Deseos oblicuos

El ambiente de Boi neon, segundo largometraje de ficción de Gabriel Mascaro, puede recordar al de The Lusty Men, el film de Nicholas Ray sobre el mundo de los rodeos. Mascaro nos acerca a la vaquejada, una práctica parecida del Nordeste de Brasil: dos tipos a caballo tienen que ingeniárselas para derribar, agarrándolo del rabo, a un pobre buey que sale por una portezuela como alma que lleva el diablo. Los protagonistas de Boi neon son una, digamos, compañía ambulante que recorre varias localidades trajinando sus bueyes en un camión de ganado y acampando en las inmediaciones de los escenarios de las vaquejadas. Son una familia desestructurada o, más bien, desdibujada, en la que las relaciones adolecen de una tirantez cotidiana y los roles -de madre, de hija, de pseudopadrastro- son ejercidos con displicencia.

También está enrarecido el deseo carnal, unas tensiones y frustraciones que sólo se manifiestan entre líneas. Sólo un ejemplo: Iremar, quien parece ejercer de varón dominante en el grupo, cultiva con mucho mimo su afición a la costura y sueña con dedicarse a la moda. Parece ajeno al deseo heterosexual hasta que, en el último tramo del film, le vemos rivalizar amarga y disimuladamente con otro macho (¿alfa?) que aparece de súbito y, en paralelo, cortejar a un nuevo amor, una mujer embarazada que despierta su apetito vendiéndole un perfume de su agrado. Me gusta cómo emerge el erotismo en Boi neon, como algo raro, bizarro y delicado entre personajes que, en sus conversaciones cotidianas, se afean sus vicios y penalidades de la manera más tosca mientras gestionan como profesionales la bruta sexualidad de sus reses (inolvidable la escena de la extracción furtiva de semen a un caballo que es excitado con un pañuelo empapado en los efluvios de una yegua en celo).

Como en The Lusty Men -título que podría haber sido también el de Boi neon-, la película de Mascaro se acerca a algunos rasgos del western sin abrazar efectivamente el género. Más bien prefiere enrarecerlo y explorar una sensualidad oblicua, equívoca, que oscila entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre las bostas de ganado y los bailes insinuantes de Galega cubierta con una máscara de cabeza de toro, una imagen fascinantemente inquietante que parece salida de una secuencia de David Lynch.

Ventos de agosto y Boi neon me recuerdan en parte al cine de Claire Denis porque también conectan con las regiones menos evidentes del alma humana y del cinematógrafo. Mascaro sabe manejar esas sensaciones abstractas que nos provoca el cine y que no son fáciles de explicar con palabras, ni es necesario que lo sean: es mejor que se mantengan en su abstracción.

Como Denis y también como Werner Herzog, Mascaro dota a sus películas de un punto lunático que realza su significación y deriva en una rara y singular belleza. Su obra hasta ahora es uno de los últimos y más felices hallazgos del cine de nuestro tiempo.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s