La huella material del tiempo

Recuerdo cuánto me impactó -y cuánto me agradó- el momento de Vale Abraão en el que Luís Miguel Cintra, en un gesto de lo más inesperado, lanza un gato contra la cámara. En La idea de un lago, de Milagros Mumenthaler, es la protagonista quien, en el primero de los flashbacks que nos retrotraen a su niñez, rompe la cuarta pared acercándose al objetivo y empañándolo con su aliento. Nubla nuestra visión jugando pero, en realidad, arroja claridad sobre la película porque nos informa de la falsa compartimentación entre lo real y lo ficticio en el seno de sus imágenes.

Mumenthaler parte de un libro real –Pozo de aire, de Guadalupe Gaona- sobre los recuerdos reales de un padre real desaparecido realmente durante la dictadura argentina. Pero, a partir de ahí, construye una ficción en la que una joven se aferra al recuerdo de su padre desaparecido en 1977 mientras espera el nacimiento de su hijo a la vez que se separa de su pareja. Recuperar y alejarse de la figura paterna al mismo tiempo; transitar hacia el futuro y hacia el pasado en un mismo movimiento.

En La idea de un lago, todas las secuencias nos conducen del presente al pasado y viceversa. Los flashbacks pueden identificarse con recuerdos de la protagonista sin necesidad de enfatizar que se ha quedado pensativa rememorando sus veranos junto al lago; tampoco es necesario poner en escena una proyección de películas caseras para insertar secuencias que remedan filmaciones familiares de esas viejas escenas veraniegas. Simplemente, la película se compone de esos materiales; el cinematógrafo es una máquina del tiempo en la que conviven el pasado y el presente, lo real y lo onírico -hay dos bellos apartes en el film que nos sitúan en una dimensión de fantasía pura, natural, como pasaba en John From– para erigir un discurso diferente, un tiempo de nuevo tipo. A la manera de Zerkalo (El espejo), de Tarkovsky, otro film sobre recuerdos familiares entremezclados que halla su propia poética a medio camino entre lo ficticio y lo real.

El cine es, de hecho, la huella material del pasado, de los recuerdos, de lo desaparecido, y como tal se comporta en el film de Mumenthaler. Sólo un ejemplo: en un momento del film, la fotografía ampliada del rostro del padre es sucedida, por corte, por un primer plano del actor que interpreta a su hijo, es decir, el hermano de la protagonista. Para nuestros ojos, en ese momento, el parecido entre el padre y el hijo es palmario. Sin embargo, hasta donde sabe este cronista y por lo que sugieren los apellidos que figuran en el reparto, no hay parentesco real entre esas dos caras: es la verdad del cine la que se ha impuesto y nos ha acompañado en ese viaje en el tiempo, esa conexión entre nosotros y lo que ya desapareció. Y, por supuesto, no se trata de un engaño o de un truco sino de una forma cinematográfica de conciencia, algo que deberíamos tener en cuenta desde que la joven Inés empaña el objetivo de la cámara con su aliento tibio.

 

 

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