Contra la disolución del pasado

En la secuencia que, a modo de prólogo, abre Aquarius (Kleber Mendonça Filho), un flashback nos ofrece, sin más rodeos, la principal clave de la película. Un día de 1980, la tía de la protagonista está siendo felicitada por sus sobrinos nietos durante la celebración de su septuagésimo cumpleaños y, mientras escucha, observa de reojo un viejo mueble y recuerda sus antiguas andanzas sexuales en esa misma estancia, más de tres décadas atrás. El film evoca sus amores de juventud con cuatro insertos breves, mudos y socarrones, una rápida pincelada con la que el personaje adquiere una dignidad inesperada, una dimensión más verdadera.

A partir de ahí, la película nos habla sin cesar de la presencia física y espiritual del pasado. Así como el mueblecito contiene el testimonio mudo de la juventud de tía Lúcia, las canciones contienen la vida pasada de Clara, la protagonista. Escuchándolas y cantándolas –Aquarius recopila una encomiable ristra de temas de MPB: Maria Bethânia, Gilberto Gil, Alcione, Paulinho da Viola…-, así como mimando su colección de vinilos, Clara reafirma su identidad, los posos de tiempo pasado que componen su ser. La cicatriz dejada por la amputación de su pecho es también una huella material de su vida pasada. Y, cuando Clara va a llevar flores a la sepultura de su marido muerto, se cruza con dos enterradores que están vaciando una vieja tumba, sacando de la tierra sin miramientos los huesos de alguien ya olvidado.

El pasado, en fin, vive en cosas materiales e inmateriales, como la dedicatoria de un libro que uno de sus hijos tiene que mostrar a su hermana para zanjar una agria discusión familiar y retomar la senda del afecto. “Son aquellas pequeñas cosas”, como dice la canción de Serrat. Pero, en definitiva, se trata también y sobre todo del cine, ese tren de sombras que tiene que ver también con la presencia física del pasado, con su registro material. Las imágenes contienen el retorno de lo ya desaparecido.

Cuando el film se instala en el tiempo presente, la tía Lúcia ya lleva años fallecida y, por tanto, el mueblecito que le recordaba su antigua felicidad sexual ya no tiene ese significado para nadie. Pero Clara lo conserva en su casa como un recuerdo familiar que, en su caso, evoca sin duda otros momentos, o a la propia tía Lúcia. Tampoco los huesos que son exhumados frente a Clara significan ya nada para nadie, idea que parece pasar por la cabeza de la protagonista en el amargo plano que recoge su contacto visual con la escena de los sepultureros. La huella material de nuestra existencia se diluye también con el olvido y con las manos del hombre que derriban, remueven y apartan para dar paso al progreso del futuro, no siempre justo o deseable. La trama del film, por cierto, relata precisamente la lucha de Clara contra la empresa que ha comprado todas las viviendas de su inmueble y pretende adquirir también la suya para derribar el edificio y construir un complejo de apartamentos.

El progreso que destruye en contraposición a los vínculos intergeneracionales genuinos: los que unen a Clara con sus hijos, sobrinos y nietos, con sus amigas o con el socorrista con el que charla todas las mañanas (Aquarius atesora algunos rasgos en común, por cierto, con Toni Erdmann; son películas que distan de ser redondas pero asientan un tipo de cine intergeneracional emotivo pero sin estridencias, anticapitalista pero sin fernandoleonadas). Tiene también un peso significativo en la película la pervivencia del deseo, el apetito carnal que Clara retoma a ratos perdidos flirteando con hombres maduros o con jóvenes atractivos. Son momentos de dignificación, como lo es también el desenlace de la película, instantes que se oponen a la disolución impuesta por el paso del tiempo y del olvido. A la desaparición material del pasado contra la que el cine planta batalla desde sus orígenes.

 

 

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