La muerte de Antoine Doinel

¿Se está volviendo Albert Serra un moderado? En La Mort de Louis XIV, hay pocos planos tan largos y quietos como los de sus largometrajes anteriores. Uno tiene la sensación de estar asistiendo a un film pausado y radical, sí, pero sin los dilatados tiempos muertos de Honor de cavalleria, El senyor ha fet en mi meravelles, El cant dels ocells o Història de la meva mort. Sin embargo, en otros aspectos, es quizás su film más riguroso: transcurre íntegramente en la cámara en la que agoniza el protagonista, sólo vemos el exterior en un furtivo plano a través de los barrotes de una ventana, prácticamente todo el film se compone de primeros planos de los personajes y el escenario está iluminado pálidamente por la luz de las velas, dejando grandes manchas de sombra en los márgenes de la imagen como si viéramos una pintura barroca.

Filmar la decadencia es uno de los temas universales del cinematógrafo; y lo es especialmente de las últimas oleadas de la modernidad. No obstante, en este film sobre los últimos días de Louis XIV de Francia, Serra no filma exactamente la decadencia sino la impotencia ante la decadencia. La camarilla de médicos, mayordomos, politicastros y curanderos que se arremolinan en torno al lecho real son incapaces de frenar la enfermedad del monarca, cuya vida se va apagando ante sus miradas obtusas. La Mort de Louis XIV está menos cerca de los filmes de Visconti como Ludwig o La caduta degli dei que de A torinói ló (El caballo de Turín), de Béla Tarr, una película que convierte una rutina obsesiva en la forma cinematográfica del final de los tiempos, el apocalipsis reflejado en los gestos de unos seres que afrontan la sequía de la tierra sin tener ni siquiera el tino de huir o quitarse la vida.

Al contrario que el Amadeo de Saboya de Stella cadente, un zascandil que reina en la inopia y rodeado de conspiradores que lo manejan a su antojo, el Louis XIV de Serra mantiene su autoridad moral sobre unos subordinados que dan palos de ciego. Pero, ¿quién es Louis XIV? Nada menos que Jean-Pierre Léaud, el Antoine Doinel de Truffaut, icono de la Nouvelle Vague y rostro fundamental de la segunda mitad de la historia del cine (pues, curiosamente, entre La Sortie de l’usine Lumière à Lyon y nuestros días, el punto intermedio exacto se sitúa en los años del surgimiento de la nueva ola del cine francés). Si fabulamos que el film de Serra nos explica tangencialmente el final del personaje de Truffaut, podemos concluir que La Mort de Louis XIV da cuenta de la muerte no del cine sino del cine moderno; y que nos anuncia el advenimiento de una nueva distancia, de un gesto más acorde con nuestro tiempo que consiste en registrar el estupor de un mundo que ya no cree en la capacidad revolucionaria de las imágenes, ni quizás tampoco en la realidad. Insisto: no se trata de filmar la decadencia sino la impotencia ante la decadencia. Serra no necesita de sus característicos tiempos muertos para firmar de nuevo un film de suma relevancia para el cine de nuestro tiempo.

Entre la muerte de Louis XIV en 1715 y nuestros días, han transcurrido 301 años. Si buscamos de nuevo un punto intermedio, damos con las fechas de la aparición -primero como folletín y luego como volumen- de Guerra y paz. Uno de los detalles que me fascinó de la novela de Tolstoi fue la descripción de los oficiales al mando de los ejércitos ruso y austríaco, generales superados por las circunstancias que ensayan inseguros la manera de contener a las tropas napoleónicas hasta que por fin lo consiguen, con una mezcla de fortuna y oportunismo, en la batalla de Borodino. Quizás la mostración de la precariedad, el infantilismo y la chapuza que caracteriza a quienes ejercen el poder sea un tema mayor de nuestra cultura, algo que se intuye ya en la Ilíada y llega hasta La Mort de Louis XIV. Y tal vez sea también un permanente llamamiento entre líneas a la desobediencia civil, una actitud intrínsecamente crítica que impregna las artes desde siempre ante el desorden que nos gobierna.

Porque, ¿no puede ser el film de Serra también un reflejo veraz de nuestro mundo actual, en el que nadie parece saber actuar para contener la llegada de la catástrofe? Nacionalismos furibundos de ascendencia inequívoca emergen por todo Occidente; los desheredados también se fascistizan a su manera, abrazando cruzadas atávicas en el nombre de Dios; los usos de las tecnologías de la información nos alejan del conocimiento y expanden la mentira, la demagogia y el simplismo; los ex socialdemócratas, campeones de la mezquindad, aplican con más diligencia que la derecha las políticas de la desigualdad creciente y la injusticia extrema; y Oriente Medio se incendia, el clima global se enrarece y los sociólogos no dan una… Todo avanza hacia el horror ante nosotros, servidores impotentes que rodeamos el lecho del Rey Sol y respiramos con él el aire viciado de su estancia mortuoria.

 

 

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