Treinta años de nostalgia

El próximo 29 de diciembre, hará treinta años que murió Andrei Tarkovsky. Falleció a los 54 años por culpa de un cáncer y dejándonos sólo siete largometrajes. Es menester, no obstante, acercarse a su otra obra, que puede verse en internet o en una loable edición francesa de Potemkine. El DVD recopila Tempo di viaggio, el film ensayo de poco más de una hora de duración que el cineasta soviético firmó en Italia junto a Tonino Guerra, y tres bellos corto o mediometrajes primerizos: Ubiytsy (Los asesinos o, en la edición que nos ocupa, Les Tueurs), una recreación inteligente, distante y algo socarrona de la atmósfera del cine negro americano; Segodnya uvolneniya ne budet (Hoy no habrá salida o Il n’y aura pas de départ aujourd’hui), algo así como un precedente de Ten Seconds to Hell (Robert Aldrich) o The Hurt Locker (Kathryn Bigelow) pero con el tono solidario y animoso de la gloriosa Kameradschaft de Pabst; y Katok i skripka (El violín y la apisonadora o Le Rouleau compresseur et le violon), relato de la amistad entre un pequeño violinista y un lacónico obrero que es un virtual ensayo del que inmediatamente después fue su primer largometraje, Ivanovo detstvo (La infancia de Iván).

Pero volvamos a Tempo di viaggio. Guerra, como Tarkovsky, ha sido una figura capital de las metamorfosis de la modernidad cinematográfica de la segunda mitad del siglo XX, un guionista fundamental que escribió películas fundamentales de cineastas fundamentales como Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Theo Angelopoulos o el propio Tarkovsky, con el que firmó el guion de Nostalghia. De hecho, Tempo di viaggio documenta el recorrido de Guerra y Tarkovsky por Italia para hallar las localizaciones, el tono y la inspiración de Nostalghia; pero, obviamente, no estamos ante un simple making-of, sino ante un brillante film ensayo sobre las pulsiones de su cine que respira con independencia respecto al largometraje que luego realizaron nuestros cineastas.

El título es toda una declaración de intenciones. Tempo di viaggio no es exactamente un film sobre un viaje sino sobre el tiempo de un viaje, es decir, sobre una determinada manera de vivir la experiencia del tiempo que caracteriza una forma de estar en el mundo propia de los viajes o del cine. El cine de Guerra y el de Tarkovsky están sin duda caracterizados por esa actitud característica del flâneur, esa pose observadora en la que el tiempo adquiere una duración especial que, obviamente, atañe a nuestra experiencia ante la imagen cinematográfica. Ante los filmes de Tarkovsky o los de Guerra y Antonioni, pasamos de espectadores a observadores, nos convertimos en flâneurs de la imagen, y su cine entronca así con esa manera de afrontar el flujo de la conciencia que encontramos en las obras de Walter Benjamin y Marcel Proust, figuras sin duda determinantes del siglo pasado cuya huella se extiende hasta nuestros días: nuestra manera de pensar el mundo hoy tiene sin duda algo que ver con esa manera de vagar y divagar que nos enseñaron Tarkovsky, Guerra, Antonioni, Angelopoulos, Proust, Benjamin o las subyugantes improvisaciones de Charlie Parker.

¿En qué consiste el cine para Tarkovsky, un director que puede parecer abstruso a algunos espectadores? Una respuesta fácil: en “esculpir el tiempo”, como reza el título de sus particulares notas sobre el cinematógrafo, el libro[i] que debemos contar como una parte indiscernible e imprescindible de su obra, lo mismo que cualquiera de sus películas. Ante el flujo vulgar del tiempo y de las cosas, Tarkovsky decide esculpir formas con las que nuestra mirada se relaciona de una manera especial. Antonioni, al que no puedo dejar de asociar con quien hoy nos ocupa, cerró su filmografía con un film tan sencillo como rico en matices, Lo sguardo di Michelangelo, en el que se filmó a sí mismo observando y acariciando el Moisés de su tocayo Michelangelo Buonarroti en la iglesia de San Pietro in Vincoli, en Roma. Mirar, tocar: esculpir el tiempo y compartir la experiencia con nosotros, como Tarkovsky ante las pinceladas de Andrei Rublev.

Los recuerdos, fantasías y evocaciones que inspira al cineasta la figura de su madre en Zerkalo (El espejo); la ciencia ficción como cicatriz interior en Solyaris y Stalker; los espíritus materiales de un mundo que se derrumba en Nostalghia y Offret (Sacrificio); el laberinto de la creación artística en Andrey Rublyov; las ensoñaciones de la infancia y el extrañamiento ante el mundo de los adultos en La infancia de Iván y El violín y la apisonadora… La sucinta pero inagotable obra de Tarkovsky nos invita a afrontar las imágenes y el mundo con una mirada honda y, por qué no, espiritual, una mirada con la que no desentrañaremos el misterio pero lo afrontaremos en toda su dimensión. Algo, por cierto, no muy alejado del cine de Abbas Kiarostami, en apariencia mucho más ligero, al que añoraremos con infinita nostalgia desde este 2016 que se acaba y para siempre.

 

[i] Tarkovski, Andrey: Esculpir el tiempo. Reflexiones sobre el arte, la estética y la poética del cine. Madrid (Rialp), 2006, octava edición.

 

 

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