Cada uno y sus razones

Manchester by the Sea supone un feliz reencuentro con un cineasta maldito, Kenneth Lonergan, figura imprescindible del cine americano actual que ha resultado parca y huidiza. El caso es que Lonergan se vio embarcado en un interminable litigio a propósito del montaje final de Margaret, una película rodada en 2005 que acabó siendo exhibida seis años después en malas condiciones y que, si no me equivoco, nunca ha sido estrenada ni distribuida en España a pesar de ser un film capital. Por eso, el regreso del cineasta con su nuevo largometraje tiene un cierto regusto a reparación moral.

Manchester by the Sea tiene un tono parecido al de Margaret y un paisaje humano también similar, formado por esa gente corriente con problemas corrientes que a menudo echamos en falta en el cine americano. Y, de nuevo como en Margaret, por decirlo renoirianamente, tout le monde a ses raisons: cada uno tiene sus motivos, no hay héroes ni villanos, y todos viven presos de las implicaciones morales de sus actos, de sus debilidades e imperfecciones. Es decir, como somos realmente las personas. Manchester by the Sea nos habla de la gestión cotidiana de la culpa y del dolor; de alguna manera, es la misma película que Margaret pero con una historia diferente y con diferentes derivaciones.

En realidad, esa historia que nos cuenta podría ser la de cualquiera de esas películas que Hollywood produce como rosquillas sobre superación personal y triunfo de los sentimientos nobles. No obstante, Manchester by the Sea no podría estar más lejos de ese modelo. Lonergan nos ofrece una lección magistral sobre la importancia del tono, de los pequeños detalles. La delicadeza con la que está filmado cada gesto es la substancia misma del film, una delicadeza que se hace notar especialmente en la gestión de los tiempos, en la duración densa y real de cuanto vemos. Como en el cine de Ozu, Manchester by the Sea es un film que respira junto con sus personajes.

El protagonista, Lee, sintetiza aquello de lo que el film nos habla, que es esa descorazonadora sensación de no saber estar en el mundo, esa brusca torpeza de quien lleva mal la relación con los demás. La película capta con gran finura un sentimiento específico, auténtico y preciso que muchos reconoceremos sin problema. Y concluye de la única manera posible, que es sin una conclusión verdadera. No hay una redención, una catarsis ni nada por el estilo porque, como en la realidad que nos aguarda a la salida del cine, la vida fluye, y los problemas y el dolor mutan en lugar de desaparecer. Manchester by the Sea, uno de esos filmes en los que no pasa gran cosa pero la condición humana es observada entera y hondamente, es también el reencuentro con una manera prodigiosa de hacer que la vida se cuele por las rendijas de las imágenes, con un arte que sólo ha estado en manos de algunos cineastas privilegiados.

 

 

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