Persistencia del western

En Blue Ruin (Jeremy Saulnier, 2013) y en Cold in July (Jim Mickle, 2014), dos de los thrillers americanos más sorprendentes y estimulantes de los últimos años, los protagonistas actúan motivados por una ancestral sed de venganza. Rencillas y agravios familiares arrastrados desde tiempo atrás llevan a oficiar fatídicos ritos de sangre a personajes que, a la vez, son outsiders situados en los márgenes de la sociedad estadounidense y representantes de algo esencial del espíritu americano. En ambos filmes, el thriller deriva hacia una forma de western tangencial, inesperado: la trama desemboca en un tiroteo en el que se ejecuta una justicia salvaje y autogestionada, una venganza amarga que en parte se vuelve contra los propios vengadores; y acontece finalmente una mezcla de catarsis y condena cuyo balance es inevitablemente ambiguo. La violencia no ejerce un papel purificador sino que acababa imponiendo su ecuánime crueldad contra todo y contra todos.

Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, el tercer largometraje de Martin McDonagh, pude verse como una variación respecto a Blue Ruin y Cold in July. O, más bien, una desviación. El móvil de la protagonista, Mildred, es de nuevo la sed de justicia tras una crimen cometido contra su familia -su hija ha sido violada y asesinada meses atrás y la policía local no ha sido capaz de atrapar al culpable-, una obsesión que le lleva a rebelarse contra toda la comunidad sin el menor atisbo de temor y a asumir el rol de outsider atorrante que irrumpe insultando en la comisaría, echa de su casa al pastor del pueblo con malos modos o devuelve los golpes con furia redoblada a dentistas y adolecentes rencorosos.

Mildred salvaguarda un cierto resquicio de dignidad frente a los miembros de la policía local, seres absorbidos por la burocracia, los prejuicios y la molicie. No obstante, nuestra protagonista no es un dechado de integridad sino que se desliza progresivamente hacia una noción fanática de la justicia parecida a la de Blue Ruin y Cold in July. Por su parte, Dixon, el xenófobo y ultraviolento policía que empieza presentándose ante nosotros como su némesis, acaba empatizando con su causa, asumiendo un sentido de la justicia parcialmente noble y cargando a sus espaldas el legado de la venganza.

Algo que hace singular y cautivador al film es su capacidad para dar quiebros casi a cada secuencia, movimientos que frustran el rumbo de la trama hasta ese momento y la alejan de su resolución. Three Billboards… es un thriller que no arranca, que se resiste a desarrollarse; de hecho –I’m spoiling-, el relato de una venganza sangrienta que podría haberla emparentado con las películas de Saulnier y Mickle se inicia en la última secuencia y se interrumpe dejándonos con la duda de si será consumada o no. En contrapartida, emerge una vez más el espíritu del western. Los espacios y los personajes nos retrotraen al paisaje físico y humano del género, y uno tiene la sensación de que, en cualquier momento, va a comparecer William Munny cual ángel de la venganza. Pero no es el espectro del unforgiven de Clint Eastwood sino los protagonistas Dixon y Midred los que hacen estallar una violencia incómoda, realmente dolorosa, en dos secuencias irónicas, bruscas, impactantes, dos momentos punteados por sendos temas musicales a todo volumen, a la manera del Scorsese de Goodfellas o Casino.

La aparición de la violencia en Seven Psychopaths, la anterior película de MacDonagh, y en Three Billboards… tiene un tono ambiguo e inquietante; digamos que no ocurre así como así, sino que duele moralmente. Es un enfoque muy personal en el que conviven un humor retorcido y una íntima repulsa, como si el cineasta quisiera evitar una infravaloración de la violencia. Por eso, no estamos exactamente en el terreno del western sino en el del antiwestern de los sesenta y setenta, en ese tipo de film distanciado y cínico propio de los años de Sam Peckinpah y Arthur Penn.

Ese tono descreído y desmitificador, esos personajes imperfectos y equívocos, esa frustración permanente de lo que sería el desarrollo convencional de la trama policiaca o ese final no sólo abierto sino indefinido en términos éticos acaban cimentando un film calculadamente inestable, una forma de cine abierto, interrogador, basado en la idea de una constante desviación. Ni Seven Psychopaths ni Three Billboards… son obras redondas pero representan una apuesta valiente por buscar nuevos extravíos más allá de los géneros y expresan la voz de un cineasta que no se conforma con lo acomodaticio. Devienen, a la vez, una forma de hablar entre líneas del inquietante clima moral y de la honda desorientación de la América de hoy, un país hipotecado por las bajas pasiones, por los odios y prejuicios, por un venenoso culto a la violencia. Y uno piensa que, ya a mediados de la era Obama, otro rotundo thriller anterior a los comentados, Killing Them Softly (Andrew Dominik, 2012), venía avisándonos de la callada fascistización en la que se han ido instalando los Estados Unidos paulatinamente. “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos”.

 

 

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2 respuestas a “Persistencia del western

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