De Renoir a Demy

Al ver ahora La Bohème de King Vidor -en mi caso, desempolvando una edición en DVD inigualablemente pobre para endulzar un miércoles cualquiera-, un largometraje de 1926, uno halla similitudes inesperadas con La La Land, noventa años más reciente. Ignoro si Damien Chazelle, al escribir o al dirigir su película, tuvo en mente las Scènes de la vie de bohème de Henri Murger en las que se basa Vidor (como antes lo hicieron, huelga recordarlo, Giacomo Puccini y Aki Kaurismäki, entre otros), pero la historia de los amantes soñadores de La La Land recuerda bastante a la de Mimi y Rodolphe, modista y escritor en ciernes que comparten estrecheces e ilusiones, luego celos y reproches.

La Bohème y La La Land nos relatan sendas historias de amor obliteradas por la necesidad de salir adelante y el afán por el triunfo, dos crónicas de pobres amantes que sufren el dilema entre mantener una cierta integridad o venderse al sistema. Las películas, sin embargo, son inevitablemente diferentes. La de Vidor, filmada en la esplendorosa década de los veinte, respira una singular vitalidad y recrea el París del XIX como si tuviera especialmente en consideración la pintura europea del cambio de siglo: varias secuencias, sobre todo de exteriores, nos dan la sensación de estar viendo una tela de Pierre-Auguste Renoir animada. Por contraste, si pudiéramos ver ambas películas ignorando su datación (¿a la manera de, quizás, espectadores de un futuro lejano?), el poso cultural de La La Land nos indicaría inequívocamente que entre una y otra ha transcurrido todo el siglo del cine, cien años que separan una cierta actitud indagadora propia del cinematógrafo de los años de Vidor o Eisenstein de un periodo de relectura y comentario, de tributo y cuestionamiento, lo que es grosso modo el cine de este nuestro inicio del siglo XXI.

Me llama la atención la sonoridad de La Bohème, un film del periodo mudo que, a través de la puesta en escena, nos hace copartícipes de la música y las risotadas en las cuchipandas bohemias de Rodolphe y sus amigos, de la voz dulce de Mimi y de los sonidos de la naturaleza y de la calle. Los movimientos hablan en el film de Vidor, como si anunciaran la expresividad del género musical, al que se adscribe y rinde homenaje La La Land. Entre el ritmo interno de las imágenes de Vidor y el de las imágenes de Chazelle, a pesar de lo muy diferentes que son sus películas, hay quizás concomitancias inesperadas.

Por el contrario, el paisaje humano que rodea a los enamorados de La Bohème y La La Land es por completo desigual. En la de Vidor, observamos escenas de solidaridad y compañerismo entre desheredados, hay personajes ambiguos que guardan un poso de dignidad, nos sorprende con agrado una fina pincelada de feminismo y dos ricachones desalmados -mitad Macron, mitad Le Pen- ponen rostro a la explotación impía y la bajeza humana. En cambio, en el film de Chazelle, no hay más complicidad ni calidez que la establecida entre los dos amantes, que sólo se cruzan con sátrapas y lameculos en la ciudad de Los Ángeles actual. Aunque La Bohème esté ambientada en el París de la belle époque, entre uno y otro film podemos adivinar indirectamente cómo se ha ensombrecido la mirada que América arroja sobre sí misma desde los años veinte hasta ahora.

 

 

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