Sísifo en La Ciotat

Qué buena sensación, recuperar el interés por un cineasta que lo había ido perdiendo en sus últimas películas: después de apreciar con especial agrado Ressources humaines y L’Emploi du temps, Laurent Cantet se fue volviendo un cineasta más rutinario y previsible para el arriba firmante: Vers le sud y Entre les murs eran encomiables pero modestas, Foxfire era más bien inane y la teatralidad, el maniqueísmo y la torpeza de Retour à Ithaque la hacían definitivamente tediosa. En cambio, ahora, L’Atelier, aun sin ser una gran película, deviene un logro muy notable.

La anécdota es bien sencilla: una escritora dirige un taller de escritura para adolescentes en La Ciotat, localidad de las Bocas del Ródano asociada para siempre a los orígenes del cine por la famosa L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat de los hermanos Lumière. En ese enclave mediterráneo que evoca el descubrimiento primitivo del lenguaje cinematográfico, los chicos del taller de escritura y su instructora parecen querer redescubrir no sólo la escritura sino la creación misma, la germinación de la ficción, de los mitos, del relato de nosotros mismos. Cantet especula sobre las inquietudes y la manera de entender el mundo de esos jóvenes, como si buscara con ellos un lenguaje fílmico adecuado para las nuevas generaciones. Es un juego arriesgado en el que fácilmente se puede caer en los estereotipos y simplificaciones, pero la película lo evita con cierto buen gusto. Dicho de otra manera: lo que podría ser un ejercicio manipulador y epatante de cine pretendidamente social o generacional -a la manera de, pongamos, la catastrófica Historias del Kronen– resulta ser algo mucho más fino y complejo.

Surgen, sí, tensiones ideológicas entre ese grupo de adolescentes que reúne a chicos de origen magrebí con galos de blancura inmaculada. Pero Cantet decide centrarse en algo más interesante, esto es, en el miembro más reprobable de la pandilla: el adolescente solitario que se siente atraído por la violencia y acaricia el proyecto de hacer carrera militar, un tímido sensible a las ideas de un politicastro de extrema derecha -el Front National no es nombrado explícitamente pero lo identificamos sin problemas- y miembro de un círculo de amigos racistas que pasa las noches de borrachera haciendo prácticas de tiro con una pistola y fantaseando con matar a inmigrantes paupérrimos. Él, Antoine, es quien más interesa a Cantet, pues representa la figura paradigmática del adolescente desorientado y le sirve para hablarnos con más riqueza de matices sobre cómo está brotando ese nuevo fascismo sin nombre ni forma determinada en la Francia y en la Europa de hoy.

El film comienza con las imágenes de un videojuego: un caballero medieval que cabalga solitario por un paisaje montañoso y descabalga para observar el paisaje y hacer ejercicios con su espada. Podemos adivinar más adelante que es Antoine quien está jugando y quien se identifica con ese easy rider que va a la suya, alejado de la sociedad y llamado a hacer algo especial. La película avanza y le vemos dar muestras de narcisismo -rinde culto a su cuerpo, expone sus ideas con intolerante superioridad- y de problemas de relación con los demás. Y, por fin, al final del metraje (I spoil), afronta las consecuencias morales de su visión de las cosas y se sitúa al borde del asesinato y del suicidio. Pero no procede: experimenta la banalidad de jugar con la vida sin motivo y, si no llega a una verdadera catarsis, al menos se sosiega parcialmente.

L’Atelier, pues, nos sorprende al hacer que su joven protagonista se convierta en un personaje cercano al extranjero de Albert Camus: en el texto que lee finalmente para despedirse de la escritora y sus compañeros, Antoine, que tiene verdadera madera de escritor, llega al vacío existencial de L’Étranger y a la noción del absurdo de Le Mythe de Sisyphe. Y Cantet no nos da, obviamente, una propuesta “completa” de interpretación de la juventud de hoy ni de la deriva de las sociedades occidentales, pero hace una valiosa aportación al hacer comparecer, conscientemente o no, a Camus y su pensamiento en un film como el que nos ocupa. Lejos, en fin, del huero discurseo del peor cine social -curioso, por cierto, que el guion de L’Atelier esté firmado por Cantet y por Robin Campillo, el director de la aburridísima 120 battements par minute-, resulta mucho más provechoso experimentar un cine sensible a los conceptos del absurdo y del existencialismo en nuestro presente, en este nuevo mayo francés de difícil comprensión y sombríos presagios.

 

 

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