Hombres pequeños, pasiones tranquilas

Más allá de recrear la figura de Emily Dickinson, Terence Davies realiza, en A Quiet Passion, un estudio sobre el tono y el estilo de la narrativa en inglés del siglo XIX y, de alguna manera, también sobre la relación de ese tono y ese estilo con el cine clásico. Es, en ese sentido, un film muy cercano al largometraje inmediatamente anterior de Davies, Sunset Song, con el que comparte una hechura similar: un aire engañosamente ingenuo y clasicote y una exquisita austeridad, pues ambos filmes transcurren casi íntegramente en el interior de una casa familiar (que es, al fin y al cabo, el espacio más natural en toda la cinematografía de Davies). En algunos tramos de A Quiet Passion, uno diría que está ante una secuencia de Manoel de Oliveira; bastaría sólo substituir el mecanismo de plano y contraplano por un plano fijo oliveiriano y podría tratarse de un fragmento de Vale Abraão o A carta.

Oliveira, precisamente, es uno de los cineastas que con más recurrencia se acercó en su obra a esa relación entre la imagen, el tiempo cinematográfico y los textos literarios tradicionales. Davies, un cineasta en apariencia más emotivo, afronta su cine desde un punto de vista parecido, con una análoga fascinación por los flujos entre lo literario y lo cinematográfico. Sunset Song y A Quiet Passion plantean una fructífera aproximación al modo clásico del cine que contiene entre líneas un comentario o distanciamiento, una forma de modernidad.

El hecho es que algunos cineastas parecen nutrirse con especial provecho de los acentos de lo literario. Y uno, al ver sus películas, tiene la sensación de estar leyendo, de reencontrarse con el tipo de detalles que jalonan la novela americana contemporánea. Es el caso de Ira Sachs. Detrás de Keep the Lights On, Love is Strange y la última, Little Men, parece palpitar la voz de los narradores americanos del siglo XX y principios del XXI.

De hecho, Little Men supone casi una continuación de Love is Strange. Si ésta acababa con la imagen de dos adolescentes avanzando en monopatín por las calles de Nueva York, Little Men parece partir de esa imagen para relatarnos la amistad semiamorosa entre dos quinceañeros que también recorren Brooklyn patinando. Lo que nos cuenta, de hecho, es el impacto que tienen en esa relación las cuitas entre sus respectivos progenitores, pertenecientes a clases sociales diferentes y enfrentados por un asunto inmobiliario.

Como en Love is Strange, estamos ante un film sobre las edades de la vida, las difíciles relaciones entre las diferentes generaciones y los infortunios que acarrea todo paso a la madurez. Sachs muestra una sensibilidad primorosa en el retrato de la adolescencia, un respeto y una comprensión poco comunes en el cine (como, por cierto, André Téchiné, cuya Quand on a 17 ans se acaba de estrenar: no es una de sus grandes películas pero transmite honestidad y cierto buen gusto).

El cineasta muestra también con elegancia la complejidad moral de lo que nos explica y de cada uno de los personajes. No rehúye las contradicciones y, a lo Renoir, expone limpiamente las razones de cada uno. Es raro ver un film que nos hable de la lucha de clases de una manera tan sencilla, auténtica e incisiva. Y, al final, sobresale la figura del padre de Jake, un burgués progre y farisaico delicadamente retratado: para resumirlo en pocas palabras, podría decirse que estamos, a la vez, ante una mala persona y un buen padre.

Aunque nos haga pensar en el rico acervo narrativo norteamericano, Little Men cita explícitamente La gaviota de Chéjov, dirigiendo nuestra mirada hacia toda una tradición literaria, mucho más amplia, que nos habla de las frustraciones y claroscuros de la existencia, de la amargura y la pesadez de nuestra vida en comunidad. No es, pues, un mundo cinematográfico muy diferente de las inquietudes que suscitan los filmes de Terence Davies. Como dejó escrito Dickinson: “Pero en los ojos de Ambos / Una ignorancia se observaba – / Más excelsa que aquélla de la Infancia – / Y cada cual, un Niño para el otro – / Intentaba explicar / Lo que Nadie – entendía – / ¡Ay, es tan extensa la Sabiduría – / Y la Verdad – tan múltiple!”[i].

 

 

[i] “But in Each Other’s eyes / An Ignorance beheld – / Diviner than the Childhood’s – / And each to each, a Child – / Attempted to expound / What Neither – understood – / Alas, that Wisdom is so large – / And Truth – so manifold!”. Dickinson, Emily: Poemas. Madrid (Cátedra) 1987, 2013, pp. 188-189. Traducción de Margarita Ardanaz.

 

 

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