Blue Train

En una significativa escena de Detroit, los ocupantes de una estancia, compañeros inesperados e involuntarios de un extraño instante de la noche maldita en que se desarrolla la mayor parte de la trama, se debaten entre escuchar un disco de John Coltrane o seguir por televisión las noticias sobre los disturbios que se están produciendo afuera, en las calles de la ciudad. Ese momento describe la oscilación de la película entre dos formas diferentes: la abstracción que representa la hipnotizante improvisación de Coltrane o el apego a la realidad y a lo prosaico. Por una parte, convulsas secuencias de violencia descontrolada, escenas que tratan de desbordar la narración convencional de las peleas y las persecuciones para convertirse en formas desestabilizadas, pinceladas histéricas sobre el lienzo de la pantalla. Por la otra, secuencias que surgen de una vocación semidocumental por recrear hechos históricos y armar un relato inteligible, una narración cinematográfica a la manera del Hollywood de siempre.

Las dos “almas” de la película confirman a Kathryn Bigelow como una cineasta particularmente dotada para filmar el estrés. En sus tres últimos largometrajes –The Hurt Locker, Zero Dark Thirty y la que nos ocupa-, la realizadora alcanza los mejores momentos de su cine y expresa el significado profundo de lo que nos quiere transmitir en esas escenas que describen el estrés aciago, más allá de lo soportable, que sufren sus personajes. Volviendo a Detroit, quizás por eso su mejor parte se sitúa al principio del metraje, en ese arranque avasallador en el que la pantalla se convierte en una especie de tela de Pollock surcada por pedradas, porrazos, infelices corriendo y neones en movimiento.

Las tres películas citadas no sólo suponen un enorme salto adelante respecto a la filmografía anterior de Bigelow sino que nos dejan la sensación de que se ha convertido en uno de los cineastas que sabe reflejar con más expresividad algo muy íntimo del espíritu de la América actual. Las tres tratan sobre las contradicciones insalvables de una nación que se ha autoerigido en guardián de la libertad y no hace más que ejercer la violencia con incontrolable imperfección, por decirlo suavemente. El imposible entendimiento con la población local de los militares que ocupan Irak en The Hurt Locker encuentra un reflejo perfecto en la radicalización enfermiza de esa policía desquiciada y racista que reprime los disturbios en el Detroit de 1967. Entre una y otra, Zero Dark Thirty nos habla de un Estado demente que, en su obsesión por cazar a Osama bin Laden, pierde la noción de la realidad.

Hemos vuelto a las ambigüedades de las figuras del agente de la ley y del criminal tan propias del cine americano de los años setenta. Parece lógico que Bigelow haya llegado finalmente a 1967, el año de Bonnie & Clyde, film de enorme significación que representa el inicio de un giro en el cine americano. Pero no se trata de un ejercicio de mímesis respecto a ese referente, pues hay algo en Detroit más oscuro, más desasosegante: ese primer tramo de la película supone la puesta en escena del incendio mismo de América, la caída definitiva en una fascistización que socava por fin los cimientos de una democracia largamente extraviada. A fin de cuentas, Detroit nos habla de un simbólico punto de arranque del proceso de putrefacción que se consolida hoy en día: Bigelow nos deja, con su película, la primera imagen precisa y aterradora sobre los Estados Unidos de Donald Trump.

Toda Detroit está filmada cámara en mano, lo mismo que The Hurt Locker. Bigelow ha encontrado en esa técnica un recurso ineludible para transmitir ese intenso estrés. Sus secuencias de violencia son rítmicas y agobiantes, hermosas y entendibles. No es la directora que mejor filma en el cine americano actual; uno piensa, por ejemplo, en tipos como David Fincher o Michael Mann, que no necesitan recurrir a la cámara en mano para llegar a una harmonía y una trepidación equivalentes o superiores. Pero Bigelow, aun con las imperfecciones de su estilo y las irregularidades de sus películas, ha sabido encontrar un ocasional acento jazzístico y se ha convertido, con Detroit, en uno de esos cineastas capaces de armar un gran relato americano, el tipo de cine mayúsculo que siempre ha sido el producto más logrado y más valioso de Hollywood.

 

 

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