Palabras de amor

Si algo sorprende en el cine de Jonás Trueba, es la capacidad para captar sensaciones e instantes que los espectadores podemos reconocer como huellas de cosas que hemos vivido nosotros también. Reconocemos en la pantalla no ya frases sino entonaciones que hemos usado, silencios que hemos atravesado, gestos de disimulo en los que hemos incurrido… Y la densidad tímida y electrizante del instante que precede al beso. La reconquista se compone de esos detalles.

No es que Trueba sea un contumaz realista. Al contrario, su cine es imperfecto y adolece de una cierta artificialidad. Tantas referencias literarias y cinéfilas, tantos detalles personalísimos pueden resultar demasiado afectados o confundirse con un fastidioso egotismo. No obstante, la fórmula funciona con asombrosa ligereza: los sentimientos en su cine son sinceros, puros, tangibles. Cada una de sus imágenes está henchida de vida, dotada de una sensibilidad exquisita.

A Trueba, sólo le interesa el amor. Bueno, no sólo el amor, pero es sin duda el eje central de su cine porque lo es también de la vida. Y porque la historia del cine es la historia de la conquista del amor, de una pareja que se pasea y charla, de un beso que se demora angustiosamente. Trueba guarda notables concomitancias con Richard Linklater, otro cineasta cinéfilo enamorado del amor y de la gente, deudor de Truffaut y de la Nouvelle Vague en general, imperfecto como metteur en scène pero deslumbrante por su concepción cinematográfica general.

“Siempre somos principiantes”, dice la letra de la canción que suena en la película y que es citada por Olmo en su carta a Manuela (encarnada de adulta, por cierto, por Itsaso Arana, protagonista también de Las altas presiones). Siempre somos principiantes en el amor, inseguros respecto a lo que queremos y respecto a lo que creemos que piensa el otro. La reconquista es casi un tratado indirecto sobre esa inseguridad subyugante: esa excesiva prudencia, esas decisiones absurdas, esas mentiras a medias… Me gusta especialmente el desayuno del protagonista con su novia; cuando, por puro sentimiento de culpa, se siente interrogado sin que ella le esté exigiendo realmente explicaciones; y habla dudoso, calculando lo que debe decir para no mentir, ni parecer un mentiroso, ni quedar como un mentiroso que no quiere parecer mentiroso. Quien más, quien menos ha pasado por esos momentos de soberano ridículo.

Pero todo eso atañe al tiempo presente de un film que nos lleva también, durante una buena porción de su metraje, al pasado, a las relaciones adolescentes de Manuela y Olmo. La carta escrita a los quince años que Manuela enseña a su antiguo primer amor es el verdadero desencadenante de la película, que nos relata la reconquista del pasado. Si siempre somos principiantes, el amor consiste de alguna manera en volver una y otra vez a la experiencia del primer enamoramiento, a la zozobra y la ingenuidad inherentes a la adolescencia de todos nosotros. “Paraules d’amor, senzilles i tendres, / no en sabíem més, teníem quinze anys. / No havíem tingut massa temps per aprende’n, / tot just despertàvem del son dels infants”[i], canta Serrat, en un tema afectado pero encomiable por su sencillez, como los filmes de Trueba.

El cine de Trueba tiene un paisaje físico y humano ya característicos: un Madrid filmado con cariñosa delectación, un grupo de jóvenes que viven la inestabilidad del acceso a la edad adulta y se cuestionan sus rumbos vitales y sus sentimientos. En una escena de La reconquista, volvemos al bar del prólogo de Los exiliados románticos y nos reencontramos fugazmente con los dos protagonistas de esa secuencia: la bella camarera francófona y el joven que ensaya la lectura de una carta, de nuevo una carta, que será leída luego, en los jardines de Luxemburgo, en el momento cumbre de la película. La reconquista y Los exiliados románticos nos devuelven a la torpe ternura de la carta de amor, al relato de un beso que no llega, a esa ingenua belleza del cine que interpela una y otra vez nuestra experiencia en el mundo.

 

 

[i] “Palabras de amor, sencillas y tiernas, / no sabíamos más, teníamos quince años. / No habíamos tenido mucho tiempo para aprender, / apenas despertábamos del sueño de la infancia”.

 

 

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