El espíritu que une los fragmentos

“El realismo psicológico no es realismo”, decía Eugène Green en la Filmoteca de Barcelona el mes pasado, antes de una proyección de Le Monde vivant. El cine, para él, consiste más bien en “mostrar la realidad espiritual que se halla detrás de las cosas cotidianas”. Por eso, en sus películas, usa recursos teatrales para romper la espina dorsal del realismo. Pero, a la vez, Green se muestra firmemente partidario de “evitar el teatro filmado”.

Hablemos ahora de dos películas que nos habíamos dejado en el tintero, firmadas por dos cineastas opuestos entre sí en cuanto a estilo. François Ozon, a menudo, sublima el melodrama y lo recrea en su expresión más extrema, como para abordarlo con un distanciamiento que lo recicla y lo enmienda, le rinde tributo y lo pone en cuestión a la vez. En cambio, Jeff Nichols contiene el melodrama en Loving, lo reduce a su expresión más intimista, como si quisiera explicar lo que queda en el margen del relato, la vida común despojada de drama a pesar de los hechos trascendentales que golpean la historia de la pareja protagonista, una mujer negra y un hombre blanco que llevan hasta la Corte Suprema su lucha por vivir juntos contra las leyes segregacionistas de la Georgia de los años sesenta. La jugada maestra de Loving es lograr ese tono engañosamente apagado que nos permite acercarnos a los personajes con una mirada renovada, libre de las inercias y rutinas que caracterizan nuestra relación habitual con el cine de género. Y, junto con los largometrajes anteriores de Nichols –Take Shelter, Mud, Midnight Special, todas diferentes entre sí-, nos otorga una perspectiva original, incisiva e interrogadora sobre la América contemporánea.

De Ozon, hemos visto Frantz, libremente basado en Broken Lullaby (1932), a su vez un film prodigioso de Ernst Lubitsch sobre un pacifista francés que, tras haber combatido en la Primera Guerra Mundial, viaja a Alemania carcomido por los remordimientos. No es exactamente un remake sino una manera particular de recorrer de nuevo la obra de Lubitsch: en Frantz -cuyo paisaje físico y humano recuerda al de Heimat-, los personajes y los espectadores transitamos por un dolor revivido por los seres queridos que ya no están, por un pálido renacer de la ilusión y del amor, por los sentimientos olvidados de fraternidad… Pero al final queda, sobre todo, una ineluctable melancolía. El duelo permanente es un estado natural del cine de hoy; por eso, Frantz no puede evolucionar hacia una reparación o una catarsis sino hacia otro tipo de revelación relacionada con la aceptación de lo irreparable.

El caso es que tanto Loving como Frantz ejecutan, cada una a su manera, acercamientos oblicuos a las formas cinematográficas clásicas. Ozon y Nichols nos muestran la vitalidad del cine de hoy porque nos muestran la vitalidad de la modernidad, es decir, la persistente preocupación por dar con fórmulas que aporten algún tipo de nueva autenticidad, por hacer películas que no se ahoguen en las aguas estancas de lo convencional, perdiendo toda su capacidad expresiva. Y, tal vez, mostrar así esa “realidad espiritual que se halla detrás de las cosas cotidianas” de la que hablaba Green.

Precisamente, en Poétique du cinématographe, Green afirma: “Tratando de delimitar el mundo, el hombre actual, contrariamente a sus ancestros, sólo ve una serie de elementos aislados, puesto que el pensamiento dominante, nacido del racionalismo occidental, (…) niega todo principio unificador. El cinematógrafo, que no muestra más que fragmentos captados de la materia del mundo, puede hacer aparecer el espíritu que les une”[i]. Nada que añadir.

 

 

[i] “En cherchant à cerner le monde, l’homme actuel, contrairement à ses ancêtres, ne voit qu’une série d’éléments isolés, car la pensée dominante, née du rationalisme occidental, (…) nie tout principe unificateur. Le cinématographe, qui ne montre que des fragments captés dans la matière du monde, peut faire apparaître l’esprit qui les unit”. Green, Eugène: Poétique du cinématographe, Arles (Actes Sud), 2009, p. 37.

 

 

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