La voz de Dios

En primer lugar, el cine de Eugène Green es generoso. Un film como Le Fils de Joseph transmite con explicitud y luminosidad la visión de su autor, toda una manera de entender el cine, el arte y el presente. No sólo estamos ante una singular expresión de modernidad cinematográfica sino también ante una bella lección sobre el acceso a esa modernidad y sus consecuencias. En una película sobre un proceso de aprendizaje o autoconocimiento, somos los espectadores los que tenemos la oportunidad de reencontrarnos con la emoción de las imágenes. Y no es baladí que sea un film divertidamente anti bobo (me refiero a la contracción del concepto francés del bourgeois-bohème), ni que el protagonista, Vincent, desate la trama al indagar, precisamente, sus raíces.

En un momento de la trama, Marie y Joseph van juntos al cine y ven Il deserto rosso de Antonioni. Ella, comentando la película después de la proyección, afirma: “El cine de esa época siempre me transmite optimismo”. Se puede fabular que ésa es la visión de Green del cine de la modernidad, un cine que trae un mensaje de esperanza cuando, a nuestro alrededor, cunde una miseria moral que el cineasta traza con cuatro finas pinceladas: la gilipollez de un ambiente literario iletrado y pagado de sí mismo, los atontados que chocan al ir por la calle manipulando sus móviles, etc.

En otra secuencia importante, es Vincent quien interroga a Joseph acerca del sacrificio de Abraham, cuya representación escruta el joven en un póster de su habitación que reproduce una pintura de Caravaggio. Joseph afirma que Abraham se dispone a sacrificar a Isaac escuchando no la voz de Dios sino la voz de su interior; y que se detiene al escuchar la voz de Dios, anunciada por un ángel que, de hecho, se expresa también en su interior. Somos, cineastas y espectadores, los depositarios de una cultura, de una mirada. Y es escuchando esa voz que bulle en nuestro fuero interno como podemos redescubrir el arte en cada imagen.

Vincent no se entiende con sus coetáneos. No comparte la crueldad de sus compañeros torturadores de ratas, ni la obsesión por el enriquecimiento pecuniario de un amigo empeñado en industrializar su actividad onanista. E, intrigado por la figura secreta de su padre, da con Joseph, que no es su progenitor natural pero acabará siendo su padre verdadero, una dualidad paralela a la de los dos padres del místico nazareno que protagoniza el Nuevo Testamento. Todo el film, de hecho, va aludiendo con socarronería a dos tramos muy específicos de la Biblia sobre sendas relaciones paternofiliales: el ya citado sacrificio de Abraham y el tramo de la vida de Jesús que se desarrolla con José y María.

Le Fils de Joseph es el relato irónico de la recomposición de una suerte de sagrada familia gracias a la reconstrucción del vínculo intergeneracional (como, por cierto, en La Sapienza). Porque el acceso a la modernidad, y el propio aliento del cine en sí, consiste en una relación armoniosa con la tradición, con las esencias; consiste en abrazar la transmisión que nos llega de las ondas que vienen expandiéndose desde hace cien años, ondas que nos contagian el optimismo de la mirada como lo hace Il deserto rosso a la madre de Vincent. Porque, en suma, el cine siempre ha viajado al pasado y al futuro a la vez.

(Una retrospectiva en la filmoteca de Barcelona recuperará filmes de Green a partir del próximo día 18. À ne pas perdre).

 

 

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