La vitalidad de un género

White Boy Rick, de Yann Demange, transcurre en Detroit y podría ser una suerte de continuación del film de Kathryn Bigelow: su Detroit transcurre en 1967 y la historia de White Boy Rick arranca en 1984, en una zona de la ciudad que podría ser la misma, unos años después, castigada por años de abandono y por los estigmas. Pero la nueva película de Demange retoma más bien el paisaje humano de ’71, a pesar de las diferencias del contexto: aunque la Irlanda del Norte de los troubles no parece tener mucho que ver con la ciudad de Michigan en los ochenta, el cineasta dibuja en ambos casos el retrato de unos barrios empobrecidos, un tejido urbano rasgado por la presencia de bandas armadas, un mundo sin honradez en el que los crímenes son notorios pero no se condenan y todo quisque desconfía de la inquietante presencia de las fuerzas del orden, que resultan ser el cuerpo más corrupto y peligroso de todo el entramado social.

Esa estructura familiar turbia y poco fiable inmiscuida en mercadeos ilegales, lo mismo que esos policías totalmente análogos a los hampones con los que tratan, nos hace pensar en otro cineasta cuyos thrillers se encuentran entre lo más significativo del cine de los últimos años, esto es, David Michôd, el director de Animal Kingdom (y de The Rover, donde se respira un mismo clima moral pero en un futuro cercano y muy parecido al de las películas de Mad Max). La familia de Animal Kingdom procura funcionar como un clan mafioso al estilo italoamericano pero es un nido de desconfianzas y deslealtades; por el contrario, la familia protagonista de White Boy Rick busca, a pesar de las rencillas entre sus miembros y de los avatares que la acechan, una vía de recomposición, como en los bellísimos thrillers de James Gray (Little Odessa, The Yards o We Own the Night), cuyo paisaje físico y humano guarda también ciertas similitudes con las películas de Demange.

Si, a los ejemplos citados, añadimos el de la cochambrosa familia de Killer Joe (William Friedkin) o el ambiente de los de los filmes de los hermanos Safdie (Heaven Knows What, Good Time), los de Jeremy Saulnier (Blue Ruin, Green Room, Hold the Dark) y el de Killing Them Softly (Andrew Dominik), podemos inferir que hay una sólida tendencia en el cine de nuestro tiempo. El thriller hoy vuelve y vuelve con insistencia a un paisaje que le es propio: un cierto entorno de rateros y traficantes desaliñados, a menudo durante los años setenta y ochenta, es el lugar desde el que el cine quiere explicarnos de nuevo el relato de los desheredados del sistema. De hecho, el thriller es el género por antonomasia del cine americano -o a la americana- actual; y, jugando un papel análogo al que históricamente ha desempeñado el western, refleja con viveza los abismos de una sociedad podrida y una democracia descompuesta en las que el sueño americano se revela por fin como pesadilla. Hay algo entre el realismo y la fábula en todos esos filmes que se acentúa en White Boy Rick, una película imperfecta pero vibrante y cálida, y una muestra elocuente de la vitalidad de un género que persiste a la vez que se renueva.

***

La ciudad de Detroit es también el escenario de Only Lovers Left Alive, la película de Jim Jarmusch que, aun estando tan lejos de ellas, podría ser un epílogo de la historia que componen los filmes de Bigelow y Demange, treinta años más tarde. Después del thriller, quedan los muertos vivientes, vampiros que habitan la noche y salvaguardan una herencia cultural entre las ruinas de la ciudad que fue el cine americano.

 

 

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