La Venus del espejo

D’après une histoire vraie no parte de una historia real. En cierto sentido, tampoco parte de la novela homónima de Delphine de Vigan que adapta, ni del guion que Roman Polanski ha escrito junto con Olivier Assayas. En realidad, parte de todo el cine anterior de Polanski, sedimentado bajo sus imágenes, bajo sus personajes y sus diálogos, bajo sus acordes musicales y sus escenarios.

Porque D’après une histoire vraie empieza en un París que podría ser el de Frantic y acaba en una casa rural que podría ser la de Death and the Maiden; nos relata una historia de enclaustramiento y enajenación como la de Repulsion, y una historia de relación posesiva y mutuamente destructiva como la de Bitter Moon; y, sobre todo, resulta casi un cruce perfecto entre dos de las últimas y más interesantes películas del cineasta, The Ghost Writer y La Vénus à la fourrure.

Por eso, aunque la película suponga un compendio de todos los ingredientes del cine de Polanski, centrémonos en lo que tiene en común con las dos últimas citadas. En The Ghost Writer, La Vénus à la fourrure y D’après une histoire vraie, escritores y dramaturgos se enfrentan a seres que les devuelven su reflejo como espejos perfectos, o tal vez como el retrato de Dorian Gray que resguarda la imagen de cuanto hay de oscuro en el interior del afamado ser social, en el reverso del ser visible.

Quizás el aspecto más atrayente de Polanski es su absoluta falta de piedad por todo, especialmente por sí mismo y por el hecho creativo. Por eso cultiva en sus últimas películas la figura del doble monstruoso, esa falsa otredad que aguarda en el seno del individuo. Polanski arroja una visión insuperablemente ácida sobre los vericuetos de la creación; y, más allá de la entidad singular de cada uno de sus filmes, el conjunto de su obra constituye un amplio y enrevesado cul-de-sac, una trampa irresoluble, una broma irritantemente inteligente. En ese sentido, Polanski recuerda cada vez más al Orson Welles de F for Fake.

Precisamente en F for Fake, durante su poderoso tramo final, tiene una presencia crucial la pareja del cineasta, Oja Kodar, interpretando un papel de ficción que en el fondo transparenta su condición de musa, su papel real en la vida y la obra de Welles. En D’après une histoire vraie, pasa algo parecido con la figura de Emmanuelle Seigner. Si Mathieu Amalric ejercía de doble de Polanski en La Vénus à la fourrure y se hallaba ante una actriz que le devolvía su reflejo, en la que nos ocupa es la musa, Seigner, la que comparece en primer término y halla a su doble insidioso en la otra protagonista de la película. Las imágenes de Polanski se ponen en cuestión en su propio seno, se fiscalizan a sí mismas mediante un juego desquiciante que genera un suspense tenso e incómodo, una sensación más desestabilizadora que el suspense común de un thriller al uso.

De hecho, en la obra de Polanski, el cine es siempre un thriller, un film de suspense; pero se trata de otro tipo de suspense, de un juego inquieto y autorreferencial. Polanski se ha adentrado como pocos cineastas en uno de los territorios más frondosos de la modernidad, esto es, ese desquiciamiento que rompe la lógica narrativa y semántica del film, ese irritarse y reírse de sí mismo, ese explicitar el desasosiego en lugar de buscar un relato circular, una ficción cerrada. A la manera, también, del Paul Schrader de First Reformed: la vía de la enajenación resulta una vía de libertad para las imágenes de nuestro tiempo.

 

 

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