Rufufú 2.0

En abril, en un par de pases en Barcelona, pudimos ver Comoara (El tesoro), último largometraje de Corneliu Porumboiu que llega ahora a las salas más o menos comerciales. Historia de dos vecinos que contratan a un mindundi con un detector de metales para intentar encontrar un tesoro familiar enterrado en un viejo y descuidado jardín, la película de Porumboiu (de 2015) comparte un tono parecido al de La Rançon de la gloire, film de Xavier Beauvois (de 2014) sobre el caso real de dos pobres diablos que, en una operación torticera e improvisada, desenterraron el cadáver de Charles Chaplin poco después de que falleciera y reclamaron un rescate por él.

Películas sobre pelagatos que pretenden salir de pobres por la vía rápida y que se pasan el metraje enterrando o desenterrando, nos hacen pensar en precedentes como The Trouble with Harry o I soliti ignoti. Pero centrémonos en el film de Monicelli, una comedia italiana de 1958 deudora, de alguna manera, del neorrealismo de la década anterior. Ciertamente, la ligereza de I soliti ignoti parece alejada de la gravedad y los intensos tiempos muertos de La terra trema o Ladri di biciclette. Pero pervivió una cierta actitud, un estilo de salir a filmar en la calle, captar la respiración cotidiana de la ciudad y poblar las imágenes de personajes de clase obrera o lumpenproletaria.

Todo ese nuevo cine rumano que hemos estado viendo durante los últimos años guarda también un parentesco lejano con el cine neorrealista. Las películas de Porumboiu, Cristi Puiu o Radu Muntean son también pequeñas historias de gente corriente, a veces sobre problemas que deben resolverse en unas horas, filmes que nos hacen copartícipes de las vicisitudes logísticas y existenciales de tipos poco o nada heroicos. La dimensión social de la historia no ocupa impúdicamente el primer plano sino que se explica entre líneas; y la puesta en escena es seca, precisa, despojada, como si viéramos un documental de Frederick Wiseman. Valga también como ejemplo Bacalaureat (Los exámenes), recientemente estrenada, aunque Cristian Mungiu es ligeramente menos sutil que sus colegas y compatriotas.

Entre ellos, de hecho, es Porumboiu quien mejor ha sabido dotar a su cine de una dimensión socarrona, una faceta inesperadamente cómica que también surgió en su momento de la semilla neorrealista para conducir hacia I soliti ignoti. Ese realismo bufo protagonizado por proletarios nos recuerda a otro noble y exótico descendiente del neorrealismo como es Luis García Berlanga. ¿No se imaginan una hipotética versión berlanguiana de Comoara en la España de los sesenta y protagonizada por, pongamos, José Luis López Vázquez, Agustín González y Pepe Isbert?

En Comoara y en todo ese cine que venimos comentando, es preceptivo un tono paradójico que ridiculice a los protagonistas pero que, a la vez, salvaguarde en el fondo su dignidad, pues cada uno tiene sus razones y toda historia, por patética que sea, da cuenta de la epopeya humana que compartimos todos los vivos. Precisamente, lo más sorprendente de Comoara es su conclusión (y el lector queda advertido de que el desenlace va a ser desvelado a continuación). Cuando uno podría esperar un final humillante y risible, Porumboiu dignifica a sus protagonistas otorgándoles un luminoso, inesperado y rotundo triunfo. Sí, había tesoro, y sí, lo encuentran y se forran. La vida no les alecciona por ilusos sino que les premia por pertinaces.

De lo que parte como una parodia de aventura, el film extrae una aventura verdadera. A pesar de lo cutre y descorazonador que es todo, el afán y la esperanza obtienen una justa recompensa y nuestros héroes acaban más cerca de Corto Maltés y su compinche Rasputín, pícaros dotados de una particular nobleza, que de los cochambrosos ladrones de Monicelli. Indirectamente, Porumboiu nos transmite un mensaje optimista sobre el cinematógrafo hoy, territorio en el que, a pesar de los pesares, hay un tesoro esperando en cada jardín para los cineastas exploradores o espigadores que siguen creyendo en la fuerza de las imágenes, en lo que la realidad nos brinda cotidianamente.

Por eso, los filmes de Muntean, Puiu o Porumboiu vuelven a cautivar nuestra mirada, como siempre ha hecho el cine: desde los fascinantes planos de las calles de Roma en las películas de Visconti, De Sica o Rossellini, y desde antes también, desde que vimos salir de la fábrica a los trabajadores de la fábrica Lumière (la historia del cine contiene también una historia de la imagen de la clase obrera). La secuencia final de Comoara es un bello y significativo momento del cine de nuestro tiempo: las joyas compradas con el botín se convierten en los juguetes de un grupo de niños que creen en la fantasía, el arcano, la aventura. Seamos siempre como ellos.

 

 

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