Cine museo

Aunque As mil e uma noites de Miguel Gomes durara sólo diez o quince minutos, ya sería una obra maestra. Bastaría la primera parte del prólogo, en la que, mientras vemos imágenes de la actividad en el puerto de Viana do Castelo, la voz en off nos relata de manera intercalada los recuerdos de los estibadores reales y una historia, un cuento que sirve de aperitivo a los cuentos de las mil y una noches que seguiremos a continuación.

El cine es coexistencia entre realidad y ficción. O, más bien, coexistencia entre dos o más cosas, una ventana a las imágenes que permite discurrir en paralelo entre el mito y el mundo terreno, entre el tiempo pasado y el presente, entre lo concreto y lo abstracto. Por eso, la mostración de dos cosas a la vez es una idea tan cara a algunos cineastas que practican y exploran eso que se ha dado en llamar el cine ensayo. Por supuesto, es el caso de Godard, maestro del cine ensayo y de la superposición de imágenes y de ideas, cuya obra es casi un Libro de los pasajes cinematográfico. Lo es también de Cábala caníbal, de Daniel V. Villamediana, que discurre íntegramente en split screen.

El cine ensayo es difícil de acotar pero está bien que así sea porque, precisamente, es más una idea liberadora que un compartimento o género. Igual que el film de Gomes, ha llegado a Barcelona ahora, con notable retraso respecto a otras latitudes, la Francofonia de Aleksandr Sokurov, que parece hablarnos con la misma voz plural que el prólogo de As mil e uma noites: documental histórico, relato, ensoñación y poema, Francofonia es una nueva cima del estilo libérrimo y fascinante de Sokurov. Y es también un encargo del Louvre que toma el museo como espacio propio, íntimo: no es un simple escenario ni una vulgar metáfora, sino el lugar donde el cinematógrafo halla su dimensión ensayística y su conexión con el vasto cúmulo cultural que le antecede. No olvidemos que Sokurov es también el realizador de Russkiy kovcheg (El arca rusa), film simplemente fundido con el museo del Hermitage de Leningrado.

El, digamos, “cine museo” puede ya ser considerado como una feliz tendencia del ensayo cinematográfico actual. Desde, por lo menos, Visage de Tsai Ming-liang, que nos llevaba también al Louvre, hasta Oleg y las raras artes, último largometraje de Andrés Duque. Las divagaciones perfectamente lunáticas de Oleg Nikolaevitch Karavaychuk y sus improvisaciones al piano encuentran su lugar en las dependencias del Hermitage, de nuevo espacio cinematográfico donde la imagen se encuentra con la memoria de Europa, con las ruinas del pasado que se acumulan entre las orillas del Sena y del Neva.

As mil e uma noites, Francofonia y Oleg y las raras artes son muestras de la liberación de la forma cinematográfica a través de estructuras ensayísticas, desacomplejadas, abiertas. Son la prueba de que, como diría Resnais, aún no hemos visto nada: quien dé el cine por muerto, quien considere que ya posee el bagaje o las herramientas de análisis suficientes, se equivoca clamorosamente, pues hay mucho aún que descubrir en las imágenes. Por eso, al florecimiento de un cine ensayo tan estimulante como el que nos ofrecen Gomes, Sokurov o Duque, corresponde en paralelo una liberación de la crítica, del comentario, de nuestra manera de acercarnos a las películas, buscando también formas abiertas y divagadoras. Quizás lo mejor del cine es que nos devuelve la sensación de disfrutar aprendiendo.

 

 

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