Esencia y abstracción del suspense

Con 11 minut, de Jerzy Skolimowski (que vimos hace unos días en un ciclo sobre cine polaco actual de la filmoteca de Barcelona), uno recupera cierta sensación parecida a la que producían los mejores filmes de Atom Egoyan, particularmente The Adjuster: ese cine fragmentario y misterioso que hace intuir al espectador algún tipo de unidad sin que logre establecerla hasta bien avanzado el metraje, o tal vez nunca. Es también, de alguna manera, lo mismo a lo que juega Diamond Flash, aunque Carlos Vermut me resulta algo relamido y puntilloso en su primer largomentraje -no así en el segundo, para mi gusto- mientras que Skolimowski deja una sensación más espontánea. Su film no es tan perfecto pero transmite un nervio audaz, desacomplejado y pegadizo. Más cerca de los malabarismos, los retruécanos y la osadía del cine de Brian de Palma o el de Johnnie To, a veces tan cansino y a veces tan interesante.

Eso es 11 minut: un generoso manojo de subtramas que sólo al final se relacionan entre sí por estricto y riguroso azar y dejando algún cabo suelto que salvaguarda el misterio más allá del desenlace. Skolimowski fragmenta la trama y, de hecho, los mecanismos del thriller para dar con una forma cinematográfica diferente. No se puede negar la vitalidad y la flexibilidad que muestra el género en las mil variaciones del cine de nuestro tiempo, metamorfosis que tienden al mismo tiempo hacia lo esencial y hacia la ruptura. En 11 minut, estamos ante la quintaesencia del suspense cinematográfico y, a la vez, frente a su más irreverente abstracción.

Skolimowski ha ensayado una forma de suspense impregnada de texturas y ritmos propios de la era de You Tube y las redes sociales, una cultura audiovisual abrumadoramente fragmentaria y dinámica (digamos que el clímax final de 11 minut podría ser la réplica digital al de The Man Who Knew Too Much; la de 1956, biensûr). Quizás es ése el aspecto de la narración audiovisual de nuestro tiempo. No obstante, algo permanece inalterable en nuestras ficciones: la atracción por el misterio, la tendencia hacia la fatalidad, el poso ineludible de tragedia. Tal vez, de todas las pequeñas historias que nos relata el film, la más importante sea la del cineasta aprovechado o directamente falso que se encuentra con la bella aspirante a actriz en una habitación de hotel. “Quiero un no”, le dice el tipo, mientras le va provocando para intentar que se violente, que se rebele, que se produzca un instante de extrañeza y de peligro. Puede que, en el fondo, algo así busquemos siempre cineastas y espectadores.

De hecho, el misterio se materializa en la película: es una mancha fortuita en la acuarela del artista y un punto en el cielo que permanece fuera de campo pero al que aluden algunos personajes, una señal de aviso que anticipa la llegada del ángel exterminador sobre la plaza de Varsovia en la que se desarrolla la mayor parte de la película y acontece su desenlace. 11 minut puede verse también como una meditación sobre la ciudad como espacio del suspense y de la fatalidad que conlleva un acercamiento abstracto y, por qué no, algo místico a la geografía del thriller. Dos señales más anticipan la tragedia: una paloma blanca que se estrella inopinadamente en el espejo de una estancia sorprendiendo a una pareja de amantes, y un avión que sobrevuela con gran estruendo la ciudad a una altura mínima, casi rozando los rascacielos. ¿Estamos ante un film que, entre líneas, nos habla también del impacto profundo que han tenido las imágenes del 11-S para todos nosotros, más allá del obvio trauma que provocaron en la nación estadounidense? La ciudad es, en el cine y en nuestro imaginario, ese caos en el que la belleza y la muerte nos aguardan constante e inadvertidamente detrás de cada esquina.

 

 

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