En el tren de Clint Eastwood

Confieso un cierto placer morboso al disfrutar de la película imperfecta de un cineasta importante, un film que previsiblemente poca gente va a defender, como es el caso de The 15:17 to Paris, lo último de Clint Eastwood. Es sin duda uno de sus largometrajes más rudimentarios, y es a todas luces menos fino, complejo y delicado que la mayoría -¿todos?- de los que nos ha dejado desde que, a partir de los noventa, intensificó su producción y sus ambiciones, convirtiéndose en una suerte de Oliveira americano que ha realizado la mayoría y lo mejor de su cine a partir de los sesenta años. No obstante, The 15:17 to Paris retoma las principales características y preocupaciones del cine de Eastwood, por lo que representa malgré tout un reencuentro con mucho de lo que ha convertido al octogenario californiano en uno de los cineastas capitales de nuestro tiempo.

Ante todo, está la figura del héroe y sus debilidades y claroscuros, tema obsesivo en la obra de Eastwood. The 15:17 to Paris es casi un cruce entre sus dos largometrajes anteriores, American Sniper y Sully. Incluso puede sumarse algo de Hereafter al recuento por cierta insistencia en la idea del destino al que nos conducen el azar y nuestras decisiones. Los muchachotes de The 15:17 to Paris son más esquemáticos que el francotirador, el piloto de avión o el tímido amante de Dickens que protagonizan esos filmes, pero son genuinamente eastwoodianos.

Y la película pierde fuelle claramente en ese largo tramo que emplea en explicarnos el viaje de los protagonistas, que se desarrolla en el más banal de los estilos de turismo gringo en Europa (me encanta, por cierto, que la caracterización del guiri gañán americano incluya el detalle de una camiseta del Barça que uno de los chicos luce durante un par de escenas). Pero, dentro de la lógica interna del cine de Eastwood, quizás esas secuencias tienen que ser necesariamente así; o puede que todo el film en su conjunto tenga que ser como es.

En contrapartida, veamos cómo es la secuencia final, el clímax que nos relata el episodio real de la intervención providencial de esos tres estadounidenses en un tren Ámsterdam-París para neutralizar a un terrorista armado hasta los dientes. Como en la recreación del amerizaje en Sully, la acción es descrita sin música incidental de fondo, con una economía de medios y un sentido del ritmo poco habitual en la mayoría de los thrillers americanos de hoy. Todo lo que había resultado algo pobre hasta entonces -la puesta en escena, los personajes, la vida interior del film- deviene secamente conciso, rítmico, interesantísimo. Y, a fin de cuentas, construir toda una película para conducirnos a una secuencia capital que cifra todo su valor no es una práctica cinematográfica menor.

El cine de Eastwood, además, nos brinda una visión sobre los valores de la nación americana a la que conviene prestar atención. Un curioso punto de vista, el de Eastwood: irremediablemente conservador y, a la vez, crítico y desencantado a su manera, muy a su manera. Los momentos en que retrata con acritud la educación cristiana en el corazón de la América actual o la extraña y angustiante escena de los niños fascinados por un aparatoso arsenal de armas de juguete brindan a la película de un inesperado tono ambiguo. El cine de Eastwood escribe un relato personalísimo de la experiencia americana que mezcla un orgullo infantil con una ansia por destapar las mentiras y contradicciones de su armazón.

Con esto, The 15:17 to Paris no resulta una gran película, ni mucho menos, pero sí un film estimulante que no desmerece la obra de su autor, al contrario. Y uno no deja de sentir admiración por ese tipo de cineastas que filman sin remilgos, sin la necesidad de erigir una obra maestra cada vez que acometen un proyecto sino con el placer de cultivar un terreno propio.

 

 

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