El castillo de Lynch

“Is it future or is it past?”, le pregunta el inquietante manco de la logia negra al agente Dale Cooper. Esa pregunta condensa la esencia misma del regreso a Twin Peaks de David Lynch, que es a la vez una continuación y una nueva inmersión en el misterio sin dimensiones de la serie que seguimos entre 1990 y 1991. Sin dimensiones definidas, esto es, una estancia sin paredes: las famosas cortinas rojas de la logia negra, elemento emblemático de la serie, son la perfecta materialización del espíritu de Twin Peaks y de todo el cine de Lynch. Pues, si tiene tanto interés esta tercera temporada, no es tanto por continuar la trama una serie de televisión como por mostrarnos una nueva cara del poliedro que representa la obra lynchiana en su conjunto.

La América de Twin Peaks es como la Francia de Ma Loute, una caricatura grotesca poblada de policías ineptos y civiles desequilibrados (de hecho, algo remotamente lynchiano hay en el cine de Bruno Dumont). Y la logia negra es Das Schloss, el castillo kafkiano, un no lugar donde parecen encauzarse los acontecimientos pero nunca acaba siendo así en realidad: lo que ocurre es más bien que cada misterio convoca otro misterio, más profundo quizás, un interrogante nuevo y desconcertante a cada paso. Kafka no acabó su novela, cosa que tal vez preserva con involuntaria coherencia su carácter desestabilizador y extraño. Tampoco creo que Twin Peaks tenga un inicio y un final verdaderos, pues su secreto no ha sido concebido para ser revelado sino para reproducirse a través de infinitas estancias flanqueadas por cortinas rojas.

Twin Peaks deviene un tratado lynchiano sobre cómo el realizador de Montana arma su cine sin caer en dobleces tranquilizadoras. El misterio y lo fantástico son los alientos inextinguibles e irrenunciables que mantienen vivas las imágenes de su cine porque renuevan nuestro desconcierto y nuestra sed indagatoria. Por eso sentimos que estamos ante la esencia misma de su obra cuando asistimos a sus tramos más oníricos y crípticos: la primera parte de Lost Highway, la última de Mulholland Drive, todo Inland Empire, todo Rabbits, o los extravíos del agente Cooper por el otro lado del espejo. A su manera, la serie nos ofrece una explicación sobre cómo Lynch nos ha conducido por su particular sendero hacia un nuevo rostro de la modernidad cinematográfica.

Pero, retomando la pregunta del manco, ¿esta tercera parte es un tránsito hacia el pasado o hacia el futuro? La nueva Twin Peaks está barnizada de nostalgia, una nostalgia muy consciente que nos lleva al reencuentro con los personajes de la serie de hace 25 años, a recorrer los viejos espacios con la misma sensación de quien acaricia un mueble del que se había separado muchos años atrás. Más aún: Twin Peaks es un regreso a Blue Velvet, a Wild at Heart, un reencuentro de Lynch con su propio cine veinte, treinta, cuarenta años después. La modernidad también es eso, un movimiento inexplicable en términos físicos que nos proyecta hacia el pasado y hacia el futuro a la vez. Y el cinematógrafo, aun en su era digital, es una caja mágica en la que se materializa ese movimiento, como esa caja de cristal en un edificio de Nueva York en la que se convoca a Dale Cooper, o tal vez a Bob, o tal vez a nosotros, espectadores generadores del misterio, que vemos nuestra mirada devuelta por el dispositivo inextricable de Lynch: somos nosotros el verdadero Doppelgänger de Twin Peaks, nosotros los que, sentados en nuestras butacas frente a la pantalla, habitamos todos el no espacio de Inland Empire.

 

 

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