¿Preferirías ser un pez?

Para Evaristo, nuestro Paterson

 

Decíamos, a propósito de Todd Haynes, que él y Martin Scorsese son cineastas de “lo que mola”, directores cuyo cine parece surgir directamente de un enamoramiento por películas, recuerdos, libros, frases, imágenes, canciones… Por detalles de todo tipo. Once años más joven que Scorsese y ocho años mayor que Haynes, Jim Jarmusch es quizás un ejemplo incluso más acusado de esa pulsión pasional. Only Lovers Left Alive describía fielmente el mundo jarmuschiano a través de esos vampiros leidísimos y roqueros, amigos íntimos de Christopher Marlowe y guardianes anónimos de una cultura universal milenaria. Y el cineasta ha vuelto a darnos, de alguna manera, una explicación indirecta sobre las motivaciones de su obra con sus dos filmes de 2016.

Si los vampiros de Only Lovers… conservan en sus estanterías la memoria de una cultura universal, el conductor de autobús de Paterson contiene en su cuaderno el secreto de lo poético en lo cotidiano, la alquimia del arte y del cine según Jarmusch. Poco hay que contar sobre la trama: un lacónico autobusero escribe sencillos poemas a ratos perdidos, mantiene una relación igualmente sencilla con su entusiasta compañera y frecuenta un bar donde charla con el dueño y los parroquianos cada noche cuando sale a pasear a su bulldog. Durante una semana, asistimos a su día a día, en el que se producen encuentros y episodios extraños que desdibujan la cotidianidad para dar acceso a lo fantástico.

Tal vez por eso nuestro conductor se va tropezando continuamente con parejas de gemelos: porque la vida y el cine están permanentemente contaminados por esa dualidad entre lo cotidiano y lo fantástico, entre lo anodino y lo inefable. Fijémonos, además, en que Paterson es nombre de lugar y de persona en la película. La acción transcurre en Paterson, New Jersey, patria chica de Lou Costello y Allen Ginsberg; y el protagonista se llama también Paterson, tal vez para subrayar que en él y en sus peripecias se concentra metonímicamente no ya la localidad en la que vive y trabaja sino toda América y su cultura tal y como Jarmusch las entiende.

Tres poetas tienen una presencia especial en la película: William Carlos Williams, autor del poema Paterson, que es explícitamente homenajeado; Ron Padgett, que es el verdadero autor de los versos del autobusero epónimo; y Francesco Petrarca, el poeta del amor por excelencia, que parece inspirar al protagonista, enamorado también de una bella Laura. En un film en principio narrativo, es más bien la naturaleza poética del cine lo que es celebrado durante todo el metraje.

La pasión de Jarmusch por la literatura, la música, el cine y la historia recuerda efectivamente a Scorsese porque parece que la pulsión de su cine sea compartir ese apasionamiento, el placer de acercarse a poemas, películas, paisajes, a una América fantástica hecha a la vez de lo más cotidiano y de lo más sorprendente. Es, por cierto, impresionante la elección de localizaciones, como ya lo era en Only Lovers… y en todo su cine. Jarmusch nos muestra el rostro de (su) América con poética precisión: la belleza de un largo muro de ladrillos, de unas escaleras de cemento con pintadas, de un autobús lleno de gente corriente.

Nótese, además, la riqueza de los personajes. Están los encuentros fantásticos con tres singulares poetas: una encantadora amante de Emily Dickinson de diez años o poco más, un urbanita que recita en una lavandería en una especie de criollo improvisado a partir de la deformación del inglés y un desconcertante japonés extraído directamente de Mistery Train. Está la cuadrilla del bar: el bartender obeso que todo lo sabe, su levantisca esposa, el loco de amor insondablemente ridículo, su musa exasperada y los jugadores de ajedrez. Está el jefecillo de origen indio acosado por problemas cotidianos, está el perro celoso… Y está Laura, la vehemente soñadora, amada y cargante a la vez, contrapunto a la mirada más contemplativa del protagonista y del cineasta, que corresponde a la del individuo apocado que se asombra ante lo poético de todo, ante las rimas de la vida, ante lo que la realidad nos brinda cada día con sólo salir a la calle.

Jarmusch ha realizado una película dedicada a los poetas médicos, conductores de autobús o barrenderos, un poema en prosa sobre quienes se asoman al fulgor poético del mundo desde el modesto punto de vista del simple ser humano vivo, sin más pretensiones. Nótese también que el homenaje cinéfilo del film va dirigido a la maravillosa Island of Lost Souls (Erle C. Kenton), adaptación de La Isla del Doctor Moreau, de H. G. Wells, cuyo exótico vínculo con Paterson puede ser el contacto entre lo normal y lo anormal, lo cotidiano y lo fantástico. Esa difusa frontera nunca se agotará, y por eso el final de la película parece ser una llamada a tirar adelante, a seguir con la poesía a pesar de cuanto haya sido perdido por el camino.

Pues bien: dicho todo esto, hay que pensar otra vez en las semejanzas entre los neoyorquinos Jarmusch y Scorsese porque es fácil pensar que el núcleo duro de sus obras son los largometrajes de ficción y que los documentales son una especie de nota al pie o correlato. Craso error. Tanto en el caso del director de Taxi Driver como en el de quien hoy nos ocupa, los documentales son una parte sustancial de su obra que nos muestran algunas de sus facetas más creativas y rupturistas, filmes libérrimos en los que se expresan con una voz particularmente personal y desinhibida. Además, Scorsese y Jarmusch comparten el placer por realizar rockumentaries.

En el caso de Gimme Danger, Jarmusch rinde tributo a un viejo amigo, Iggy Pop, que aparece en Dead Man y en un episodio Coffee and Cigarettes, y cuya voz suena en alguna otra de sus películas. Eso nos da una pista sobre el carácter personal del film, que acaba siendo un pequeño tratado jarmuschiano sobre la música que le gusta, el rock a partir de la obra y la influencia de Iggy Pop y The Stooges. Más aún, deviene toda una declaración de principios sobre, de nuevo, la manera hedonista y abierta de entender el arte por parte de Jarmusch, su gusto franco y contagioso por lo que mola, por la cultura alta y/o popular, por aquello que transmite con sencillez algo poético en mitad de la realidad.

La propia estructura de Gimme Danger es elocuente al respecto, pues evita el consabido relato de ascensión y caída, la tendencia patológica del cine documental a narrar con planteamiento, nudo y desenlace. El film tiene mucho más de digresión, de conversación entre colegas, de poema en verso libre. Puede que el resultado deje cabos sueltos para quien observe el film con ojos de periodista o de aficionado al rock. Ante esa tesitura, en fin, sólo cabe citar el verso de Paterson (de Padgett) con el que se cierra el film homónimo: Would you rather be a fish?

 

 

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One thought on “¿Preferirías ser un pez?

  1. egaramuck diciembre 15, PM / 8:44 pm

    Me pillas bailando ritmos latinos: “Quisiera ser un pez, para tocar mi nariz en tu pecera…y hacer burbujas de amor por donde quieras”. Gracias.

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