La noche que no acaba

En Malgré la nuit, de Philippe Grandieux, igual que en la Inmemory de Chris Marker, se encuentran Proust y Hitchcock: como en la Recherche, Madeleine trae el recuerdo y, como en Vertigo, Madeleine es anhelada, evocada, encontrada.

A lo largo de todo el metraje, predominan los primerísimos primer planos, la penumbra y las luces rojas y vaporosas a lo New Rose Hotel (de hecho, todo está inmerso en un ambiente raro y vicioso que recuerda a algunas películas de Abel Ferrara). La película transcurre ahí donde las imágenes contienen algo turbio, recóndito, algo que despierta nuestras bajas pasiones. Como en el cine de Claire Denis, las imágenes de Grandieux nos hablan de lo que no es fácilmente verbalizable sino inconscientemente sensible (nótense, por cierto, las concomitancias entre el film que nos ocupa y Les Salauds).

En Malgré la nuit, nos acercamos al porno y otras fronteras de lo cinematográfico, así como a los extremos de la sexualidad, a los abismos de la pasión, donde la búsqueda del placer y el dolor se mezclan, y la cámara digital registra esa frontera y se funde con ella como en Demonlover (Olivier Assayas). “Eres tan bella que das miedo”, dice uno de los personajes en un momento del film. La atracción por la belleza y por la muerte nunca estuvieron tan cerca, y por eso la película se compone de imágenes fascinantes que contienen su propia disolución y que derivan en lentos, mortuorios fundidos en negro.

El mismo espíritu parece hacer emerger unas imágenes en otras, en sobreexposiciones fascinantes y, de alguna manera, malsanas; una abstracción de la que surge una rara belleza entre pop y decadente. Curiosamente, de una manera parecida a la de Mes séances de lutte, donde las formas también se desdibujan. Grandieux y Jacques Doillon encuentran una forma cinematográfica diciendo adiós a las imágenes, adiós al lenguaje.

En Malgré la nuit, parecen encontrarse Philippe Garrel y David Lynch, la melancolía ante la fragilidad de los sentimientos y la inmersión en las profundidades de la mente; algo de la misteriosa ensoñación de Inland Empire subsiste en el film de Grandieux. Cuando parece que ya lo habíamos visto todo, Malgré la nuit supone una experiencia realmente singular, un itinerario por la decadencia y la turbiedad de la imagen cinematográfica que nos dice entre líneas algo sobre cómo es nuestra experiencia como espectadores hoy, o sobre cómo ha sido siempre, en realidad.

En el último número de la revista Trafic, aparecen fragmentos del diario de rodaje del propio Grandieux. En el último de todos, el realizador concluye: “la línea que opone emoción y sensación es también aquélla por la que pasan la principal fuerza y la debilidad principal del film. Es por esos extremos, por esas dos tensiones irreconciliables que oponen plasticidad y narración, por donde debe pasar el cine”[i].

 

[i] “Cette ligne qui oppose émotion et sensation est aussi ce par quoi passent la plus grande force et la plus grande faiblesse du film. Ce sont ces deux bords, ces deux tensions irréconciliables, qui opposent plasticité et narration, par lesquels doit passer le cinema”. Trafic, nº 98 (été 2016), p. 22.

 

 

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