Entre la belleza y la inercia

“Qualität für Genießer”, reza un cartel que me hace mucha gracia y que veo cotidianamente junto a la puerta de un bar de mi barrio, en Barcelona: “calidad para sibaritas”, dice, sobre la fotografía de un untoso rollo de carne de shawarma. ¿Por qué esos chicos han puesto un letrero en alemán en pleno Ensanche? La semana pasada, vi ese mismo cartel en la entrada de otro bar; está claro que se los dan al adquirir algún producto o artilugio y ellos los colocan en la puerta para indicar que expenden shawarmas, sin atender a sutilezas como el idioma del texto.

Los cronistas de Caimán. Cuadernos de cine que han cubierto el festival de Cannes alertan, en el número de junio, sobre la tendencia a realizar, seleccionar y premiar películas que reflejan unos ciertos estándares convencionales de calidad. “Un cine que (…) opta por refugiarse en las viejas certezas del guion, de los conceptos apriorísticos y del subrayado estilístico más propio del viejo cine de qualité que de las liberadoras conquistas de la modernidad cinematográfica”, dice Carlos F. Heredero en el editorial (pág. 5).

La cuestión es que esa acomodación en un sello de calidad preestablecido es un prurito transversal que puede darse en todas las regiones del cine. Por eso tengo algunas prevenciones acerca de dos filmes relativamente parecidos entre sí -y harto notables, a pesar de mis prevenciones- que llegan este mes a los cines: Estiu 1993 (Carla Simón) y Júlia ist (Elena Martín). Ambas comparten un estilo naturalista de puesta en escena, una narración impecablemente construida y un apego a la larga corriente que confía sobre todo en el valor cinematográfico del rostro humano filmando en primer plano. Son películas bellas y representan conquistas apreciables en el panorama circundante.

¿Cuál es el pero? Fijémonos en el asunto de los filmes. Estiu 1993 nos habla de la huella de una madre desaparecida, de los avatares de una infancia marcada por una cicatriz interior, de la temprana dificultad de encontrar un equilibrio en las propias emociones y en las relaciones con los demás. Por su parte, Júlia ist nos permite acompañar a la protagonista epónima durante su estancia en Berlín. A la manera de un personaje de Jim Jarmusch, Júlia se expresa primero con dificultad en la lengua local y sufre problemas de adaptación; pero luego se desenvuelve y hace buenas las Palabras para Julia de Goytisolo: “La vida es bella, ya verás / como a pesar de los pesares / tendrás amigos, tendrás amor, / tendrás amigos”.

El individuo descolocado, el no saber qué hacer, el ineluctable sentimiento de extranjería, la dificultad de estar en este mundo y con esta humanidad que nos rodea, el vacío dejado por los ausentes… Simón y Martín inciden en cuestiones que han sido un fértil campo de cultivo para muchos cineastas que han contribuido durante los últimos lustros a las “liberadoras conquistas de la modernidad cinematográfica”, por usar los mismos términos que Heredero. ¿No es por eso, precisamente, que Estiu 1993 y Júlia ist dejan un regusto a cierta acomodación, aunque sus referentes sean los más nobles? ¿No habrá fermentado, en el seno mismo del cine de autor más encomiable, una rutina interna, unos temas y estilos en los que apoyarse con fastidiosa facilidad? Por eso me gustan tanto cineastas como el tándem formado por Isa Campo e Isaki Lacuesta, que muestran una autoexigencia y un inconformismo insobornables que hacen que su filmografía roce lo desconcertante. Por eso, también, considero superior una película muy parecida a las que nos ocupan pero que resulta más desestabilizadora: Les amigues de l’Àgata, protagonizada justamente por Elena Martín.

Sea como sea, Estiu 1993 y Júlia ist son dos remarcables debuts en el largometraje y, si de verdad reflejan un tipo de inercia en nuestro cine de autor, es indudable también que se trata de una inercia más saludable y estimulante que la de otros realizadores empecinados en acuñar un cine a la industrial, productos de signo conservador, incierta gloria y acento impersonal. Qualität für Genießer.

 

 

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