Pierre Menard en el siglo XXI

De repente, es pertinente hablar de una película mala. Muy mala, de hecho. Danny Boyle sigue empeñado en perpetrar, con una eficacia innegable, los filmes más feos, contrahechos y horteras de nuestro tiempo. En Yesterday, no obstante, conviven dos películas: un típico pestiño de Boyle (un sentido infame de la puesta en escena, una narración insulsa y plúmbea, un entusiasta abrazo del feísmo, un tópico detrás de otro, un poso cultural y cinematográfico nulo…) y una extraña e interesante revisión de la historia de Pierre Menard, autor de El Quijote, ese personaje de Jorge Luis Borges que no plagiaba ni imitaba la obra de Cervantes sino que lograba escribirla él mismo, por sus propios medios, llegando a un resultado idéntico al del manco de Lepanto.

El protagonista de Yesterday se despierta, tras un accidente, en un mundo en el que toda la obra de The Beatles ha sido borrada de la faz de la tierra y nadie conoce sus canciones. Tampoco hay cigarrillos, Coca-Cola, Harry Potter ni Orgullo y prejuicio, pero él es músico y decide explotar la oportunidad de presentar los temas del cuarteto de Liverpool como si fueran propios y convertirse en el más exitoso músico contemporáneo. El concepto es sencillo y la película funciona mejor en los momentos en los que lo desarrolla, como cuando el protagonista explora en internet para cerciorarse de lo que sigue existiendo y lo que no (memorable la idea de borrar también la existencia de Oasis por tratarse de herederos espurios de los Beatles).

Si aislamos esos avatares del protagonista, obviando su muy esclerótica historia de amor y otros personajes y eventos secundarios francamente tediosos, nos encontramos ante la doble angustia de un hombre que sufre por faltar a la verdad suplantando a los maestros que compusieron todas esas canciones y que padece la soledad de quien ha quedado como el único y solitario depositario de una memoria preciosa que forma parte del capital humanístico de nuestra cultura. Su encuentro –I spoil– con las otras dos personas que recuerdan a los Beatles y su excursión hasta la casa de un John Lennon que ha llegado a viejo y nunca ha sido músico no son momentos bien resueltos pero nos recuerdan indirectamente que el cine, a su manera, ejerce también de depositario de una sensibilidad, de una cultura e incluso de una verdad -moral, emotiva, estética- que el presente está borrando.

Por eso, la mediocre Yesterday deja entrever en cierto modo el grito de desesperación del cinematógrafo, que trata de no ahogarse en el fango de la postverdad y las redes sociales, en la fealdad fragmentaria y hueca que domina lo que debería ser una cultura audiovisual de nuestro tiempo. No pasemos por alto que el éxito del joven imitador de los Beatles empieza en un concierto en Moscú, interpretando Back in the USSR ante un público entregado y, luego, A Day in the Life junto a una pared en la que están dibujados Yuri Gagarin y la hoz y el martillo. Nuestro tiempo es el tiempo de la desmemoria y no sólo se está extraviando una riqueza cultural y estética sino también un valioso humus ideológico.

No me malinterpreten, sé que el balance final de la revolución soviética es descorazonador: incluso asumiendo que los mandarines del sistema han explotado, exagerado y mitificado ese fracaso desde hace décadas, el resultado es tristísimo. Pero la cuestión es que, junto a la enmienda a la experiencia del llamado socialismo real, nos han obligado a asumir también la muerte de toda esperanza, la idea de que, como en el desierto de Mad Max, no hay nada más allá de las arenas del capitalismo real, muy real, y no se puede construir nada fuera de un determinado sistema de valores que ya nadie pone realmente en entredicho. Por eso, aunque nos tachen de carrozas, hay que reivindicar una parte del poso ideológico el siglo XX: la idea de la revolución, el sentido del cambio, el amor por el futuro. Y, junto a ello, cien años de cultura cinematográfica, y una forma de hacer y sentir la música que los Beatles representan. Yesterday, efectivamente: el mundo de ayer. Ante el avance del horror y la fascistización, siempre queda el suicidio, como hizo Stefan Zweig, pero los hijos del siglo XX (y lo somos todos los vivos, aunque no lo parezca), si somos coherentes con nuestra propia cultura, sabemos que quien pelea no está muerto.

 

 

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