Los días que nos quedan

Un tipo curioso, Volker Schlöndorff. Sus películas nos llegan con irregularidad y como una completa incógnita. Diplomatie me pareció un desastre; Return to Montauk, en cambio, nos recibe con una calidez desacostumbrada, como un cine que siempre ha estado ahí y resulta acogedor volver a él. Schlöndorff nunca ha pretendido ser un rupturista sino más bien un atento observador y, si acaso, renovador de formas clásicas con las que estamos familiarizados. Lo suyo son las adaptaciones literarias, y de gran empaque si es menester: ha llevado a la pantalla Un amour de Swann y su film tal vez más conocido sea Die Blechtrommel, según la novela de Grass. La historia europea contemporánea es también una parte de su terreno de cultivo, y su filmografía ofrece en conjunto un relato más atractivo y honesto de los antecedentes, el desarrollo y las consecuencias de la II Guerra Mundial que lo que nos ofrece algún profeta autoerigido de Cincinnati tan rico en dólares como pobre en prudencia. Schlöndorff, en suma, como un Zweig de finales del XX y principios del XXI, nos habla siempre del mundo de ayer, y lo hace con una curiosidad contagiosa.

Return to Montauk, sin ser uno de esos filmes que nos habla en grandes términos (grandes temas, grandes historias, grandes escenografías), nos acerca a grandes cuestiones. Pero, primero, nos sitúa desde su primer plano en el territorio schlöndorffiano: un novelista presenta su último libro en Nueva York y habla de su padre y del bagaje intelectual con el que creció. Lo que sigue es sencillo, conocido, casi tópico: se reencuentra con personajes de su pasado, revive un amor de juventud, se cuestiona su recorrido vital…

La trama guarda una remota similitud con la de Before Sunset, segundo episodio de los amores de Céline y Jesse que nos ha relatado Richard Linklater. El cineasta de Austin comparte algunas características con Schlöndorff: no son unos exquisitos de la puesta en escena sino unos extraordinarios contadores de historias que comparten con nosotros sus gustos literarios y cinematográficos, amén de las huellas dejadas por sus propias biografías. Por eso su cine alcanza una cálida verdad que nos llega fácilmente a los espectadores. No hace falta más, parecen decirnos.

Return to Montauk es un bello film sobre lo que perdimos y lo que somos, sobre lo que nos llega a todos de nuestro pasado como las olas que insisten e insisten en lamer la orilla sin adentrarse en la tierra, sobre esa melancolía que sentiremos siempre por los caminos que no tomamos en su momento y permanecerán como incógnitas todos los días que nos quedan. Hay en esta película muchas cosas que reconocemos de cuanto hemos leído, visto y vivido, y ningún subrayado o nota fuera de lugar las estropea; el cinematógrafo es también una conquista constante de esas reverberaciones, que nadie piense que estamos ante un largometraje simplemente “clásico”, porque no es del todo así. Return to Montauk no será un film glorioso que marque una época o encabece rankings de ningún tipo; pero, ¿para qué más?

 

 

Bebop

A propósito de Before Midnight y la trilogía de Richard Linklater, decíamos que el cine es la historia de una pareja que se pasea, charla, se pelea… Jacques Doillon nos recuerda también que el cine es una pareja en pantalla, dos cuerpos moviéndose el uno alrededor del otro. Tal vez, el famoso plano de The Quiet Man en que John Wayne agarra de un brazo a Maureen O’Hara y la atrae hacía sí para abrazarla y besarla podría ser un buen punto de partida para Mes séances de lutte, un film sobre un hombre y una mujer que se entrelazan y se revuelven violentamente en el encuadre.

Por comparación con Before Sunrise / Sunset / Midnight, lo que hace Doillon está más cerca del bebop: una libre improvisación en la que la melodía se descompone; en este caso, el movimiento de la pareja se desdibuja, paradójicamente, buscándose a sí mismo de nuevo. Un camino lógico del cine hacia un tipo de abstracción, como lo es también el interminable paseo de la trilogía de Linklater: otro tipo de abstracción, radicalmente distinto, pero que, en conclusión, también nos lleva a un reencuentro.

Todo en Mes séances de lutte indica que los personajes se mueven hacia el pasado: hacia esa noche en que estuvieron a punto de tener relaciones carnales pero finalmente no las consumaron, hacia la presencia del padre recién fallecido, hacia la herencia de la que se habla todo el tiempo. Avanzar es volver. Y volver es doloroso. No hay un camino plácido hacia el reencuentro con el tiempo perdido. Hay que agredirse, batallar, dejarse el físico por el camino. Retomar el movimiento de Wayne y O’Hara en el film de John Ford y radicalizarlo, extenuarlo. Y, al final, se llega siempre a la verdad del amor: Mes séances de lutte acaba, como todos los filmes, con dos personas enamoradas una de la otra. La abstracción, en fin, no nos aleja del cine, sino que nos devuelve a su esencia por el camino de quienes hemos llegado ya al futuro.

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Qué curioso, por cierto, que ese retorno doloroso sea también el asunto final de Mad Max: Fury Road. De hecho, podemos emparentar la película de George Miller con las de Linklater porque también consiste en extenuar las formas de lo clásico: el último Mad Max es una sucesión de persecuciones como las de sus predecesoras pero alargadas hasta lo absurdo, exageradas en todos sus aspectos, como si no quedara más que correr adelante con un impulso inextinguible. Y, al final de la escapada, los personajes no encontrarán otro paraíso perdido más que aquél del que partieron al principio. No podrán huir del dolor sino enfrentarse a él. Miller también abstrae su cine y lo lleva de nuevo a la esencia de lo que siempre fue.


Elogio del cine hablado

En cierta medida, la historia del cine es la historia de una pareja que camina, charla, se pelea… Algo que hemos visto tantas y tantas veces pero siempre vuelve a engancharnos. Richard Linklater, una rara avis del cine americano, filmó hace veinte años Before Sunrise (1993), historia de amor entre una francesa (Julie Delpy) y un estadounidense (Ethan Hawke) de unos veinte años cada uno que nos muestra sólo largas conversaciones y paseos. Una década más tarde, retomó a los personajes y a los dos actores que los encarnaron (entonces convertidos también en coguionistas) y rodó Before Sunset (2004), la historia de su reencuentro en París a los treinta años siguiendo el mismo estilo. Ahora, en Before Midnight (2013)[i], vemos a la pareja a los cuarenta años, padres ya de dos niñas, pasando un verano en el Peloponeso invitados por un amigo griego de Hawke que es, como él, escritor. Estamos ante un paisaje humano y unos temas muy parecidos a los de This is Forty (2012, Judd Apatow). Y, de nuevo, el film no consiste más que en una serie de prolongadas conversaciones entre sus protagonistas intercaladas por una sola secuencia de grupo que, de hecho, también nos relata en una charla distendida entre ellos, su anfitrión y otros amigos.

Esa pasión por la palabra es ya un sobrado motivo para considerar a Linklater, como decíamos, un extraño en el cine norteamericano. Before Midnight, como sus predecesoras, nos devuelve el placer de la sencillez, de algo tan aparentemente simple como observar a unos seres humanos moviéndose y disertando. Esa hechura emparenta a la trilogía de Linklater con el cine de Abbas Kiarostami, cuya situación más común consistes precisamente en un par de personas charlando y, a menudo, a bordo de un coche que vaga por la carretera o la ciudad (la segunda secuencia de Before Midnight parece sacada directamente de una película del cineasta iraní).

Es, en particular, Copie conforme (Copia certificada, 2010) la película de Kiarostami que más me recuerda a Before Midnight: también trata de una pareja que deambula por un país extranjero, bajo un espléndido sol mediterráneo, diseccionando los claroscuros de su historia de amor y pasando del apasionamiento a los más duros reproches y viceversa. Y hay en ambas películas sendas referencias, más o menos explícitas, a la misma película, Viaggio in Italia (Te querré siempre, 1954), obra fundamental de Roberto Rossellini. Linklater y Kiarostami son cinéfilos por encima de cualquier otra consideración, y tanto Before Midnight como Copie conforme son, además de bellísimos filmes sobre parejas de edad madura en crisis, paseos melancólicos por el paisaje del cine, por esas mil imágenes de amantes que charlan y se enamoran y se separan y se reconcilian y etc.

Por eso, Before Midnight no sólo me recuerda a Kiarostami, sino también a La notte (1961) de Antonioni, a Two for the Road (Dos en la carretera, 1967, Stanley Donen) y a las tormentosas parejas de las películas de John Cassavetes. Y cómo no pensar también en Eric Rohmer o Philippe Garrel, cineastas franceses que han construido todos o casi todos sus films sobre la base de gente que conversa interminablemente, sobre todo parejas en distintas fases del amor. Subyace en la película de Linklater un rico poso cinéfilo, la nutrida cultura de alguien que ha leído muchísimo y que ha devorado el cine europeo; definitivamente, es el menos americano de los cineastas americanos. Además, podemos deducir que Linklater, como si fuera un novelista, se retrata total o parcialmente en el protagonista masculino. Y no con autocomplacencia.

En suma, la aparente sencillez de Before Midnight se revela falsa por completo, pues sus plácidas imágenes están recorridas por una íntima reflexión sobre el cine y su poderosa relación con la vida. Puede que Linklater no sea un virtuoso de la técnica cinematográfica a lo Scorsese y la película tiene sus defectos, por supuesto; pero, por su sinceridad, por su hondura, por su elegancia y por su calidez, Before Midnight es profundamente conmovedora desde la primera secuencia, un diálogo memorable entre el protagonista y su hijo adolescente de una relación anterior cerrado por un indeleble primer plano del padre, hasta la última, que nos hace de nuevo evocar otros finales protagonizados por parejas con inciertas perspectivas, de Hiroshima, mon amour (Resnais) a L’avventura (de nuevo Antonioni). Nada que ver, en fin, con las innumerables naderías y cursiladas sobre amor y desamor que han poblado siempre el cine comercial.

Felizmente, los tres episodios de la saga han fluido con naturalidad a lo largo de tres décadas. Espero ya con emoción un hipotético cuarto episodio, quizás dentro de otros diez años, para seguir la maduración del cineasta, de sus personajes y de sus actores/coguionistas. Y, cómo no, también la mía como espectador.


[i]  Quiero hacer notar el absurdo embrollo que provoca el título español de la tercera: Before Sunrise fue Antes del amanecer, Before Sunset fue Antes del atardecer y Before Midight es, incomprensiblemente, Antes del anochecer. A ver quién es el guapo que distingue la segunda de la tercera dentro de unos meses…