El día en que Harriet Andersson me interpeló

Pour Aïda, la fille du 14 juillet

El 14 de julio de este año se cumple el 229º aniversario de la toma de la Bastilla, sin duda un episodio digno de ser conmemorado por todos los parias de la tierra, pero quizás este 2018 valdría la pena que nos fijáramos también en otra efeméride más redonda, el centenario del día en que Ingmar Bergman (1918-2007) vino al mundo. Tuvo el cineasta de Uppsala cierta fama de pesado y sesudo entre cierta cinefilia pero, hoy en día, parece predominar ampliamente el reconocimiento a quien fue un realizador crucial en unas décadas cruciales para el cinematógrafo. Por eso, no es de la importancia o el significado de su cine de lo que querría hablar sino más bien de mi experiencia personal con él, pues Bergman apareció en el momento más indicado y de la mejor manera posible en la educación sentimental del arriba firmante.

Todo es más intenso durante la adolescencia y la primera juventud, y yo pasé unos años en los que no sólo empecé a ver mucho cine, con una curiosidad voraz por conocer la obra de los grandes cineastas, sino que sufría sucesivos y decisivos impactos a medida que descubría las películas de Ozu, Bresson, Dreyer y tantos otros. En ese momento, alrededor de los 18 años, seguí por televisión, de semana en semana, un ciclo dedicado a algunos de los títulos más significativos de Bergman. Aquellos filmes me impresionaron sobremanera. Recuerdo quedar francamente abrumado tras ver por primera vez Smultronstället (o Fresas salvajes), Nattvardsgästerna (o Los comulgantes) o Viskningar och rop (o Gritos y susurros), entre otras. Y, por algún motivo, me dejó una huella especialmente honda Sommaren med Monika (o Un verano con Mónica), película con la que sigo sintiendo un vínculo íntimo especial.

Todo en el film me cautivó: los tiempos muertos, esa bellísima fotografía en blanco y negro, la manera de filmar el archipiélago de Estocolmo, la hondura con la que Bergman transmitía tanto la felicidad y la indolencia como el sufrimiento y la depresión, el ritmo interno de los planos, la complejidad que podía entrañar una historia tan sencilla, el paso de la inocencia a la amargura… Y, sin haber leído nada aún acerca del famoso primer plano en el que una Monika ya descreída y apartada de la vida virtuosa dirige su mirada a la cámara durante unos segundos, ese momento me impactó hasta el punto de pasarme días y días pensando en el significado de esa sola imagen.

Ése fue tal vez el instante preciso en el que, interpelado directamente por los ojos de Harriet Andersson, accedí a la conciencia de la pulsión hacia la modernidad que sacude constantemente los cimientos del cine. Bergman era dramaturgo además de (o más que) cineasta y la mirada a cámara de Monika no puede ser un gesto más teatral: romper la cuarta pared y dirigirse al público, ¿cómo si no violentar la linealidad interna de la ficción, la manera clásica de hacer y de ver cine? Quizás ya lo había entendido antes pero, ante ese plano, la idea se manifestó ante mí con una claridad nueva e indeleble. Por eso, más de veinte años después, cuando veo una película tras otra, sigo de alguna manera buscando en cada plano los ojos de Monika comunicándose conmigo desde el interior de la imagen.

 

 

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