Sueño de una noche de verano

No dejamos de constatar cuántos cineastas de hoy realizan, en el seno de sus películas, un tránsito constante hacia el humus cultural que hay detrás de su cine (o del cine, si se prefiere). Porque el cinematógrafo supone un doble movimiento hacia el futuro y hacia el pasado que refleja el trajín que todos llevamos en la vida: de un amor a otro, de un proyecto a otro, huérfanos de certezas y expectantes ante lo que nos depara el camino.

Camila, la protagonista de Hermia & Helena (Matías Piñeiro), viaja hacia su padre, es decir, hacia su origen, sin que lo sospechemos hasta bien avanzado el metraje. Lo que parece no tener rumbo, de alguna manera sí lo tiene. Cuánto se parece Hermia & Helena a Frances Ha: como Greta Gerwig en la película de Noah Baumbach, Camila no hace más que idas y venidas a Nueva York en un estado de mudanza permanente, sin anclaje ni proyecto en la vida profesional ni en el amor.

Pero, además, Hermia & Helena incide especialmente en la dualidad, otro de los rasgos característicos del cine de nuestro tiempo: Buenos Aires y Nueva York, la Carmen que vuelve y la Camila que parte, la madre que ya no está y la sobrina que llega, la relación ya gastada y la que emerge, el texto literario de fondo y la película a la que asistimos… Precisamente, texto y film sólo conviven en los apartes oníricos de la película, esos sueños de Camila en los que sigue traduciendo A Midsummer Night Dream (las protagonista de la obra de Shakespeare, por cierto, dan título al film, que guarda ciertas concomitancias con la trama urdida por el bardo) o vive la carta de su amado Gregg transmutada en un cortometraje dentro de la película.

De esa bendita inestabilidad surge la hechura cinematográfica del film, que no pretende ser concluyente, brindar un relato cerrado o llegar a algún tipo de catarsis, moraleja o cierre del tipo que sea. Ese flujo natural del relato es, de nuevo, una estimulante tendencia presente en la obra de algunos de los cineastas más interesantes de hoy (un par de ejemplos evidentes: Olivier Assayas y su discípula aventajada Mia Hansen-Løve, puro cine energía). Si añadimos que películas anteriores de Piñeiro como Viola o La princesa de Francia comparten en buena medida las características que hemos comentado de Hermia & Helena, no podemos sino concluir que estamos ante un cineasta señero y representativo de nuestro tiempo. Y si sumamos el nombre de Piñeiro al de otros como Lisandro Alonso, Lucrecia Martel, Juan Schnitman o Milagros Mumenthaler, cineastas todos ellos adictos a la desestabilización de la narración, las rutinas y las significaciones facilonas, podemos también celebrar que, desde la República Argentina, nos estén llegando algunas de las vibraciones más harmoniosas del cine actual.

 

 

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