El triunfo de la ficción

El tedio de la adolescencia y la molicie de esos largos veranos sin nada que hacer, esas tardes de julio echadas a perder, esa hipersensibilidad y esa sensación de estar como preso, coartado, impedido para tomar las riendas y realizar algo -a menudo, algo inconcreto-. Ése es el punto de partida de John From, del lisboeta João Nicolau: la historia de Rita, una adolescente que sobrelleva la canícula matando las horas en su apartamento y en su barrio, anodino y aburridísimo, donde sólo se entretiene echando un cable en un centro cívico y compartiendo sus andanzas con una amiga íntima que asume un rol sanchopancesco en los amores de la protagonista.

Porque Rita se enamora obsesivamente no de un chaval de su edad sino de un maduro vecino fotorreportero que vive un par de pisos más abajo con su hijita pequeña. Los intentos de nuestra heroína por captar la atención de su vecino parecen caer continuamente en saco roto pero, en paralelo, van aconteciendo fenómenos paranormales como la llegada al barrio de una niebla densa y misteriosa, o la desaparición de un coche que arranca sin conductor y abandona el aparcamiento del bloque durante unos días. Todo ello pasa mientras Rita ayuda a montar una exposición sobre las fotografías de su vecino en Melanesia y se obsesiona con los mares del Sur: ¿es ella la que provoca, consciente o inconscientemente, los extraños fenómenos? Al final, todo el barrio se transforma en el trasunto de una isla del Pacífico y los sueños de Rita se acaban materializando con incomprensible naturalidad.

Digamos que Rita deviene una versión ultramoderna de bruja (por cierto: han estrenado en Barcelona la muy apreciable The VVitch: A New-England Folktale, de Robert Eggers). Y su embrujo parece surgir de los mismos ardores de su adolescencia, de la creatividad que destilan sus horas muertas. En John From, del tiempo muerto emergen la inspiración, la imaginación, el encanto, la cábala, el arcano… y la ficción, el cine.

John From acaba relatando el triunfo de la ficción sobre la realidad. Ingenuo y optimista, resulta un film exultante, bellísimo, lleno de vitalidad, un poema en verso blanco sobre el surgimiento mágico de lo cinematográfico. Una película que nos invita a todos, cineastas y espectadores, a volver a ser adolescentes soñadores y dar rienda suelta a nuestra creatividad.

Nicolau fue colaborador del añorado João César Monteiro, concretamente montador de Vai e Vem. Diríase que ha heredado de él su singular tono lunático. Y, en John From, no podemos pasar por alto la presencia de Leonor Silveira, la actriz habitual de los filmes de Manoel de Oliveira, que también era, a su manera, un irresistible lunático. En realidad, el aire estrafalario y desinhibido es un rasgo común de varios filmes portugueses que se cuentan entre lo más estimulante, avanzado y radical del cine de hoy: pienso en Tabu o As mil e uma noites de Miguel Gomes, en Morrer como um hómem o A Última Vez Que Vi Macau de João Pedro Rodrigues, o incluso en algunas facetas de la muy realista Sangue do meu sangue, de João Canijo. Como si los realizadores portugueses hubiesen inventado un cine “rarista” del que surge una nueva metamorfosis de la modernidad, otra forma de contemplar el hecho cinematográfico desde una distancia irónica y sentida, libre y transgresora, socarrona y grave a la vez. Forma que, en el fondo, siempre estuvo ahí: ¿acaso no provocan una sensación parecida algunos pasajes del Livro do Desassossego?

 

 

JOHN FROM TRAILER from O SOM E A FÚRIA on Vimeo.

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