Bucarest monogatari

Antonioni nos enseñó a fijarnos en el valor expresivo de las vicisitudes de burgueses desdichados y hastiados por la vacuidad de todo, seres que, a pesar de ser distantes y repelentes, daban forma cinematográfica a una angustia existencial común a todos nosotros. Ahora, entre la numerosa descendencia del cineasta de Ferrara, se cuentan algunos hijos bastardos que ambicionan una sofisticación similar y pueblan sus películas de dandis taciturnos, espacios expresivamente fríos y silencios dolorosamente densos. Pero, a la vez, son adictos a un determinado tipo de amaneramiento, a una forma pretendidamente impactante de irrumpir en el salón de baile. Esa actitud ambigua pone en entredicho todo su discurso, pues uno no se cree su distanciamiento respecto a ese medio burgués que intentan retratar con acritud.

Es el caso de Nocturnal Animals, de Tom Ford, una película constreñida por un apego a una cierta belleza epatante propia de una sala de exposiciones de arte contemporáneo. Esa belleza se fatiga y, en muchas secuencias, Ford acaba paradójicamente ejecutando una puesta en escena tan rutinaria y convencional como la de un thriller cualquiera de ésos que sobreabundan. Algo parecido pasa en The Neon Demon, en la que un mismo plano llega a ser fascinante y tedioso a la vez, provocando una extrañeza indigesta que estaba ya en los largometrajes anteriores de Nicolas Winding Refn: todo es tan bello y todo es tan huero que el film se desliza continuamente de lo radical a lo banal. ¿Y qué decir de Sofia Coppola, empeñada en retratar la vida infeliz de la alta sociedad, de Versalles o de California, sin emanciparse en realidad de una escala de valores morales y estéticos irremediablemente pija? El arriba firmante siente una incomodidad análoga ante los lánguidos neones y los ralentíes musicados de Wong Kar-wai, ante las dichosas ganas de épater le bourgeois de películas como Post tenebras lux (Carlos Reygadas) o ante el cine de Bernardo Bertolucci, que incluso en sus mejores filmes nos habla, en el fondo, con un soterrado tonito relamido, aleccionador y autocomplaciente.

Por comparación, el último largometraje de Maren Ade, Toni Erdmann (vista en Barcelona en un único pase de la filmoteca), es una pequeña gran conquista. Un padre con un sentido del humor extravagante que desconcierta a propios y extraños visita por sorpresa a su hija, ascendente ejecutiva alemana afincada en Bucarest. Empeñado en rehacer la relación entre ellos, se cuela en el día a día de la joven provocando situaciones patéticas, hilarantes y extremas. Aunque el film se presta a ello y no es ciertamente del todo regular, consigue alejarnos del tipo de historia de reagrupamiento familiar propio del peor Hollywood post E.T. (“Erdmann”, por cierto, parece significar lo contrario) para hallar ecos sorprendentes: a ratos, Ade nos retrotrae al dolor contenido y el rigor formal del cine de Ozu, quien tantas veces nos habló de la incomprensión y el distanciamiento entre un padre y una hija. O, sin ir tan lejos, Toni Erdmann podría emparentarse con la risa congelada de Entertainment (Rick Alverson) o con la implacable puesta en imágenes de la deshumanización capitalista que encontramos en la obra de Harun Farocki.

Los personajes de Toni Erdmann viven, ante todo, una permanente humillación. La subsistencia en el sistema es una pérdida cotidiana, constante e infinita de dignidad, algo que la protagonista no recuperará hasta el sorprendente clímax del film, en el que un monstruo viene a verla para traerle un espejo con el que reconocer su propia monstruosidad y dar por fin un paso hacia la insurrección. Sin truculencia barata ni infección sentimental, Aden deviene quizás una legítima descendiente del cine de Antonioni al hallar una forma cinematográfica de reflexionar con amargura sobre el yermo ético en que se ha convertido la Europa del neoliberalismo y, en particular, la Alemania de Schröder y Merkel, un presente de glaciación emocional en el que, citando a Thoreau, “la mayoría de los hombres llevan vidas de tranquila desesperación”[i].

 

[i] Henry David Thoreau: Walden. Madrid (Cátedra), 2005, p. 65.

 

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