Las metamorfosis de Hong

En Colossal (Nacho Vigalondo), un film con inesperados destellos de inspiración que vimos en el último festival de Sitges, la protagonista tiene un cierto problema de incontinencia con el consumo de alcohol y cada mañana se despierta resacosa después de una elipsis en la que, además de pillar una buena merluza, ha hecho evolucionar la trama de manera accidental, involuntaria, hipnótica. Algo parecido le pasa a Minjung, protagonista de Dangsinjasingwa dangsinui geot (Lo tuyo y tú), de Hong Sang-soo, que también bebe demasiado y se ve condicionada por las consecuencias de sus andanzas nocturnas. Miente cuando está beoda para flirtear con desconocidos en una patética búsqueda etílica del amor ideal, y miente aún más cuando está sobria para desembarazarse de sus conquistas nocturnas y de su posesivo, quejoso e inquisitivo novio.

A la vez, la propia película, como en un ebrio viaje al fin de la noche, se extravía entre avances y retrocesos temporales, entre fantasías realizadas e irrealizadas, entre verdades y mentiras, entre el sueño y la vigilia; muy a la manera de Hong, cada vez más interesado en explicarnos una historia varias veces, o de diferentes maneras posibles, o con múltiples bifurcaciones. Toda Dangsinjasingwa… está recorrida por las sospechas, los fingimientos y las habladurías, tergiversaciones de la historia que nos ponen en guardia también ante las infinitas variaciones del propio film (mutaciones que se producen a veces en el seno de un solo plano, algo lógico en una película en la que en el que está proscrito el montaje por plano y contraplano). El cine de Hong huye del relato cerrado o, más bien, toma distancia respecto a él para observar a la humanidad desde un nuevo prisma.

En un momento determinado, Minjung deja sobre la mesa el libro que estaba leyendo para conversar con uno de sus admiradores y el espectador puede ver la cubierta. El arriba firmante no tiene la fortuna de poder leer en coreano y, por tanto, no es capaz de entender el título del libro; no obstante, la fotografía que ilustra esa cubierta es fácil de identificar, pues se trata de un inconfundible retrato de Franz Kafka. Es deducible que Hong halla algún tipo de afinidad con el autor de El castillo, es decir, que hay un cierto parentesco entre esos extravíos de su cine entre la realidad y la fabulación, y el onírico e inquietante surgimiento de lo fantástico en los textos de Kafka.

Si todo fue un sueño o no, nos lo podemos preguntar en Dangsinjasingwa… y en tantas otras películas de Hong; de hecho, su último largometraje parece comunicarse con los anteriores a través de pasadizos secretos. Quizás Hong haga siempre la misma película (mequetrefes que intentan conquistar a sus enamoradas, cineastas con ambiciones frustradas, equívocos en torno a la mesa de un restaurante y copiosas jarras de cerveza, maestros oportunistas y discípulos advenedizos…) pero cada vez es más perfecta. Con su connatural retranca y distanciamiento, el cineasta diserta a la vez sobre la quimera de la felicidad amorosa y sobre el sueño no menos imposible del relato límpido, esa transparencia que asociamos con el cine clásico, quizás de manera algo equivocada incluso en ese caso. Y, dicho sea de paso, el cine de Hong es cada vez más rohmeriano; cine que hace un arte de la idea de la variación y que deslíe el relato con los más sencillos mimbres y los más revolucionarios resultados.

 

 

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