Una nueva pulcritud

A pesar de que Enrique Urbizu ya venía explorando ese territorio, supongo que el origen de la tendencia fue la Celda 211 (2009) de Daniel Monzón. Fue un éxito rotundo “de crítica y público”, como reza el tópico, que nos dejó la sensación de ver por primera vez un thriller español a la americana que no causaba vergüenza ajena ni daba risa: el pulso narrativo era impecable, los diálogos sonaban creíbles, la atmósfera resultaba real y las interpretaciones armonizaban con la solidez de la puesta en escena en general.

Desde entonces, ha proliferado ese thriller español de qualité que no desmerece a su referente hollywoodiense e incluso lo supera. El antes citado Urbizu, que venía puliendo el género con La caja 507 (2002) y La vida mancha (2003), logró un éxito análogo al de Monzón poco después, con No habrá paz para los malvados (2011). Si el estilo acerado de Celda 211 podía hacer pensar en un Michael Mann español, el turbio policía de la película de Urbizu nos sugería un tipo de thriller a lo Don Siegel. Y, un poco más tarde, La isla mínima (2014), de Alberto Rodríguez, parecía mimetizar la atmósfera de, pongamos, un denso thriller de David Fincher.

Ahora, en 2016, el protagonista de La isla mínima ha dirigido un film de acento muy parecido, Tarde para la ira, aunque Raúl Arévalo parece fijarse más bien en los relatos de persecución y venganza de las películas de Sam Peckinpah. Y Rodrigo Sorogoyen nos brinda lo último de esta tendencia, Que Dios nos perdone, una buddy movie protagonizada por un meticuloso inspector tartamudo, psicológicamente complejo y aficionado a los fados, y por su compañero malcarado, moralmente imperfecto pero profesionalmente entregado, personaje que parecería escrito para Bruce Willis si estuviéramos en Estados Unidos. Por su parte, Monzón y Rodríguez han prolongado su trayectoria con, respectivamente, El niño (2014, más michaelmanniana si cabe) y El hombre de las mil caras (2016, con un tono más alegre que las otras pero la misma puntillosidad en todos los detalles de su acabado).

Todos esos ejemplos, más los que me haya dejado sin duda en el tintero, nos permiten hablar de una, decíamos, tendencia o moda en el cine industrial español. Representan un logro por cuanto asientan una manera de hacer rigurosa, un tipo de cine serio que se ve con cierta satisfacción y un carpetazo, por fin, al tradicional remedo torticero que caracterizaba a las incursiones del cine hispano en los géneros y estilos de otras latitudes (y los copiosos premios institucionales que van recogiendo atestiguan la autosatisfacción que provocan estas películas). No obstante, la apuesta por importar el thriller americano a nuestros pagos es una ambición loable pero limitada. Los resultados son estimulantes, de la fusión entre lo imitado y lo aportado por nuestro “aquí y ahora” surgen interesantes significaciones, pero también se cae fácilmente en una rutina harto conocida.

Si Hollywood produce cantidad de thrillers demasiado parecidos entre sí que acaban resultando desalentadores, ¿cómo no va a contagiarse de ese trantrán el  nuevo thriller español? Monzón, Urbizu, Rodríguez, Arévalo y Sorogoyen han asentado un tipo de cine sumamente pulcro que deviene en seguida algo frío y desmayado. Por poner el ejemplo de la última estrenada, Que Dios nos perdone nos deja a ratos la sensación de estar ya ante uno de esos policiacos mecánicos en los que se combinan situaciones y personajes tópicos con eficacia pero sin mordiente.

Los nuevos thrillers atmosféricos españoles apelan, en buena medida, a nuestros instintos más conservadores como espectadores. Igual que esas series de televisión que se han puesto tan de moda durante los últimos años y que han convertido en un tópico, entre la cinefilia más carca, la idea de que “el mejor cine” de ahora está ahí, en las series río inmaculadamente narrativas y accesibles. Son productos que siguen reverencialmente modelos ya clásicos pero no los llevan mucho más allá. Y lo peor que se puede hacer con el cine clásico es embalsamarlo. Siempre he rechazado ese tipo de cinefilia que convierte en un mausoleo la “historia del cine” o el “séptimo arte”, por usar el tipo de expresiones con las que se llenan la boca. Y me gusta el cine pulcro y de buena factura, pero prefiero fijarme en los riesgos, en las imperfecciones, en lo que cada película o cineasta tiene de raro y desestabilizador, prescindiendo si es necesario de las burdas categorías de lo bueno y lo malo.

 

 

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