Jacqueline II de Baviera

En Jackie, de Pablo Larraín, la viuda de John F. Kennedy está obsesionada con el relato de su duelo en los medios de comunicación y con el recuerdo que quedará del legado de su marido y de sí misma. Se obsesiona hasta el punto de deformar descaradamente la verdad y mentir sin disimulo ante el periodista que le entrevista en lo que vendría a ser el presente diegético de la película, que se compone a partir de ahí a base de constantes flashbacks, a la manera de Citizen Kane y tantas otras. Es inevitable, así, pensar en el actual inquilino de la Casa Blanca, un tipo también obsesionado con su imagen pública y adicto a la mentira que difunde patrañas con campechana desfachatez en ruedas de prensa y redes sociales.

Cuando estrenaron Signs a mediados de 2002, el paralelismo entre el film y el estado de paranoia en el que se había instalado Estados Unidos tras el 11-S era tan evidente que recuerdo a algún cinéfilo discutiendo, contrariado hasta la ira, que M. Night Shyamalan no podía haber hecho ya una película sobre los atentados de 2001 porque no había pasado tiempo suficiente. El despiste de cierta cinefilia consiste precisamente en pensar siempre en términos alegóricos: si el cine se parece a la realidad, no es porque todo sean metáforas, sino por otros motivos más sutiles.

Anastasia Bakogianni, profesora de la Universidad de Massey (Nueva Zelanda), impartió una charla el 15 de febrero pasado, en la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona, sobre los ecos de la cultura de la antigua Grecia en el cine de Theo Angelopoulos. Bakogianni explicó, entre otras muchas cosas, que no se trata de que haya una profusión de referencias en sus películas sino que éstas se nutren de un denso humus cultural que subyace en la manera de exponer la aventura humana propia de Angelopoulos o, tal vez, propia de toda narración, o de todo el cinematógrafo. Un ejemplo citado por Bakogianni: la huella remota de las exequias de Pátroclo o Aquiles puede estar detrás de secuencias de Trilogia: To livadi pou dakryzei (A.K.A. Eleni)… O de, por qué no, Jackie, cuyo asunto central acaba siendo el empecinamiento de la primera dama en hacer que el funeral del presidente esté a la altura de su sentido artúrico del mito, por no decir de su vanidad.

Pero no vayamos tan lejos. El cine americano nos viene hablando desde sus orígenes de las turbulencias del mito nacional, de la -si se me permite el eufemismo- ambigua relación con la verdad de la memoria colectiva del pueblo estadounidense. Por eso, encontramos y encontraremos siempre reverberaciones de la realidad en las películas. Y Jackie, además, nos habla de una figura atormentada por el control del relato de la historia, como si contuviera en sí misma un comentario sobre cómo penetra en las imágenes esa mala conciencia que acosa a una nación sabedora de que se cimenta sobre mentiras y medias verdades.

Dicho sea de paso: no es casual que, en el cine americano, resulte tan recurrente la figura del periodista que interroga a los protagonistas de la historia. No sólo es una manera fácil de establecer un presente narrativo desde el cual construir la trama mediante analepsis, sino también la elección de un punto de vista que refleja una determinada relación con la verdad, una actitud indagatoria. Por otra parte, recordemos que el asesinato de Kennedy dio pie a otro film, JFK, construido sobre la averiguación histérica de una verdad oculta, sospechada. En la película de Oliver Stone, el protagonista era un fiscal; y el abogado, defensor o acusador, es otra de las figuras recurrentes de las que parten los relatos de indagaciones en el cine americano.

Jackie es una continuación lógica a la filmografía de Larraín, cineasta atento en las anteriores No y Neruda a cómo se construyen los discursos, los relatos y las figuras que los protagonizan. Y es también una inteligente penetración en el cine de Hollywood que demuestra que, en el fondo, el cine es uno, carece de compartimentos y no entiende de fronteras ni de industrias.

De hecho, Jackie comparte con Neruda un cierto tono ambiguamente solemne, un tipo de decadentismo cinematográfico que nos retrotrae al cine de Visconti -a Ludwig, particularmente-. Las portentosas imágenes de Jackie transmiten una fúnebre monumentalidad, como si todo el film fuera un gran mausoleo del mito americano y de su traslación cinematográfica. Larraín no nos habla (sólo) de Jacqueline Kennedy, del atentado de Dallas o del siglo XX, sino que permite que se cuele entre líneas una interrogación sobre cómo, a su vez, se cuela entre líneas la verdad, o la búsqueda desesperada de ella, en el seno del cinematógrafo. Y ésa es la cuestión, como decía Hamlet trastornado, precisamente, por un doloroso magnicidio.

(Y, por cierto: aunque el showman septuagenario sea más grotesco que sus predecesores, ¿de veras nos sorprende AHORA que la Casa Blanca propague sin remilgos la mentira?)

 

 

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