Recuerdos del porvenir

Nunca se me ocurriría usar el cine para dar lecciones de historia, al menos de la manera en que lo hacen muchos profesores de instituto. Tratar, por ejemplo, la Edad Media proyectando The Adventures of Robin Hood (Michael Curtiz, William Keighley), por más que se trate de una película fabulosa, es una insensatez. Y, si alguien piensa que el cine se ha vuelto más realista con el tiempo, se equivoca a todas luces: la versión de Ridley Scott (Robin Hood, 2010) no sólo está igual de apegada a su propio tiempo que la de 1938 sino que, además, es un tostón. Recuerdo, por otra parte, a un historiador elogiando con entusiasmo la fidelidad de La Passion Béatrice (Bertrand Tavernier, 1987) al espíritu medieval; incluso un relativo logro en ese sentido me parece tan raro como poco relevante desde un punto de vista didáctico. Tampoco el problema reside en el hecho de referirse a épocas muy distanciadas de nuestro presente, pues una película como Dunkirk es también un producto del cine de su tiempo (2017) mucho más que el relato de un episodio de la II Guerra Mundial.

Leí en algún sitio que ya Homero, al describir la guerra en la Ilíada, se refería en realidad a la manera de luchar y al tipo de armamento de su propio tiempo, el siglo VIII A.C., y no a la época atávica y legendaria de la guerra de Troya. Por lo tanto, no se trata de un problema nuevo ni exclusivo del cine. Y, de hecho, tampoco se trata de un problema: las obras hablan de aquí y ahora, es decir, de su aquí y ahora, y no creo que eso sea en absoluto empobrecedor. Además, no se trata tanto del tiempo y la nacionalidad del autor como del aquí y ahora del cine. Como mejor nos informa un film sobre su tiempo es mostrándonos el lugar que ocupa en el país del cinematógrafo. Es decir, cómo resuelve su puesta en escena teniendo en cuenta cómo se ha filmado hasta entonces.

Claude Lanzmann nos ha dejado esta semana a los 92 años. Su cine reviste la particularidad de girar en torno a una obra central, como si todo se organizase alrededor de ese centro de gravedad: Shoah no es sólo una serie fundamental y uno de los materiales más importantes que presumiblemente se han filmado sobre el exterminio en los campos nazis, sino también un documento que sí, en este caso sí, sería de mucho provecho en una hipotética sesión para jóvenes alumnos de historia.

Lanzmann nos muestra una infinitud de entrevistas en Shoah. Nos enfrenta a los rostros de quienes recuerdan y relatan la experiencia de los campos de exterminio. Y, en algún caso, también el rostro de quien no quiere evocar nada. A la vez, recorre él mismo múltiples escenarios de los hechos sobre los que trata el film. Nos muestra el valor del fuera de campo, de lo no mostrado. Y nos acerca también al valor cinematográfico -es decir, moral- de los rostros y los espacios. No se trata de una obra perfecta, ni de un cineasta perfecto, ni de un ciudadano perfecto, pero Shoah debería ser mostrada a nuestros estudiantes, al menos fragmentariamente, acompañada de una reflexión sobre el poder testimonial de las imágenes y sobre el significado del cine documental. Porque, de esa manera, se alcanza una mayor comprensión de nuestro malhadado siglo XX, que pesa como una losa sobre el presente y el futuro.

 

 

Anuncios

Europa en retirada y todo tan banal

Uno va a ver Dunkirk y le provoca la misma sensación que todas las películas de Christopher Nolan desde hace mucho tiempo: hay cosas apreciables y otras que son un plomazo.

Empecemos por lo interesante. Sobre todo en el primer tramo del film, Nolan nos devuelve a la experiencia de ver la filmación de las masas. Haya truco digital o no -ni lo sé, ni me importa-, las imágenes de los soldados británicos apelotonados en las playas de Dunquerque retoman un cierto aliento del cine de Eisenstein. Nolan filma sin duda con virtuosismo y, entre los mejores hallazgos visuales de la película, se encuentran esas formas abstractas dibujadas sobre el paisaje por las masas de hombres, de cascos, de uniformes. Y algo de ese virtuosismo queda demostrado también en unas escenas de combate aéreo estimulantes, diáfanas, duelos entre aviones de la RAF y la Luftwaffe filmados de manera entendible y rítmica, usando con habilidad el punto de vista del piloto.

Menos convincente resulta el recurso constante del montaje paralelo y la dislocación de la acción en, digamos, flashbacks y flashforwards constantes. Ésa es la arquitectura misma de la narración y el mecanismo de Nolan para crear suspense, tensión, estrés, la manera de alcanzar ese estado característico de su cine que resulta por igual trepidante y apabullante, una forma interesante de abstraer la acción pero también un exceso cansino y fatuo. Quizás en esa ambigüedad encontraremos el defecto que hace banales sus películas: Nolan se da tanta importancia, barniza sus filmes con tamaña solemnidad, que acaba poniéndose a sí mismo en cuestión. En Dunkirk, esa solemnidad en la puesta en escena acaba contagiando a sus personajes, cada vez más esquemáticos, desdibujados y patrioteros. Curiosa paradoja: al hacer invisible al enemigo durante todo el metraje -no se pronuncia la palabra “alemán” ni una sola vez, no les vemos el rostro ni oímos su voz-, son los británicos los únicos que lucen en Dunkirk un nacionalismo fanático y militarista. Al no citar al fascismo, los antifascistas no parecen serlo.

Ese espíritu voluntarioso, artificial y más bien facha hacia el que se desliza la historia desentona con la atmósfera de caos y hundimiento que transmite el film y que es otro de sus aspectos más apreciables. Nolan refleja el terror de verse envuelto en una retirada desordenada y confusa, el instinto del “sálvese quien pueda” en una situación en que el heroísmo está fuera de lugar pues la esperanza ha sido aniquilada por la artillería enemiga. Ese sentimiento de desamparo ante la catástrofe es el vínculo sentimental de Dunkirk con nuestro presente. Sería muy retorcido concluir que la película nos habla del Reino Unido del Brexit pero sí podemos entrever un reflejo indirecto y sutil de nuestra catástrofe actual, que no es otra que la descomposición de la democracia en Occidente ante la impotencia y la incredulidad de todos nosotros. El ambiente de Dunquerque en retirada es nuestro mundo de hoy, y uno acaba preguntándose si está viendo un film no histórico o premonitorio.

Y para acabar: estos días, la Filmoteca de Barcelona está proyectando películas de John Ford y Howard Hawks. Merece la pena comparar el paisaje humano y la puesta en escena de los filmes de aventuras y los westerns de los dos clásicos norteamericanos con Dunkirk, que podría considerarse una lejana descendiente de aquel cine. Para no extendernos, digamos que hay reminiscencias interesantes pero también una manera algo empobrecedora de volver a la épica. Curiosamente, de Hawks/Ford a Nolan, lo que se pierde por el camino es modernidad.