Hermosas juventudes

Lamentábamos el otro día que, en los circuitos comerciales de Barcelona, tardamos a veces un año o más tiempo en ver films que despuntan internacionalmente, por no hablar de los que no llegan a ser exhibidos ni editados en absoluto. Pero no crean que el problema se circunscribe a las películas extranjeras. Verbigracia: se me ocurren pocas películas más barcelonesas que Les amigues de l’Àgata, que han escrito y dirigido Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen, y que acaba de ser estrenada hace unos días en nuestras salas de cine cuando hace más de un año que viene siendo vista, celebrada y laureada por festivales de acá y acullá.

Es una oportunidad que se les debía a las cuatro jóvenes cineastas, tituladas en comunicación audiovisual que realizaron el largometraje a modo de ejercicio de fin de carrera. Y, sea cual sea el resultado comercial de una película tan modesta en recursos económicos, Les amigues de l’Àgata es ya un éxito y un más que notable logro cinematográfico. De entrada, porque no se le escapará a ningún espectador su vívido naturalismo, que fluye como si nada. Recuerdo, por seguir circunscritos al ámbito del cine español reciente, lo acartonados que resultaban los diálogos de A cambio de nada, de Daniel Guzmán, a pesar de intentar ser muy cotidianos. En cambio, la palabra tenía un tono mucho más real en Hermosa juventud o Los exiliados románticos. Pero Alabart, Cros, Rius y Verheyen llegan incluso a superar a Jaime Rosales y Jonás Trueba en ese sentido, captando con una finura irreprochable el habla y las maneras de los chicos de veinte años de la Barcelona de hoy. Y, en cine, lo que parece más sencillo, lo que se diría que consiste sólo en salir a la calle y captar las cosas como son, es en realidad lo más complicado, la mayor de las conquistas.

El film, además, incide como si cualquier cosa en un tema mayor de las últimas metamorfosis de la modernidad cinematográfica: el paso a la madurez y todo lo que implica en cuanto a pérdida, dolor, conflicto y melancolía, cuestiones en las que ya hemos abundado en este blog con cierta frecuencia. Àgata, la protagonista, cursa su primer año en la universidad y siente la necesidad de independizarse de sus amigas de la infancia: expandir su círculo de amistades, relacionarse con gente nueva, no tener que gestionar su agenda en connivencia constante con el círculo íntimo de siempre… En los setenta minutos que dura la película, la acompañamos en ese proceso y en la deriva hacia la inevitable riña con sus amigas, que acontece por fin en una poderosa secuencia al estilo de Cassavetes, el director por excelencia de las grandes broncas entre personas que se quieren. Sea o no una referencia voluntaria, la huella del autor de Faces se identifica en muchos de los trabajos más estimulantes del cine de nuestro tiempo.

A la manera del Antoine Doinel de Truffaut, se podría explicar las edades de la vida, los sucesivos desencantos de nuestro paso por el mundo, a través de las  muchas y diversas películas que inciden en ello en el cine actual. Empezaríamos por el paso de la infancia a la adolescencia con films como Juana a los doce (Martín Shanly), Where the Wild Things Are (Spike Jonze), Moonrise Kingdom (Wes Anderson) o Mud (Jeff Nichols). Continuaríamos con los avatares de la vida adolescente en Animals (Marçal Forés) o Adventureland (Greg Mottola), o en las experiencias extremas de las chicas de Jeune et jolie (François Ozon) y Spring Breakers (Harmony Korine). De la hermosa y desestabilizadora juventud, nos habla con sumo provecho Noah Baumbach (Frances Ha, Mistress America), y el advenimiento de la madurez es un capítulo incierto y apabullante en El apóstata (Federico Veiroj), Las altas presiones (Ángel Santos), Inside Llewyn Davis (Joel y Ethan Coen) o Young Adult (Jason Reitman). La vida sigue siendo desconcertante a los cuarenta años en las películas de Judd Apatow (Trainwreck, This is Forty) o, de nuevo, Noah Baumbach (While We’re Young), y la inestabilidad se extiende más allá en las películas de Nanni Moretti (Mia madre) o Ira Sachs (Love is Strange). Además, nos hemos dejado dos obras fundamentales, Boyhood (Richard Linklater) y Eden (Mia Hansen-Løve), que cubren por sí solas todo el recorrido que va de la infancia al desencanto de la vida adulta.

Por supuesto, Les amiges de l’Àgata capta con agudeza la cuestión y se suma a esa línea con todo merecimiento. Pero, además, la película supone un nuevo pequeño gran acontecimiento que demuestra que los barceloneses no vivimos en un erial, a pesar del ritmo geológico que caracteriza la exhibición del cine -sobre todo de cierto cine- en nuestra ciudad. Barcelona es la ciudad del añorado Joaquim Jordà y del influyente José Luis Guerín, es también la ciudad de jóvenes excepcionales como Carlo Padial, Hermes Paralluelo, Andrés Duque (venezolano de nacimiento) o el citado Marçal Forés, y aquí se han gestado maravillosas extravagancias como Searching for Meritxell (Burnin’ Percebes) o Nos parecía importante (Marc Ferrer). El cine catalán, además, suma nombres fundamentales como Albert Serra, Marc Recha o Isaki Lacuesta/Isa Campo, además del productor y director Lluís Miñarro o el productor Paco Poch. No quiero con todo esto, ni mucho menos, ejercer ningún tipo de patrioterismo, algo que me provoca el más virulento de los rechazos, sino insistir en que, en este rinconcito del Mediterráneo, no habitamos un desierto cinematográfico sino todo lo contrario, un lugar de luminosa creatividad a pesar de que la cartelera no acostumbre a reflejarlo.

 

 

TEASER 1 Les Amigues de l’Àgata VOSE from Vier Filles on Vimeo.

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