Oliveira ya es un clásico

“Ficou para trás, quente, a vida”, dice la protagonista de A vinçança de uma mulher, film escrito y dirigido por Rita Azevedo Gomes en 2011 que llega ahora a Barcelona. Quedó atrás, tibia, la vida: la duquesa se lamenta por su amor perdido, por los acontecimientos que le sumieron en la amargura y la humillación. Ahora, se venga de su marido, del destino impío y de la crueldad masculina deshonrando su nombre, comerciando con su cuerpo.

La propia película parte también de un punto de descreimiento, de apesadumbrada distancia respecto a una vida pasada que es la vida del cine, la vieja práctica de llevar a la pantalla textos literarios como el relato de Jules Amédée Barbey d’Aurevilly en el que se basa. Gesto típico de la modernidad cinematográfica, A vingança de uma mulher nos permite ver su propia arquitectura: un narrador mira a cámara y nos introduce en el relato, penetramos en unos evidentes decorados teatrales junto con un comediante que se va cambiando sobre la marcha, la artificiosidad de la puesta en escena es subrayada constantemente… Y viajamos en el tiempo con sólo un suave movimiento de cámara y unos desmayados pasos de la duquesa.

Penetramos, decía: así como en Las mil y una noches -tanto el libro como el film de Miguel Gomes- un relato conduce a la narración de otro relato que conduce a la narración de otro que conduce a otro y otro, en A vingança de uma mulher vamos descendiendo varios niveles de conciencia. No vemos la historia sino el modo como nos adentramos en las capas que nos conducen a ella: no vemos el relato sino la literatura, magia del cinematógrafo que hemos descubierto gracias a la modernidad, que es una conquista constantemente renovada. Y “pobre del que no sepa usar la máscara que lleva puesta”, como dice el narrador de la película.

Al principio del film, penetramos desde un “grado cero”, en el que nos recibe el narrador texto en mano, hacia la interioridad del relato. Al final, volvemos del relato a ese grado cero, desandando el camino junto a Roberto, el abatido protagonista. Es, curiosamente, una estructura parecida a la de Where the Wild Things Are, la película de Spike Jonze cuyo joven protagonista se escapa de casa y, corriendo sin más, se adentra en lo fantástico. Al final, deshace el camino y vuelve a casa con un nuevo poso de melancolía en su interior que le ha convertido en una persona más madura. Conciencia y melancolía van de la mano: no se accede a la modernidad sin dejar atrás una tibia vida pasada, perder la inocencia y asumir un mayor descreimiento, una mayor distancia. No crean, no obstante, que el resultado de eso es un páramo estético o emocional; muy al contrario, pocos filmes son tan bellos, tan hipnóticos, tan venenosamente cautivadores como A vingança de uma mulher.

Azevedo, que mueve la cámara con una sinuosidad que hace pensar en cineastas como Hou Hsiao-Hsien, Theo Angelopoulos o Andrei Tarkovsky, dota en realidad a su film de un acento parecido al de las películas de alguien que, curiosamente, hacía poquísimos travellings: Manoel de Oliveira, que se acercaban a menudo a textos del siglo XIX desde una distancia irónica -que no irrespetuosa- parecida a la de A vingança de uma mulher. Dentro de las metamorfosis de la modernidad cinematográfica, Oliveira ha marcado una manera de romper la transparencia de las adaptaciones literarias y permitirnos ver no los textos sino la literatura, no los relatos sino nuestro acceso a ellos. Y de Oliveira parece proceder, en parte, ese bendito aire lunático del cine portugués de hoy, del que hablábamos a propósito de John From. Puesto que la modernidad es ya una práctica añeja que tiene su propia historia, concluyamos felizmente que Dom Manoel se ha convertido por fin en todo un clásico de la modernidad.

 

 

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