El espectro viene a vernos

Hay pocas experiencias más gustosas que ver una película de Olivier Assayas. Son como un mecanismo perfecto: una puesta en escena impecable, un control exquisito de todo cuanto expresa cada imagen… Y no hay una exposición simple del asunto del film sino un flujo sinuoso, elegante, cautivador. Puro cine energía.

En Personal Shopper, Assayas vuelve a componer un film inesperado, fuera de norma, nada evidente. La trama gira en torno a la doble condición del personaje protagonista, Maureen, que ejerce como personal shopper en París de una poco definida integrante de la jet set y que es una vidente a la espera de que su hermano muerto dé señales desde el más allá. El cineasta tiene la inteligencia de mezclar en la figura de Maureen la tarea comercial y la espiritual, la prostitución laboral y la búsqueda de lo imposible, que son las dos vertientes del cine.

Personal Shopper deviene una feliz mezcla de fantástico, thriller y cine de autor en la que Assayas se encuentra con el cine de Apichatpong Weerasethakul, ese terreno libérrimo en el que los vivos y los espíritus conviven con naturalidad. Hay, hoy en día, una notable vitalidad de los rasgos fantásticos del cine en un sentido amplio, es decir, no sólo como el estricto cultivo de un género sino como algo que “mancha” los filmes de una manera más asilvestrada. Lo fantástico se ha convertido en una herramienta indispensable del cine de hoy para hablarnos de sus pasadizos secretos. Y es especialmente recurrente el motivo del contacto entre los vivos y los muertos, que siempre supone una suerte de reconquista del pasado. Pero el pasado es también luz de futuro: cada vez más, pienso que el cine es un territorio en el que el tiempo se pliega, haciendo que se confundan lo pretérito y el porvenir.

Acabemos destacando dos set pieces deslumbrantes del film, la del viaje a Londres y la de la profanación; momentos que, por cierto, relatan sendas acciones de Maureen que son dirigidas por un espíritu. La expedición en tren a la capital del Reino Unido es una secuencia de suspense magistral, quizás la primera que vemos centrada específicamente en las comunicaciones por móvil (sólo se me ocurre un modesto precedente en un instante de The Departed). De hecho, la escena se construye sobre el décalage entre los desplazamientos de la protagonista y su anclaje constante a la pantalla del móvil. En cuanto a la profanación de los atuendos que Maureen tiene prohibido ponerse, se trata de una escena sexualmente turbadora como este cronista no veía desde hacía tiempo y, sin duda, el punto álgido de la película. Es un instante de entrega, de plena inmersión en el otro lado del espejo; nuestra personal shopper traspasa una barrera que es a la vez moral y sobrenatural, condenatoria y liberadora. Y se adentra en lo fantástico y en lo dionisíaco, empujada por el espectro del cine, que se expresa ante ella y ante nuestros ojos.

 

 

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