La conquista del Este

Ha llegado esta semana a las salas comerciales Western, película de Valeska Grisebach cuyo título no puede ser más ilustrativo sobre su estilo y sus intenciones. El film nos relata las cuitas de un grupo de obreros alemanes que trabajan en la construcción de una instalación hidráulica en Bulgaria, acampados cerca de un tranquilo pueblecito. Todo gira en torno a cómo se acercan los altivos alemanes, llenos de prejuicios, a los habitantes del pueblo, gente menos recelosa que ellos y de buena voluntad. El protagonista es un free rider que aparece y, por su cuenta y riesgo, decide mezclarse con los búlgaros hasta entablar amistad. Su antagonista es el jefe de obra, un mequetrefe que se propasa con una joven del pueblo al primer contacto con los autóctonos y mantiene todo el tiempo una actitud netamente colonialista.

Lo que Grisebach nos dice en el título de su película se confirma a cada plano. Estamos ante un western contemporáneo, un western europeo, un western a la vez puro y extraño donde no faltan los elementos icónicos del género -el pueblo, los bandos enfrentados, la lucha por los recursos, el héroe solitario, el villano mezquino, una suerte de saloon, incluso jinetes y caballos- pero los observamos con distancia, es decir, con la conciencia de estar viendo una historia de hoy filtrada a través de un western o viceversa, un western filtrado a través de una historia de hoy.

Maren Ade produce la película y algo hay en común, efectivamente, entre su Toni Erdmann y Western. Ambos filmes tienen el acierto de hablarnos de la Europa de hoy orillando ese tipo de cine social discursivo y resbaladizo, las dichosas películas “de tema” que tanto impacientan al arriba firmante. Ade y Grisebach prefieren reflejar el estado de las cosas explicándonos el reencuentro entre un padre y una hija en medio de la glaciación emocional del capitalismo del siglo XXI y las aventuras de un lacónico obrero corajudo que retoma la figura de Ethan Edwards ahí donde la dejó John Ford, como si lo viéramos reaparecer en la Europa actual tras desvanecerse fuera de campo en el plano final de The Searchers hace sesenta años. Y qué significativo, dicho sea de paso, que ambas cineastas nos relaten historias de alemanes expandiendo su actividad laboral en Europa oriental.

Ethan Edwards, decíamos: fijémonos en cómo Grisebach recupera, estudia y pone en cuestión la figura del héroe surgida del género que da título al largometraje. Me gusta especialmente cómo acaba el film, esa fiesta final en la que se juntan todos los personajes y nuestro protagonista constata que las cosas son más complejas de lo que había supuesto: que los habitantes locales tienen sus propios códigos a los que él no ha accedido todavía, que su heroísmo es en definitiva cuestionable, que un western de nuestros días no puede ser un relato cerrado, concluyente. Es bello y eficaz recuperar los géneros ahora pero no para momificarlos sino para confrontarlos con las metamorfosis de la modernidad que han acontecido durante todo este tiempo, desde los clásicos de Ford hasta hoy, y dar así con nuevos interrogantes en lugar de intentar forzar un tipo de relato sobre el cine y sobre nosotros mismos que ya no es posible a estas alturas de la película. Creo que Western, por cierto, habría sido del agrado del añorado Rainer Werner Fassbinder.

 

 

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