los años ochenta son, en realidad, una especie de sinécdoque usada por Linklater para, insisto, hablarnos incisivamente de la americanidad. La pandilla de botarates que protagoniza la película nos recuerda también al atajo de paletos alcohólicos y encantadores que poblaba las películas de John Ford, especialmente sus wésterns. ¿Y no es Ford, al fin y al cabo, el gran cineasta sobre los claroscuros del mito de la frontera, del gran sueño americano?

De hecho, más que a los wésterns de Ford, el ambiente indolente y canalla de Everybody Wants Some!! es, salvando las distancias, parecido al de Donovan’s Reef porque transmite, ante todo, una sensación de intensa felicidad: felicidad de los personajes, felicidad del cineasta tras la cámara, felicidad de los espectadores que asistimos al espectáculo (que es también, huelga decirlo, una implacable burla a propósito de la ridiculez de la masculinidad y los ritos viriles). En pocas películas actuales se respira una vitalidad tan intensa, digna del cine de Truffaut, un espíritu que, como en el caso del añorado realizador francés, nos contagia un inextinguible enamoramiento por la vida y por el cine. Desde esa falsa sencillez, desde esa naturalidad luminosa, cada nuevo film de Linklater confirma que estamos ante una de las personalidades esenciales del cine americano de hoy.